El reino de la paradoja

Mexicanos somos y quien sabe qué camino andamos.
Javier Martínez Staines*

La verdad es que no es tan malo ser mexicano. Aquí tenemos todo, y de sobra. Que no lo sepamos aprovechar es otra historia. Nuestra eterna fantasía es que siempre habrá alguien más que haga las cosas: que recoja la basura, que termine la presentación o que ponga el dinero. No somos proclives al último esfuerzo.

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Nos escondemos en el refugio de las tradiciones históricas para no afrontar los retos del futuro. Eso implicaría ponernos de acuerdo e invertir tiempo y esfuerzo en construir algo, cuando es mucho más divertido y rápido destruir. Al mismo tiempo, ya que nos decidimos a dar un paso, queremos cambiarlo todo al mismo tiempo, aunque cada quién a su manera. Eso explica, quizá, nuestra necedad de reinventar México cada seis años, pese a que en este país ya se inventó todo (hasta de más). ¿Será que nos definen las paradojas?

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Permitimos que los partidos políticos se gasten decenas de millones de dólares en campañas electorales, pero después no acudimos a las urnas. Creamos tlatoanis sexenales con bandas presidenciales, pero al poco tiempo queremos lincharlos en la plaza pública. Lloramos a los muertos, pero matamos a los vivos. Festejamos hasta el triunfo más discreto de la Selección nacional de futbol, pero nos sentimos miserables a la primera derrota. Odiamos a los gringos por su visión práctica de la vida, pero nos regodeamos de ser el país número uno en consumo de Coca-Cola en el mundo y volvemos de las ciudades californianas y texanas como si nos hubiésemos mudado de casa. Tememos a los policías como si fueran delincuentes institucionalizados, pero siempre encontramos mecanismos útiles para infringir la ley. Esperamos la siguiente prórroga para cumplir con nuestras obligaciones, pero esperamos servicios públicos de calidad europea. Nos lamentamos de las recurrentes crisis económicas durante largas comidas que terminan con cuentas astronómicas.

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Estamos en el reino de la paradoja, tierra fértil en contradicciones y nación rica en acentuados contrastes. Aquí conviven el tianguis y el mall, el camino de terracería y el distribuidor vial, los tacos de suadero y Le Cirque, los vochitos y los jaguares, Ocosingo y Monterrey, los centros de exposiciones y Tepito, Xcaret y el Bordo de Xochiaca, Fox y López Obrador… Vamos, es realmente como para inmortalizar la esquizofrenia.

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De ahí que a la tecnocracia le haya resultado tan complejo gobernar a este país: no es lo mismo el pizarrón de Harvard que el Metro Pino Suárez. Allá no hay topes en las avenidas. Ni salarios mínimos de $3 dólares diarios. Ni secuestros exprés. Ni botellas y ladrillos como instrumentos de trabajo de ejércitos de viene-vienes en las calles. Ni fiestas de 15 años con chambelanes. Mexicanos somos y bastante perdidos andamos. Y por más que diga el poeta que el camino se hace al andar, aquí somos especialistas en desandar hasta los caminos mejor trazados.

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Gobernar este país debe ser, pues, bastante complicado. Después del desfile de militares, abogados y economistas, quizá ahora debemos darle turno a un buen psicólogo.

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* El autor es director editorial de Grupo Expansión y lleva años tratando de encontrar el camino. Retroalimentación: jstaines@expansion.com.mx.

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