El militante Zedillo

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Ricardo Medina Macías

La idea es de una claridad meridiana: La economía se recuperará y el PRI volverá a ganar. Palabras más, o menos, esto fue lo que prometió el distinguido militante priísta Ernesto Zedillo a sus correligionarios el mes pasado. Es una profecía con diagnóstico incluido acerca de las recientes derrotas electorales del alguna vez poderoso partido tricolor: -no es que los electores prefieran ahora otras opciones políticas, lo que sucede es que andan medio disgustados con el PRI por aquello de la crisis económica.

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Como casualmente el doctor Zedillo también es presidente de la República, la propuesta suena también a meta de gobierno. Es legítimo que el presidente Zedillo, como distinguido y conven­cido militante del PRI, trate de hacer coincidir sus objetivos de gobierno con sus muy personales aspiraciones partidistas. Ni Felipe González, ni Bill Clinton, por ejemplo, pueden sustraerse a la dualidad de ser, a la vez, jefes de gobierno y cabezas visibles de sus respectivos partidos en las contiendas políticas. González se juega el futuro inmediato del PSOE y Clinton el del Partido Demócrata, enfrentados a los embates de oposiciones tenaces, irreductibles. Es legítimo pues el planteamiento de Zedillo, aunque resulte un tanto chocante.

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El asunto tiene varios ángulos interesantes. Para algunos no-priístas, por ejemplo, resulta muy oneroso el corolario de la recuperación económica: ¿qué pecado hemos cometido, se preguntan, para no poder aspirar a una recuperación económica que también signifique la alternancia en el poder federal? Para otros priístas, en cambio, resulta muy arriesgado fincar la posibilidad de un regreso victorioso del PRI en una recuperación económica con pocas probabilidades de cristalizar.

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En fin, la apuesta del militante Zedillo es muy arriesgada. Puede fallar, dicen algunos, porque no se concrete la recuperación económica. También puede fallar porque, con todo y la improbable recuperación, los electores deseen un cambio verdadero y le den la espalda al PRI. En fin, se preguntan otros, ¿será cierto que basta saciar los estómagos del populacho para ganar las elecciones? ¿Acaso el inefable general Augusto Pinochet no logró encarrilar otra vez la economía de Chile hacia la prosperidad y aún así perdió en el albur democrático del referéndum?

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Ahora bien, si a uno le disgustan estas preguntas porque involucran variables no cuantificables como el anhelo democrático y valores que no se suelen cotizar en la bolsa, puede abordar el asunto desde el ángulo meramente pragmático. Aún así, sigue siendo una apuesta muy arriesgada la del economista Zedillo.

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El récord del economista Zedillo y de su equipo en materia tanto de estabilización como de recuperación económica, dista de ser impecable y algunos signos actuales auguran que todavía no encuentran el buen camino. Por ejemplo, las mismas ganas de obtener una pronta recuperación de la economía y de ahí, jubilosos, emprender la senda del crecimiento, pueden ser tan poderosas que desconcierten a los es­trategas. De esta forma, el pre­rre­quisito del crecimento —la estabilidad— se está desdeñando en la práctica.

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Los estrategas del ejército económico zedillista empiezan a traducir esa urgencia por crecer en consignas peligrosas: -hay que dejar atrás la obsesión antiinflacionaria, un déficit fiscal no está mal en estos momentos porque necesitamos crecer y sólo el gobierno puede ser la locomotora, hay que redescubrir a San John Maynard -Keynes... Esto implica que de nueva cuenta el miedo al estancamiento, la obsesión por cumplir, aunque sea parcialmente, las promesas del bienestar que se hicieron en la campaña electoral de 1994, empuja hacia la trampa a estos tenientes ascendidos de golpe y porrazo a generales. Habrá que ver, si en el colmo de la mala suerte o de la estrategia perdedora por naturaleza, la profecía del militante Zedillo no acaba por revertirse, y en el umbral de las elecciones de 1997, nos encontremos de nuevo en la enésima reedición de la crisis, con inflación galopante y sólo espejismos de crecimiento económico.

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Lo que sin duda hay que reconocer al presidente Zedillo es la seguridad con que acomete este riesgoso desafío. La voluntad indeclinable (para algunos voluntarismo) con la que cierra los oídos a todos los augurios contrarios, la pertinacia en ofrecer desde hace meses que, ahora sí, la recuperación es inminente.

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Es emocionante presenciar esta titánica carrera contra el tiempo y contra la terca realidad.

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El autor es periodista y director editorial del diario -El Economista.

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