El retiro

Lo dicho: nadie, ni siquiera un consultor, sabe para quién trabaja.

El pasado fin de semana nos fuimos a un “retiro”. Unos días antes, el jefe nos había pedido que reserváramos esos días, pues recibiríamos una serie de entrenamientos con un consultor (¡y dale con los consultores!), quien prometía una sesión “que nos cambiará la manera como entendemos nuestra vida y nuestro trabajo”.

- Desde hace unos años he aprendido a desconfiar de quienes prometen tantas bondades y, de paso, cambiarnos la vida en tan poco tiempo. No, gracias, pero así como estoy, vivo bien; muchas gracias. Claro que nunca estará de más recibir premios y reconocimientos, pero eso sí: nada de opciones a acciones; todo en efectivo (divisa dura, de preferencia), pues en mi casa ya tengo un armario repleto de charolitas de pewter y diplomas cursis.

- Me armé de valor y paciencia y aguardé, con todo y mis suspicacias, el dichoso fin de semana que “cambiaría mi vida”. El viernes pasado todos los empleados del departamento abordamos un camión de asientos desvencijados y luego de dos horas de mareos y canciones infantiles, llegamos a nuestro destino. La verdad, mi esperanza era pasar el fin de semana en una de esas viejas haciendas en las que dan ganas de que vuelvan aquellos tiempos en los que “Dios era omnipotente y don Porfirio, presidente”.

- En cambio, nos encerraron en un hotel dos estrellas, de a dos por habitación –la excusa: “hay que ahorrar costos”–, nada de room-service, minibar o televisión con cable. La actividad más entretenida era, precisamente, atender a las sesiones del bendito consultor.

- La finalidad del “seminario”, nos dijo Mario, el consultor, era fortalecer el trabajo en equipo, mediante una “dinámica de grupo” en la que los conflictos internos se discutirían y serían solucionados. Para mis adentros, me dije que el ingenuo consultor no tenía ni idea del nido de alacranes que iba a destapar y que si escapaba cuerdo de ésta, seguramente cambiaría de oficio.

- ¿Habrá alguno de estos bribones que se crea la mitad de las patrañas que proponen y que, honestamente, considere que con sus discursos –fusilados de los mismos libros de autoayuda de siempre– arregla algún problema? Lo primero que Mario nos pidió fue que nos acostáramos en el suelo y nos concentráramos en nuestro propio cuerpo, que nos relajáramos y lo sintiéramos, para ponernos “en contacto con nuestros rencores y nuestras tristezas”.

- De ahí el tipo siguió pidiéndonos que, con la franqueza que sólo se merece nuestro psicoanalista o un sacerdote, le dijéramos al resto lo que nos molestaba, lo que nos entristecía y lo que nos ponía de buen humor. En ese momento no pude más y antes de soltar la carcajada, me disculpé y apretándome la barriga me fui al baño. Mi jefe entiende esos gestos, pero los demás creyeron que el desayuno de papaya con melón me había caído mal.

- Cuando me animé a regresar, casi todos estaban abrazados, llore que llore y consolándose mutuamente. Lo que les dije debió caerles como balde de agua helada: “Oigan, y si mejor organizamos una borrachera y terminamos contándonos las penas, ¿no es menos complicado y nos sale más barato? ¿Cuánto cobra Mario por su consultoría? Con lo que le están pagando, nos alcanza para vaciar el bar del hotel y hasta nos sobra”.

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- El rostro de Mario se puso de un color similar al de los jitomates, no sé si de la vergüenza o del coraje. Fiel a las formas, mi jefe me advirtió que la cosa era seria y que si me iba a poner en ese plan, mejor abandonara la sesión. Le tomé la palabra.

- Esa noche, reunidos los dos solos en el bar del hotel, mi jefe festejó mi ocurrencia y me confió que mi comentario le había servido para que Mario le hiciera un descuento, con tal de que el resto de la empresa no se enterara del incidente y se lo tomaran a broma. Como verán, el nido de alacranes consiste de dos: mi jefe y un servidor. Lo dicho: nadie sabe para quién trabaja.

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