El submarino

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Contrario a lo que pudiera pensarse, el submarino no es un invento de este siglo. El anhelo de esta forma de locomoción se remonta a la antigüedad, pues ya Herodoto, Aristóteles y Plinio el Viejo escribieron sobre las posibilidades de sumergibles para fines tanto de exploración de las profundidades del mar, como de viajes. Y Leonardo da Vinci, quien siempre tenía algo que añadir, sostuvo que la humanidad desaparecería bajo inundaciones incontrolables, y cual Noé renacentista dibujó planos para una “embarcación” que surcara el fondo del mar y, de paso, salvara a algunos especímenes humanos.

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Sin embargo no fue sino hasta 1620 cuando el inventor holandés Cornelis Drebbel concretó la ambición tan largamente acariciada. Inspirado en los diseños que hiciera el matemático inglés William Bourne en 1578, Drebbel construyó el primer submarino, cuyo casco impermeable era de cuero aceitado y tensado en un bastidor de madera. A manera de propulsión, usó remos en ambos costados. A partir de ese momento, el desarrollo de esta tecnología se aceleró, más aún cuando el rey Jacobo I de Inglaterra se atrevió a descender 15 pies de profundidad junto con Drebbel. Crónicas de la época asientan que el monarca no cesó de hablar de esta experiencia durante días, pese a que sólo abarcó unos cuantos minutos.

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El primer intento por usar submarinos para fines bélicos fue durante la guerra de independencia estadounidense. El fin de ese submarino individual era acercarse a barcos británicos para colocar explosivos, objetivo que fue frustrado una y otra vez hasta que la idea se descartó. Fue después de la Primera Guerra Mundial cuando Estados Unidos construyó el Argonauta (1928), submarino que, con un desplazamiento de 2,710 toneladas, estaba equipado con cuatro detonadores de torpedo y 60 minas. Hoy, los submarinos nucleares que han servido tanto a propósitos bélicos como de investigación, fácilmente hacen olvidar que son el resultado de un largo proceso gestado a partir de sueños compartidos durante centurias.

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