El rey Midas desfila desnudo

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Rodrigo Morales M.

El autor es consultor político de Grupo de Economistas y Asociados (GEA) y articulistas del diario -La Jornada.

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La secuela de nerviosismo que han dejado las declaraciones de Raúl Salinas de Gortari se puede medir, no sólo por los calmantes consumidos por más de un próspero empresario, los tirajes de la prensa escrita o la audiencia de las televisoras, sino por haber afectado la percepción que se tenía sobre el empuje empresarial y la pulcritud de las reformas del salinismo. El rey Midas desfila desnudo por las calles. Para bien o para mal, según se mire, las revelaciones sobre el tipo de relaciones y negocios que el célebre preso de Almoloya tenía con prominentes personajes del empresariado, parecen abrir una nueva veta para el sobresalto (cómo se hiciera falta). Convencionalmente los escándalos de corrupción habían tenido su origen y su fin en personajes políticos a los que se les comprobaba dinero mal habido. El otro lado del problema, salvo escasas excepciones, había permanecido oculto. Las reglas cambian.

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Lo más paradójico y preocupante es que tras los dichos de Raúl Salinas no se encuentran informaciones alejadas del -vox-populi, acaso sólo se corroboran viejas sospechas sobre las formas de sellar complicidades entre políticos y empresarios. Lo que mantiene el suspenso de la trama es ignorar hasta dónde se va a llegar con el nuevo destape. Por lo pronto ha quedado claro que en el caso de las televisoras, éstas pueden hacer caso omiso a los diversos llamados de las autoridades para bajarle perfiles a su confrontación, y hasta en tanto no sientan que resarcen el daño provocado por la competencia, no pararán los embates. Pero así como crece el -rating de la jugosa telenovela a dos pistas, se generaliza la sospecha de que lo publicado del destape es sólo la punta del -iceberg.

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La condena se vuelve genérica. La revelación, con cifras, fechas y giros, de las dudosas asociaciones entre políticos y empresarios, pone en tela de juicio las formas de hacer negocios en este país. Y así como suena inverosímil que se puedan establecer sociedades que -involucran millones de dólares sólo con el aval de la palabra de los socios, así también parece difícil creer que la pasarela de empresarios en la PGR toque a su fin pronto. Las redes de complicidades se revelan con una densidad que preocupa.

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De una lectura superficial de las declaraciones ministeriales de Raúl Salinas ante autoridades suizas se desprende la obsesión de establecer el origen lícito de las cuentas descubiertas; pero también se advierte cierta selección en los personajes expuestos. Como si fueran ilustración de una realidad más profunda, el hermano incómodo cita a quienes hoy están en picota como ejemplos del tipo de socios con quienes se entendía. Y si sus declaraciones sugieren que posee más información, del lado de la opinión pública se asume dicho supuesto y se exige revisar todos y cada uno de los procesos de privatización para verificar si no hay más escándalos. Hoy cualquier fortuna vertiginosamente amasada está bajo sospecha.

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De nuevo la inquietud es ¿quién para el destape y cómo lo hace? Ante un ánimo tan propicio al linchamiento, con una administración de justicia que no consigue acreditar sus bonos, ¿cómo evitar que paguen justos por pecadores en la operación de limpia? ¿cómo mantener el control del -striptease una vez que éste ha pasado a ser tema de la agenda de los medios internacionales, que han mostrado más rapidez y profundidad en las averiguaciones? Aún más, ¿cómo impedir la sensación de que el conflicto se frenó dejando en la impunidad a un ejército de malosos? ¿Quién cree?

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Ciertamente lo que esta en juego, más allá de las cruzadas, es reconstruir reglas que sean aceptables tanto para los jugadores como para el público, y hay que admitir que las condiciones para hacerlo no son las más propicias. El respetable pide sangre, los jugadores están nerviosos y el árbitro no atina a poner orden. Los sobresaltos se pueden interpretar como las turbulencias consustanciales a todo proceso de transición, sin embargo, la sensación presente acaso se asemeje más a la pérdida de control sobre las consecuencias de los actos.

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En un extremo tenemos la eventualidad de un proceso similar al de manos limpias en Italia, pero sin un poder (el judicial) con la credibilidad suficiente para asumir los costos del destape. En el otro, la posibilidad de frenar las revelaciones y tratar de mitigar los efectos del escándalo, pero sin desterrar la sensación de que se reedita un pacto entre mafias. En medio, el reto es cumplir con hechos y verdades la vieja máxima de llegar hasta las últimas consecuencias, sin que esto suponga, ni abonar aún más contra la estabilidad, ni tolerar más arreglos fundados en la impunidad. ¿Misión imposible?

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