El sexenio perdido

El aumento del PIB por habitante entre 2001-2006 será de apenas 1.2%, esto indica que México otra
Mauricio González

Faltan pocos meses para que concluya la administración del presidente Fox, por lo que conviene tener presentes las fortalezas y debilidades macroeconómicas del país y saber cómo encajan en el programa del nuevo gobierno en 2006. La estabilidad ha sido la divisa principal del discurso oficial y las estadísticas avalan lo que se presume. El promedio estimado de inflación anual en el sexenio 2001-2006 es de un dígito (4.8%), lo que no se observaba desde la época de oro de la economía mexicana (1960-1971).

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Finalmente, después de poco más de tres décadas de que se desatara la hidra inflacionaria, el crecimiento de los precios está bajo control. Lo mismo podría decirse del costo del dinero que en términos reales –aproximadamente 3.5% en promedio de este sexenio, según los Cetes a 28 días–, converge a los estándares internacionales, con un nivel menor que el de las dos administraciones anteriores.

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De la misma forma, el déficit externo (cuenta corriente), apuntalado por las exportaciones de petróleo y los servicios de mano de obra en el exterior (remesas), se logró disminuir a 1.7% del PIB en promedio durante 2001-2006, inferior al de los dos sexenios previos, lo que contribuirá a heredar las mayores reservas internacionales del país (alrededor de 70,000 millones de dólares). La férrea disciplina fiscal (reflejada en un déficit público de 0.4% del PIB en promedio en el sexenio) ha rendido sus frutos y la estabilidad financiera de México se ha consolidado. Frente a la historia y con respecto a las expectativas generadas, las cifras anteriores indican los aciertos del gobierno actual.

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Por su parte, las debilidades macroeconómicas que habrán de resolverse en los próximos años incluyen rubros bastante deteriorados, tanto en su desempeño histórico como en relación a lo que se esperaba de la administración de Fox y no se cumplió.

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Las principales insuficiencias de la economía mexicana son: la falta de crecimiento de la actividad económica y del ingreso por habitante; el estancamiento relativo de la producción de manufacturas y de las exportaciones no petroleras y, como resultado de lo anterior, una escasez sin paralelo de oportunidades de empleo formal.

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Ninguno de estos acontecimientos es nuevo, pero su evolución en una perspectiva sexenal indica problemas serios cuya solución no debe postergarse. El incremento promedio del PIB real en 2001-2006 se estima en 2.2% por año; esto es casi la mitad de lo ocurrido con Carlos Salinas y poco menos de dos terceras partes de lo observado con Ernesto Zedillo.

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De la mano con esto, el aumento del PIB por habitante en 2001-2006 ascenderá apenas a 1.2%, lo que indica un sexenio perdido en el salto a país desarrollado. Asimismo, las exportaciones no petroleras han perdido dinamismo, con un aumento exiguo de 4.9% por año, equivalente a una tercera parte de lo registrado con Salinas y una cuarta parte de lo presentado con Zedillo. Y ni qué decir de la producción manufacturera, cuyo avance es prácticamente nulo (0.4% por año), frente a 10% registrado en los dos sexenios anteriores.

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El letargo de la actividad económica, nacional y de exportación, ha provocado que el empleo nuevo para este sexenio sea raquítico: 72,000 plazas en promedio por año; ni siquiera una décima parte de lo que se necesita y se ofreció en la pasada campaña presidencial. La acertada disciplina fiscal, sostén de la estabilidad financiera nacional, no conlleva una solución automática de las deficiencias señaladas. Sin una estrategia ad hoc, las proyecciones de progreso económico son escalofriantes. Por lo pronto, el balance sexenal deja claro lo que debe atenderse prioritariamente. El punto es si los que desean conducir el destino del país tendrán la lucidez suficiente para sacarlo adelante.

El autor es economista.
Comentarios: magg01@hotmail.com

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