El árbitro ausente

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Alfonso Zárate

Lo que está en disputa, desde ahora y de cara al 2000, es el poder. La batalla se libra en un escenario caracterizado por la erosión de las instituciones, la ruptura de reglas, el protagonismo de actores que se mueven como les viene en gana y una lógica político-electoral que todo lo contamina.

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Un dato más subraya los riesgos: entre los aspirantes abundan los viejos brujos del control político, esos que tienen en la nómina a una jauría de columnistas; los que conocen o inventan los expedientes negros de “los otros”; los que cuentan con densas redes de complicidades... personajes que anticipan una disputa dura, rasposa, primero por las candidaturas y después por La Grande.

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La abdicación del primus inter pares a la más grande de sus facultades metaconstitucionales: elegir a su sucesor, lejos de ser un avance democrático, ha llevado a las cofradías a disputar “con todo” ese ejercicio. Si no hay acuerdo dentro de la clase política priísta –lo que parece cada día más difícil–, crecerá el riesgo de fracturas y violencia.

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En el PAN, todo parece indicar que Fox impondrá su candidatura y acentuará el riesgo que advertía hace poco un panista doctrinario: ganar el poder, pero perder al partido.

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Y en el PRD no hay variación, sólo Cuauhtémoc.

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Si el teatro es, según Eugenio Barba, el espacio “donde diferentes urgencias pueden convivir”, hay poco que indique que las urgencias de Fox, Bartlett y Cárdenas puedan coexistir con civilidad en el teatro de la sucesión. Su ambición a flor de piel, los viejos usos que portan y la necedad de jugar con sus propias reglas pueden resultar una invocación al demonio.

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¿Decidirán los tres contendientes jugar a la política, que es negociación y forma civilizada de procesar desacuerdos, o se aventurarán a la guerra, que es la prolongación de la política por otros medios? El primero, un chivo en cristalería que anda por todas partes, como un moderno Echeverría, locuaz e irreverente, y oferta soluciones cuasi-instantáneas para cada problema. El segundo, un déspota ilustrado por cuya voz se expresa un priísmo agraviado, y el tercero, un caudillo anticlimático –¿águila que cae?– que va aprendiendo a golpes la diferencia entre criticar y gobernar.

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En los próximos días, el escenario cambiará de nuevo, aparecerán nuevos actores y se modificarán las preferencias electorales: Bartlett entregará la gubernatura y algún secretario de Estado dejará de serlo para ganar margen de maniobra. Nos sorprenderá la realidad.

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Reglas transgredidas –los hilos sueltos y el árbitro ausente–, una pedacería institucional dispersa a ras de suelo, una economía doméstica hecha añicos y un andamiaje jurídico achacoso, hacen crecer las posibilidades de golpes bajos y perfilan no sólo la saludable incertidumbre democrática, sino la incertidumbre a secas que caracteriza una sucesión presidencial en la que por ahora compiten, en el umbral del nuevo milenio, tres caudillos decimonónicos.

El autor es editor de Carta Política Mexicana.
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