El síndrome del <i>Popochas</i>

La historia de un pobre ingenuo que, víctima de un ataque aspiracional, se encuentra ahogado en el

Tengo un amigo tan, pero tan aficionado a la revista Quién, que un buen día decidió que él tenía que vivir como todos los personajes que desfilan por esas sustanciosas páginas, rebosantes de celebridades. Evidentemente, hoy se encuentra boletinado en el Buró de Crédito.

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Yo lo comprendo. No es fácil mirar tantas notas salpicadas de buena vida sin desear pasar el año nuevo en Aspen, cenar en Le Cirque de Nueva York, comprar trapitos en Rodeo Drive, jugar golf en Punta Mita, aplicarse una terapia corporal completa en Las Ventanas al Paraíso o volar en jet privado a unas casitas divinas en Careyes, siempre rodeado de personalidades del mundo social y de la farándula. ¿Quién puede rechazar esas muy mundanas tentaciones? Pero el problema con mi amigo es que sus deseos hedonistas de altos vuelos los lleva a cabo, sin sustentarlos con cuentas bancarias o herencias aseguradas. Sufre, digamos, del síndrome del Popochas: ese ilustre desconocido que todos somos, pero que sueña con ser famoso algún día y, por tanto, está seguro que lo conseguirá tomándose fotos al lado de las luminarias. Si para ello necesita invertir, lo hará a lo grande.

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Para infortunio de mi amigo, las estrellas se divierten mucho y aparecen en revistas, en la tele y en fiestas, pero rara vez en lugares tan terrenales como el Buró de Crédito. En cambio, para él, la estadía en ese sitio ha sido como una temporada en el infierno: ahora su tarjeta nunca pasa y ha debido comprometerse con varios bancos a un programa agresivo de pagos. Quizás algún día, le dijeron, su nombre pueda ser borrado de esa lista negra.

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¿Saben qué es lo más triste de esta historia? La enfermiza ingenuidad de este pobre muchacho: por más que, tras lograr colarse a decenas y decenas de grandes fiestas y megalanzamientos de productos suntuarios (no había coctel de presentación de relojes y autos de lujo al que no acudiera), a la hora de publicarse las fotos en la revista Quién, su nombre nunca aparecía. Pobre. Le costó trabajo entender que su patronímico impreso en un pie de foto es cuestión de pedigree, no de pararse al lado de rostros atractivos. Eso fue, sin duda, lo que más apagó la llama del “quiero ser famoso” de mi amigo, que descansa en el Buró con una depresión difícil de curar.

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*El autor es director editorial de Grupo Expansión y una vez (por error, pero fue horrible) apareció su nombre en el Buró de Crédito.
Quejas y reclamos dirigirlos a:
jstaines@expansion.com.mx

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