El monstruo

De cómo se eliminan los &#34problemas de comunicación interna.&#34
Max Clip

Ya he hablado en este espacio de los consultores y de cómo se las gastan para hacer su “trabajo”. De lo que no he hablado es de la manera como el llamado “staff interno” se las ingenia para alcanzar los objetivos que se ha propuesto, sobre todo cuando se trata de cerrar una venta o eliminar “problemas de comunicación interna”.

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Menciono a los consultores porque hay un caso famoso –que incluso ha sido documentado– de una firma que, al llevar a cabo su programa de reingeniería para una empresa en Estados Unidos, llegó a incluir en sus gastos a terceros las facturas de cierto negocio, donde mujeres muy bailadoras ejecutaron sus gracias sobre las piernas de los empleados… por cortesía de la empresa, claro. Si mal no recuerdo, el argumento para justificar tal gasto era que el personal que estaba sujeto al proceso de reorganización, mostraba preocupación y resistencia al cambio. La idea de ir a uno de esos lugares se apoyaba en la intención de establecer lazos de camaradería entre esos empleados y los consultores, y así ayudar al éxito del programa de reingeniería. El problema fue que la empresa de marras fue prácticamente llevada a la quiebra tras tener que afrontar el pago de “gastos a terceros” por docenas de miles de dólares: una cosa es una noche de table-dance con los cuates, y otra muy distinta es una bacanal donde 20 o 30 personas se divierten por cuenta de la compañía.

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En fin, que el caso fue ventilado públicamente en los tribunales de Estados Unidos y el responsable de tan genial estrategia recibió como “premio” el ganarse su traslado a cierto mercado emergente al sur del Río Bravo y al norte del Zuchiate.

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Menciono estos lugares de diversión, porque todos (y todas) ya saben que es uno de los pretextos más socorridos para “limar asperezas” con un jefe, con un proveedor, con un cliente, además de que varias veces es la conclusión inevitable a una comida de negocios, en la que el objetivo primordial es “cerrar el trato”.

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Personalmente, detesto esa clase de “reventones”, y no porque tenga algún tipo de conflicto moral con ellos –aunque creo que las empresas harían bien en abstenerse de cubrir este tipo de gastos–, sino porque, a menos que me encuentre con “ánimos antropológicos”, me pongo unas aburridas de ostra en época de veda. Pero siempre parece que es inevitable que vaya; no hacerlo supone caer en la más terrible de las faltas: ser poco solidario con los compañeros que, ellos sí, acostumbran a ir a estos lugares con adolescente entusiasmo, comparable al de una quinceañera que atiende a su primer fiesta.

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El caso es que hace un par de semanas nos fuimos varios compañeros de la empresa a gastarnos nuestra magra quincena en uno de esos sitios. El “nuevo”, personaje que quizá algunos recuerden, era de los más entusiasmados y el que se pagó más numeritos (para él solo, porque aquello de ser compartido no se le da). Como vive con sus papis y no aporta un centavo al gasto de su casa, se puede dar esos lujos. Al que tuvimos que llevar casi a rastras fue a Luisito, un muchacho sumamente callado que trabaja en el departamento de contabilidad y que es bajito y todo anteojos. Yo me coloqué estratégicamente en una silla más bien retirada y me dediqué a analizar las reacciones de los demás (“ánimo antropológico”, le llamo).

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Cuál fue mi sorpresa que, como a la hora de haber llegado, Luisito se había transformado en una bestia de insaciable lujuria. No sé si fueron los dos tequilas que se bebió o si lo atarantó el exceso de ruido que había en el lugar, pero en un abrir y cerrar de ojos el cuate se había desprendido de sus lentes, cantaba y bailaba a la par de las muchachas y amenazaba con despojarse de sus ropas. Creo que algunos de los parroquianos hasta le dieron su propina. Y si vieran el trabajo que nos costó sacarlo de ahí…

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Me parece que, sin sospecharlo siquiera, hemos creado un monstruo; ahora Luis no habla de otra cosa más que de su noche de table-dance y no hay día que no nos pregunte por lo bajo que cuándo vamos de nuevo. Yo ya le dije que de aquí a fin de año tengo mucho trabajo y que no puedo volver a desvelarme entre semana. Así que la alternativa más viable es que estreche relaciones con el “nuevo”, que algunos creen que es como mezclar agua y aceite. Misterios de la comunicación interna, los llamo.

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