El todo por el todo

Nada de medias tintas. La compra de Banacci por parte de Citigroup es la operación financiera más
Roberto Aguilar, José Ramón Huerta y Adolfo Ortega

El escenario es perfecto, por indescifrable. Cenotes en las cercanías, intenso calor. Vehículos de lujo llegan adonde alguna vez hubo selva, devastada por el impulso henequenero de hace más de cien años, y donde hoy crece un agreste aunque tupido follaje. De los autos baja un grupo de personas que dejó las mancuernillas y la corbata a muchos kilómetros de ahí. Los portafolios, sin embargo, evidencian que hay negocios a discutir. Están en la hacienda de San José Cholul, Yucatán, muy cerca de Mérida pero muy lejos de ojos indiscretos. La construcción es propiedad de Banamex, que luego de comprarla la remodeló y convirtió en hotel de lujo.

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Es 3 de abril y está a punto de celebrarse lo que los altos mandos de Citigroup, entusiasmados por el lugar, llaman la Jungle Team Meeting, junta del equipo selvático. No es esta la primera reunión, por cierto. Antes los estrategas de ambos bancos, de vez en vez, se habían reunido para revisar negocios compartidos y escudriñar la mejor forma de ampliar las transacciones, sin hablar aún de vender o de comprar nada. En una de estas entrevistas, a principios de 2000, en la mente de los directivos de Banamex revoloteaba un pensamiento: la compra de Bancomer, su archirrival en México, pero también su gran oportunidad para insertarse en las ligas internacionales de los servicios financieros. Bancomer, en aquel mayo, le diría no a Banamex y sí al Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA).

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A Banamex le dolía el orgullo. Asimilar el mal trago no resultaba cómodo. Juntos los españoles y Bancomer, y acechantes los canadienses de Scotiabank, el grupo financiero se sentía urgido de echar a andar la imaginación para no quedar fuera de la jugada. Con ese objetivo revisaba opciones estratégicas: la primera era comprar algún otro banco mexicano. El problema es que ya no había uno que, sumado, proporcionara la escala o tamaño suficientes para competir con éxito en lo global. La segunda era adquirir un banco en California o Texas; pero, o eran muy grandes o ya se habían asociado con Bank of America o Chase Manhattan. No es difícil adivinar cuál era la tercera opción: asociarse con uno de los escasos jugadores globales.

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En eso estaban cuando a fines de marzo de 2001 Robert Rubin, ex secretario del Tesoro estadounidense convertido en presidente de la Comisión ejecutiva de Citigroup, se les acercó. Quería platicar con los mexicanos, y que esa charla tuviese un carácter especial. Todo se organizó rápido; pocos días después la hacienda San José Cholul –sin televisión en las habitaciones, con pocos teléfonos, sin salas de prensa–, estaba lista para recibir a Sanford I. Weill, presidente de Citigroup, al mismo Rubin, a -Roberto Hernández, presidente de Banamex y a Manuel Medina Mora, director general del grupo mexicano.

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Los cuatro hablaron, cotejaron sus intereses, analizaron sus estados financieros, compararon sus culturas. Los estadounidenses, finalmente, propusieron comprar todo Banamex Accival. Aunque la gente de Banacci ya había establecido asociaciones importantes en los últimos años –con MCI, para Avantel y con Aegon, para seguros y Afores– la oferta eran palabras mayores para los mexicanos, quienes tenían ante sí un escenario completamente diferente al de 2000: en vez de comprar, serían comprados.

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Parecía como si Banamex hubiera estado esperando la propuesta, pues el engranaje empezó a funcionar de inmediato. Hubo dos reuniones más, ya no sólo con los integrantes del mini grupo de la selva sino con casi 90 personas –abogados, auditores, estrategas– a las cuales se les obligó al silencio con estrictas cartas de confidencialidad.

