El peor acto terrorista

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Sergio Sarmiento

No fue el inicio de la tercera guerra mundial ni tampoco el verdadero comienzo del siglo XXI. Pero si se despoja a los atentados del 11 de septiembre de esos excesos verbales, en los que incurrieron tantos medios, queda de manifiesto la verdadera gravedad de los hechos. Se trata sin duda del mayor acto terrorista en la historia. Y debido a que proviene de conflictos de hondas raíces y difícil solución, nadie puede decir que no se repetirán.

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La información disponible sugiere que los atentados contra el World Trade Center de Nueva York y el edificio del Pentágono fueron realizados por grupos de fundamentalistas islámicos. Osama bin Laden, el dirigente de la organización al-Qeda (La Base) protegida por Afganistán, ha negado haber organizado los ataques. Sin embargo, aplaudió su realización. Bin Laden es autor de una fatwa o decreto en el que insta a los musulmanes a atacar instituciones de la Unión Americana debido a la presencia de tropas de ese país en Arabia Saudita, donde se albergan las ciudades sagradas de La Meca y Medina.

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Hasta el momento de escribir estas notas no se ha generado una represalia estadounidense en contra de Afganistán o de cualquier otro país árabe. Es probable que ésta haya ocurrido en el momento en que usted lea el presente artículo. Si los terroristas que llevaron a cabo los atentados del 11 de septiembre se cegaron ante cualquier consideración humana, lo mismo pareció hacer el presidente estadounidense George Bush cuando declaró que su país había entrado a una guerra en que el bien, representado por Estados Unidos, se oponía al mal.

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No veremos una guerra mundial en el sentido tradicional. Un conflicto de tal índole requiere que hayan varias potencias aliadas de cada lado y que juntas tengan el poder para enfrentarse de manera prolongada unas con otras. No es el caso ahora. Para empezar, sólo hay una verdadera potencia militar en el mundo: Estados Unidos. Además, todos los países que pudieran ejercer algún contrapeso –como las naciones europeas, Rusia o China– han declarado su apoyo al vecino del norte o por lo menos han guardado silencio. Afganistán ha quedado solo; quizás únicamente con el respaldo de Irak, Libia y, tal vez, Irán.

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El que no se vaya a provocar una conflagración mundial no significa que el asunto no sea grave. Las fuerzas armadas estadounidenses tienen el poder para causar una enorme destrucción en Afganistán, pero no para exterminar el fundamentalismo islámico. Esto significa que siempre habrá algún terrorista dispuesto a cambiar su vida por la de algún estadounidense. Si algo nos demostraron los atentados del 11 de septiembre es que no hay sistema de seguridad en el mundo que pueda impedir la acción de un fundamentalista decidido a sacrificar su vida.

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–El autor es investigador asociado del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales de Washington.

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