El misterio de informar

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Jaime Septién

Hace algunas semanas, la comunidad de Wall Street se quejaba de que en México la información sobre las empresas y el gobierno era imposible de conseguir. Y que cuando por fin se accedía a ella, resultaba que era incompleta o hasta falsa. O sea: lo que para los vecinos del norte resulta una práctica cotidiana (el derecho a recibir información y la obligación de darla), aquí se convierte en un privilegio insospechado. Recordemos lo que sucedió en diciembre de 1994, cuando algunas firmas mexicanas renegociaron hasta con un día de anticipación su deuda externa, y nos daremos cuenta que si algo no existe en México es la información pareja.

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Debilidad nacional. Por una tara que nadie alcanza a comprender, los mexicanos parecemos estar peleados a muerte con los porcentajes y ser incapaces de dar estadísticas apegadas a la realidad. Desde el cotidiano "te hablé varias veces" (cuando se llamó una sola vez y se colgó el teléfono), hasta las cifras del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), es un hecho que la precisión numérica no constituye una de nuestras fortalezas. Nos domina un miedo-pánico cuando se nos pregunta cuánto ganamos, cuánto nos costó el vestido de novia, pero también cuando se trata de saber el número exacto de desempleados, el déficit en la balanza comercial, el decremento en el PIB.

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Todos los investigadores o periodistas que acuden a los archivos oficiales se topan con la desagradable sorpresa de que no existen. Y cuando por ventura encuentran una dependencia en donde hay archivos (que suelen ser un montón de papeles desordenados y arrojados en el rincón más lúgubre del establecimiento), el acceso a éstos está condicionado por una gratificación (forma elegante para referirse a la mordida). Así, investigar cualquier cuestión se vuelve tarea de titanes y tarde o temprano se viola la regla de oro del periodismo: sustentar la información en datos. Entonces se cae en esa tan alegre práctica del periodismo mexicano que -como la imposibilidad ("congénita", según Jorge Ibargüengoitia) de leer mapas- nos distingue a leguas de otros: el melatismo.

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Si quiere conservar su trabajo, un periodista mexicano se ve obligado a inventar estadísticas, promedios y comparaciones; pues donde debía haber obtenido tales informes, no hay más que un ropero lleno de envases de refresco y revistas viejas. Quizá por eso muchas notas periodísticas acaban siendo literarias. Ello representa una ventaja y una desventaja: se descubren escritores, aunque no la realidad (que es lo que a un informador le interesa descubrir). También se debe considerar que esto es una sutil manifestación de la corrupción, pues se hace pasar por cierto algo cuyo sustento es endeble.

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El asunto se agrava en el terreno de las empresas y las finanzas. Para comprar o invertir, el mexicano promedio suele usar los catálogos existentes (que por lo regular son de hace tres décadas), hace con ellos una cábala y se encomienda al santo de su devoción (fe, desde luego, más efectiva que la de quien cree en la Secretaría de Hacienda). Está el ejemplo de los bienes raíces. Puede tenerse un presupuesto y buscar un inmueble accesible y de precio justo, pero se acabará por desistir de la lógica y acogerse mejor al resbaladizo imperio del azar. Y es que nadie tiene idea de lo que cuesta una propiedad, tampoco existen registros (no se consideran los llamados "catastrales", que son del año en que se inventó el caldo) en los que se asienta lo que podría valer. Así, el asunto se deja al arbitrio del poseedor, quien aducirá añoranzas familiares sin fin para venderla a como se le dé la gana.

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Vida a oscuras. Desde el INEGI hasta el transeúnte -que, al pedirle una dirección, con conocimiento de causa nos manda dos colonias más adelante-, en México todos padecemos el horror a decir las cosas como son, de acuerdo con hechos que las sustenten. Pues los números son como una papa caliente de la cual deseamos deshacemos con agilidad, a la vez que con donaire. Y si no me cree, pregúntese cuál fue el último compatriota de a pie que, sencillamente, le declaró no saber dónde queda tal o cual dirección. Primero muertos que admitir algo así. En lugar de informar con veracidad ("Fíjese usted que no lo sé"), con galanura decimos que la casa en cuestión es la que sigue de Bellas Artes (cuando, en realidad, es vecina al Estadio Azteca).

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Pedir o dar información en México es divertido (pues pone en aprietos al burócrata en turno) y peligroso (porque al dar información clara, los del gremio se sentirán íntimamente agredidos). Así, vivimos a oscuras, comenzando siempre de cero y agarrados a datos y cifras que nos dicen más sobre nuestra ignorancia que sobre nuestro saber.

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El autor es egresado de Comunicación de la Universidad Iberoamericana y realizó su doctorado en Madrid. Es editor y articulista den temas de medios.

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