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La última reunión "cumbre" entre los cuatro directivos se realizó el pasado lunes 14 de mayo, y con carácter de urgente fueron convocados el martes los accionistas de Banacci. El miércoles se contó con la asistencia absoluta de los miembros del Consejo de Administración. Muchos de los empresarios más conspicuos de México estaban ahí, quizá por intuir que se trataba de un asunto de alta importancia, "eventualmente la compra de Banorte", como dijo uno de los responsables de la convocatoria. Roberto Hernández y Alfredo Harp dieron la introducción y Medina Mora explicó la operación. El consejo terminó en un tono "extraordinariamente positivo". Si en la reunión de los accionistas alguien pensó en apelar al nacionalismo o a cierto deseo de que las decisiones del banco se siguieran tomando en México, se guardó para sí sus ideas. El asentimiento ante la propuesta de Citigroup fue unánime.

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El jueves 17 de mayo el Banco Nacional de México, uno de los más sólidos del país y con casi 120 años de historia, volvía a ser, como en su nacimiento, de propiedad extranjera –en 1884 la fusión de Banco Nacional Mexicano y el Banco Mercantil de México, de capitales mayoritariamente francés y español, dio lugar a Banamex–.

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La institución, de este modo, no tuvo que irrumpir a patadas dentro de la globalización por medio de una compra hostil, sino que aquélla tocó la puerta y entró, gentilmente, previo pago de $6,250 millones de dólares en efectivo y una cantidad semejante en acciones de Citigroup–.

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El eterno operador
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Protagonista principal de este acontecimiento es Manuel Medina Mora, hombre clave en la vida de Banacci. Desde 1996 es el director general, pero su bagaje se remonta a 30 años en el banco, periodo durante el cual ha visto de todo. Sus primeras posiciones en Banca Corporativa, cuando aún era estudiante de administración –en 1971–, su paso por Londres y Nueva York al atender Banca Internacional, vivir la estatización de los bancos en los años 80 y presenciar luego la reprivatización en 1990, cuando es nombrado director general adjunto del grupo, le dan una visión general del grupo que se acaba de definir con el más reciente cambio de los accionistas mayoritarios. Ahora trabajará con jefes estadounidenses.

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En el corporativo de Banacci, en la capitalina zona de Santa Fe, rodeado de paredes tapizadas con cuadros de artistas mexicanos como Tamayo o Siqueiros, opina que no existe desproporción entre el monto que Roberto Hernández y Alfredo Harp pagaron en 1991 por Banamex y lo -desembolsado ahora por Citigroup. Hay que recordar que 100% de Banamex, en aquel año, fue valuado en cerca de $5,000 millones de dólares. Medina Mora se explica: "En 1991 se pagó 2.6 veces su valor. En esta ocasión nos están pagando 2.8. ¿Qué es lo que pasó? Que el grupo en la crisis recapitalizó fuerte. Fuimos capaces de poner, frescos, $2,000 millones de dólares. La crisis (de 1995) destrozó el capital de la banca mexicana, prácticamente la desaparece. Hubo algunos –Serfin, Banco Mexicano– que se recapitalizaron, les metieron más dinero en el 95 y 96 y no salieron. Terminaron perdiendo los bancos."

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Justifica la venta de Banacci aduciendo que es benéfica para el país. "Veamos los mercados financieros: vamos excelente. En una semana la Bolsa subió 11%, y se crearon $15,000 millones de dólares. Las tasas de interés caen entre 2 y 2.5 puntos porcentuales. Si lo aplicamos a la deuda pública es un ahorro anual entre $25,000 y $30,000 millones de dólares.

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Es como si le hubieran dado a México un grado de inversión. Sabíamos que se tomaría muy bien la entrada, en una sola operación, de $12,500 millones, equivalente a un año de inversión extranjera, pero no supusimos que tanto. Es un voto de confianza a México."

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Aunque no todos los sectores del país vieron con tan buen ánimo la operación, Medina Mora desestima las reacciones que esgrimen el tema del Fobaproa-IPAB y el costo fiscal. "La mayor parte de los recursos que Fobaproa destinó fueron para salvaguardar a los ahorradores, apoyando a los deudores. ¿Quiénes son los deudores? Las familias mexicanas y las empresas mexicanas. ¿Por qué tiene que apoyarlos, rescatar esas carteras, esos créditos? Porque con la subida de las tasas de interés se volvieron impagables."

