El precio de la seguridad personal

Los productos y servicios de vanguardia ya están disponibles en México; ahora la cuestión es cuá
Luis Fernando Ordaz

Las compañías de seguridad privada han encontrado en los chips anti-secuestro una mina de oro; por medio de una pequeña operación quirúrgica, el chip, de diseño israelí, se coloca bajo la piel y, a través de un sistema satelital, la persona susceptible de ser secuestrada es monitoreada constantemente y localizada en cualquier parte del mundo, en caso de concretarse el secuestro. En Venezuela estos dispositivos tienen gran demanda entre empresarios y ganaderos que frecuentemente son amenazados por la guerrilla colombiana que suele incursionar en su territorio.

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En México, que en términos de violencia cada vez tiene más semejanzas con estos países, ya se venden este y otros dispositivos; algunos de ellos se incrustan  en el automóvil o en accesorios personales de la posible víctima. También se ofrecen en el mercado equipos que impiden que las llamadas telefónicas sean intervenidas, sistemas codificados de comunicación y detectores de micrófonos o cámaras ocultas; está incluso a la venta un programa de seguridad interactivo, en virtud del cual una persona en peligro puede oprimir el “botón de pánico” colocado en su vehículo, un dispositivo programado para enviar una señal vía satélite a un centro de operaciones donde se puede ver y escuchar todo lo que ocurre dentro del vehículo, e incluso hacer algunas maniobras, como ponerlo en marcha o apagarlo, abrir o cerrar las puertas y, si es necesario, entablar comunicación con los ocupantes.

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La venta de estos y otros aparatos responden a un hecho innegable: el secuestro es un delito que va en aumento, impulsado por las jugosas  ganancias que arroja, además de servir en algunos lugares para financiar movimientos rebeldes. Se habla de la existencia de bandas internacionales de secuestradores que buscan a sus víctimas en distintos países e incluso venden listas con sus nombres. A escala mundial, México se ubica en el tercer lugar por el número de secuestros que se cometen, sólo después de Colombia y  Brasil.

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No cabe duda que en México también operan bandas bien organizadas y, según datos  extraoficiales, diariamente se cometen en promedio tres plagios, de los cuales sólo uno es denunciado ante las autoridades judiciales. El denominado secuestro express es el más frecuente, debido a la relativa facilidad con la que se lleva a cabo, aunque hay diversas modalidades que tienen como blanco a empresarios, políticos, comerciantes y hasta a ciudadanos de clase media sin una posición económica relevante.

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Uno de los resultados de este deterioro social es el auge de la industria de la seguridad. Según cifras del Consejo Nacional de Seguridad Privada (CNSP), de 1998 a 1999 la demanda de productos y servicios antisecuestro ha crecido 35%.

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Ser libre sí cuesta
De acuerdo con los especialistas, un aspecto básico para enfrentar el secuestro, o su tentativa, es conocer la forma de operar de las bandas de secuestradores. Actualmente hay en el mercado asesores en seguridad que ofrecen orientación a víctimas reales y potenciales y a sus familiares sobre cómo actuar antes, durante y después de un plagio; conjuntamente, familiares y especialistas, designan un “comité de crisis”, es decir, una o varias personas de confianza que serán las responsables de negociar y, en su caso, entregar el pago del rescate  a los secuestradores.

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Para evitar llegar a tan peligrosa circunstancia, los especialistas realizan un estudio minucioso del ejecutivo o empresario que teme ser raptado y de las personas cercanas a él (familiares, amigos y colaboradores), así como de sus distintos espacios cotidianos (casa, oficina y los lugares que frecuenta), con base en el cual hacen algunas recomendaciones sobre las medidas de seguridad y valoran la conveniencia –y el costo– de incluir uno o varios productos o servicios especiales, como autos blindados, sistemas de comunicación, equipos electrónicos, chalecos antibalas, servicios de protección vía satélite, escoltas, armamento o, incluso, un seguro antisecuestro. 

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Al año un ejecutivo puede gastarse hasta $1 millón de dólares en su seguridad, dice Jorge Septién, consultor internacional en seguridad corporativa y director de Mexicana de Seguridad, Protección y Vigilancia, si bien el enfoque y grado de protección son distintos para cada persona, dependiendo de sus necesidades. En México, considera, se ha privilegiado la cantidad de gente de seguridad sobre la calidad de su servicio. Los asesinatos de Luis Donaldo Colosio en 1994 y de José Francisco Ruiz Massieu al año siguiente muestran, desde su punto de vista, por qué es preferible y mucho más cómodo tener poca gente o pocos sistemas efectivos que muchos que resulten ineficaces.

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La información es uno de los aspectos más importantes para evitar un secuestro, dice Septién. Ejemplifica: “Tenemos un carro blindado, escolta y muchas veces por teléfono divulgamos a qué hora vamos a salir, qué vamos a hacer o cuánto vamos a invertir, datos que pueden ser obtenidos fácilmente. El ejecutivo no cuida ni destruye documentos importantes, ni guarda información codificada en mecanismos de archivo electrónico en computadora y, al hablar por teléfono celular hay personas que pueden ir captando la información, que luego es utilizada en contra nuestra.” Por su naturaleza intangible, la información facilita la labor de los delincuentes. “Si me roban una televisión, me doy cuenta, pero si me roban la información, no… hasta que me secuestran.”

