El té

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Triunfal fue la entrada del té a Occidente. Las rutas de navegación abiertas en el siglo XVI lo llevaron a la mesa europea desde Asia y su popularidad creció tanto que, al siguiente siglo, un médico holandés lo proclamaba como “elíxir que cura todas las enfermedades y permite llegar a la ancianidad extrema”. Aunque hubo mentes suspicaces como la del galeno alemán que no se tentó el corazón para advertir que “precipitaba la muerte de quienes lo bebían, especialmente si pasaban de los 40”. Mientras que otro especialista, ahora francés, lo llamó “la novedosa impertinencia de nuestro siglo” (refiriéndose al XVIII).

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Para los chinos, tanto debate les debió parecer demasiada alharaca en torno a la aromática bebida que ellos disfrutaban desde el 2737 AC, según consta en el diario médico del emperador Chen Nung. Es más, conforme a la leyenda, su origen se debió a que hojas de un arbusto cercano cayeron sobre agua que hervía en las habitaciones de Nung; bastó que los delicados efluvios emanaran hasta la nariz imperial para que su alteza se convirtiera en su principal promotor.

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Los japoneses –siempre poéticos– concibieron una leyenda mejor: para empezar, dijeron que surgió en islas de Japón gracias a Bodhidharma, un monje budista que lo creó de la “nada”. Lo cierto es que esta deliciosa “nada”, cuyas hojas se cosechan a mano como hace cuatro milenios, ha contribuido en gran medida a la economía de China, India y Sri Lanka, sus principales productores.

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