El miedo a la prosperidad

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Ricardo Medina

Ningún país es hoy en día, en materia financiera, una fortaleza inexpugnable. Al parecer la única manera de eludir la globalización es hundirse en la miseria con un arsenal de consignas y dogmas ideológicos, al estilo de la Cuba de Castro. Salvo esos casos lamentables, el signo de los tiempos es la velocidad con que se disemina la información y, por tanto, la velocidad con la que los mercados reaccionan a las señales que reciben.

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Los nuevos reaccionarios maldicen la globalización como fuente de todas las desgracias que se abaten sobre los “indefensos” países en desarrollo. No hay que reprocharles esa aversión a los espacios abiertos, esa agorafobia económica. Por un lado, la apertura destruye buena parte de los “mitos” románticos que les han permitido sojuzgar a sus compatriotas; por otro, los mercados abiertos les quitan poder y trasladan el etéreo concepto de soberanía de las camarillas burocráticas a las personas comunes y corrientes.

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Lo curioso es que toda la retórica “progre” en contra de la -globalización nos hace detestar justamente aquello que por primera vez en la historia nos libra de la fatalidad de la pobreza.

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En efecto, la globalización es la gran oportunidad de los países no desarrollados, pobres o pequeños para elegir la prosperidad y el crecimiento. Ya no funcionan los esquemas decimonónicos de un mundo dividido en bloques, acotado por las economías poderosas en las que el papel de los países pobres era el de proveer materias primas baratas y mano de obra a precios irrisorios a las metrópolis. Lástima que nuestros “progres” locales sigan razonando en términos mercantilistas y quieran perpetuar la relación de subordinación y dependencia. Tal vez se trata de mantener, a golpes de voluntarismo, los esquemas “ideológicos” (como la teoría de la dependencia) que aprendieron en la escuela como si fueran palabra divina revelada.

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En sus memorias (El pez en el agua), Mario Vargas Llosa explica esta oportunidad: “Hay muchas cosas malas en nuestra época, sin duda, pero hay una buena, sin precedentes en la historia.

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Hoy los países pueden elegir ser prósperos. Uno de los mitos más dañinos de nuestro tiempo es el que los países pobres lo son por una conspiración de los países ricos, que se las arreglan para mantenerlos en el subdesarrollo con el fin de explotarlos. No hay mejor filosofía para eternizarse en el atraso. Porque aquella teoría es, -ahora, falsa. En el pasado, cierto, la prosperidad dependía casi exclusivamente de la geografía y de la fuerza. Pero la internacionalización de la vida moderna –de los mercados, de las técnicas, de los capitales– permite a cualquier país, aún al más pequeño y menos dotado de recursos, si se abre al mundo y organiza su economía en función de la competencia, un crecimiento rápido”.

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Pero el hecho de que haya terminado esa “fatalidad” de la pobreza no es una garantía automática. Todavía podemos hundirnos en la miseria por la vía de la ignorancia. Podemos empeñarnos en construir fortalezas cerradas al intercambio de información (hace unos cuantos años una “experta” en comunicación proponía ponerle candados a la información vía satélite para preservar la “soberanía nacional”; no se percataba que algo similar estableció la metrópoli durante el siglo XVII para evitar que las nuevas ideas perturbaran a los habitantes de las colonias), podemos seguir maldiciendo la apertura de los mercados mientras estos nos arrollan, podemos seguir con nuestro obsoleto sistema educativo fomentando -patrioterismos que son, como decía Samuel Johnson, “el último refugio de la canalla”.

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¿Será que le tememos a la prosperidad?, ¿será que es más cómodo y rentable, sobre todo para los políticos “paternalistas”, echar mano de la retórica nacionalista y “progre” que prepararse para un mundo en el que la principal ventaja competitiva es la información oportuna y transparente?

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