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Por otro lado, agrega, la seguridad limita la libertad de los ejecutivos, y si no lo entienden así, ellos mismos se convierten en obstáculo para su protección. El trabajo de los asesores y consultores en la materia, señala, es minimizar la probabilidad de ocurrencia de un secuestro, pues no es posible garantizar que un sistema de protección a fallará. “Todos los ejecutivos del mundo pueden ser secuestrados, lo importante es que nuestra víctima potencial sea visualizada como un blanco poco factible.”

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Una de las fórmulas a las que más se recurre en México con el fin de evitar los secuestros es la contratación de escoltas o guardias privados, cuya demanda se ha incrementado 60% en los últimos tres años. Los hay de diferente categoría, desde los que perciben $3,000 pesos mensuales hasta los que reciben $20,000, dependiendo de su capacidad, su experiencia y, por supuesto, a quién dan protección.

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Sea o no por el sueldo que perciben, el hecho es que muchos de estos escoltas son seleccionados sin rigor y están mal capacitados y supervisados. En ocasiones, en lugar de brindar tranquilidad pueden llegar a ser motivo de preocupación para quien los contrata, dada la cantidad de información de que disponen y que pueden filtrar a bandas de secuestradores e, incluso, participar en el plagio.

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Hay muchos ejecutivos que no saben qué escoltas tienen, sus nombres y procedencia, lo que representa un gran riesgo para su seguridad, advierte Sergio del Castillo, ex integrante del grupo antiguerrilla de la desaparecida Dirección Federal de Seguridad (DFS) y actual director general de Corporativo en Prevención de Secuestros. “La escolta ayuda,  siempre y cuando sepamos si realmente puede cambiar su vida por la de uno.” Los escoltas deben estar en capacitación constante, pues el secuestrador tiene a su favor, en la mayoría de los casos, el factor sorpresa y la experiencia de los guardias en este tipo operaciones.

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La popularidad de estos servicios entre empresarios y ejecutivos los está convirtiendo, como a los vehículos blindados, en una moda, y las empresas que los ofrecen  compiten entre sí enviando a sus guardias a capacitar a Estados Unidos o a Israel, asegura Del Castillo.

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En México, blindar un automóvil cuesta en promedio $40,000 dólares, aunque hay una amplia gama de precios dependiendo del grado del blindaje; el más solicitado aquí es el clasificado con el número tres, que en teoría protege contra secuestro, asalto y robo. Se calcula que en todo el país circulan más de 4,000 carros blindados, lo que lo ubica entre las naciones con mayor número de unidades protegidas, sólo después de Colombia y Brasil.

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O’Gara Hess & Eisenhardt de México, filial de una de las empresas de blindaje más importantes del mundo, que cuenta entre sus récords el blindaje los autos de los presidentes de Estados Unidos de 1940 a la fecha, blinda en México de 25 a 30 vehículos al mes, revela Jorge Arellano, director comercial.

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Según él, la demanda en este mercado se ha incrementado en 80% durante los últimos cuatro años. De los clientes de O’Gara, la inmensa mayoría (cuatro quintas partes) son grandes empresarios mexicanos, estadounidenses, alemanes y japoneses; el resto son políticos y ejecutivos de algunas compañías que les ofrecen  autos blindados como una prestación para los altos mandos.

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Un millón de tranquilidad
Lamentablemente, observa Arellano, también proliferan charlatanes dedicados a esta actividad. “Hay más de 60 personas que dicen que blindan carros en México, pero nosotros consideramos que no pasan de 10 las blindadoras serias.”

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Un buen blindaje incluye, además de las zonas visibles, llantas, tanque de gasolina, batería e, incluso, la computadora de viaje. Para quien lo desee, estas compañías también colocan en el vehículo un radiolocalizador vía satélite y un sistema de gas lacrimógeno que se activa desde el interior para repeler a los secuestradores. Muchos de los insumos para el blindaje son importados, explica Arellano, de ahí su alto precio; además, el peso que ganan los vehículos con estos materiales hace necesario cambiar amortiguadores, frenos y a veces hasta el motor.

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Un coche protegido con nivel cuatro debe ser capaz de resistir impactos de un arma AK-47 (las famosas cuernos de chivo) y un nivel cinco debe soportar incluso una bomba, afirman quienes se encargan de fabricar estos acorazados.

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Otro giro que ha detonado la inseguridad es el de los seguros especializados; en el país operan algunas firmas de origen inglés y estadounidense que  ofrecen  pólizas antisecuestro; sin embargo, sus operaciones, de acuerdo con diversas fuentes que pidieron no ser identificadas, se realizan “debajo del agua” debido a que las leyes mexicanas no admiten contratar seguros con compañías no establecidas en territorio nacional. La cobertura incluye el pago del rescate, tratamiento médico de las lesiones que pudiera sufrir la víctima, pago regular de su sueldo por el tiempo que haya durado el cautiverio, pago de un viaje que ayude a recuperarse del daño psicológico infringido durante el secuestro y pago de los gastos funerarios cuando la víctima pierde la vida.

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La confidencialidad en estas operaciones es vital, y su costo extraordinario. El interesado en contratar uno de estos seguros envía su solicitud a la compañía de su elección en el extranjero, ésta evalúa el riesgo y establece el pago de la póliza, que puede tener un costo de $1 millón de dólares.

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¿Un precio justo? Difícil determinarlo; después de todo, el monto a pagar por un poco de tranquilidad es distinto para cada uno.

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