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Medina Mora agrega que el programa recompró carteras sólo cuando los accionistas de los bancos estuvieron dispuestos a aportar capital nuevo en proporción de uno a dos. "Muchos bancos solicitaron el programa. Algunos no, porque no eran capaces de poner nuevo capital y el gobierno tuvo que intervenir esos bancos, chupárselos a un costo altísimo. Ahí estamos hablando de cantidades impresionantes. Los menos, cuatro bancos, recapitalizamos y salimos adelante."

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El directivo comenta respecto de otra línea crítica, la de darle la propiedad a extranjeros. "El nacionalismo es la bandera clásica de la izquierda. El concepto de soberanía en un mundo global debe ser reentendido: un país mantiene su soberanía si es competente. Lo global implica tener acceso a costos de financiamiento internacionales, a los mejores productos bancarios y financieros. Las empresas mexicanas están compitiendo con empresas de clase mundial, y soberanía es que un país tenga condiciones de productividad en su economía y por lo tanto de valor agregado."

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Sus opiniones están ahora mismo en la arena de la discusión pública.

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¿Se desmorona el club?
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Luego de la compra, varios escenarios se abren para el Consejo de Administración de Banacci. Si bien la compra de Banamex en 1991 fue apoyada por más de 500 inversionistas nacionales, en realidad fue un puñado el que obtuvo una participación significativa en la institución. Así, el consejo no sólo se convirtió en -el club de la elite empresarial de México –Azcárraga, Zambrano, Diez Morodo, Larrea, Losada y Aramburuzabala, son algunos de los apellidos más destacados– sino que, además, fungió como vínculo entre sus compañías y los mercados de capital y deuda.

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Todos los miembros recibirán dinero y acciones de Citigroup –que se negociarán próximamente en la Bolsa Mexicana de Valores–. Medina Mora anticipa que algunos personajes recibirán el dinero y comprarán más acciones, aunque otros posiblemente decidan utilizar los recursos para el pago de deudas u otras iniciativas de inversión. –¿Usted comprará más títulos?–, se le inquiere. "Por supuesto que sí", su respuesta.

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A pesar de que no existe información de cómo está dividido el pastel accionario de Banacci, lo que impide calcular con exactitud cuánto dinero recibirá cada uno de los mayoritarios, analistas estiman que Hernández y Harp recibirían aproximadamente $2,500 millones de dólares en efectivo. Medina Mora aclara que la tenencia accionaria de Banamex es a título personal de los participantes del consejo, aunque en muchos casos también sus empresas poseen acciones del grupo financiero como inversión de cartera.

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Por el momento Cemex es la única empresa que anunció estar dispuesta a vender sus acciones de Banamex –1.32% del capital–, en una operación que le generará ganancias por $130 millones de dólares, mismos que utilizarían para reducir pasivos, si bien este monto apenas representa 1.8% de su deuda total (que suma $6,900 millones de dólares).

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Hasta el cierre de esta edición ninguno de los 28 miembros había externado su decisión de aprovechar la coyuntura para desinvertir totalmente de Banamex. Medina Mora se muestra tranquilo sobre el futuro del consejo y es categórico al afirmar que no se está desintegrando. "Por el contrario, se refuerza con la llegada de nuevos miembros provenientes de Citigroup."

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El propio Hernández anticipó en una entrevista al diario El Financiero que, si bien planea invertir los recursos que recibirá en el sector eléctrico, una vez que se concrete la reforma energética, la parte más importante la utilizará en "consolidar la posición accionaria en Citigroup". No se precisó, empero, si los planes son a título personal o involucran a todo el Consejo de Banamex.

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Guerra de titanes
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El año pasado, cuando iniciaba la convención anual del sector bancario y se anunciaba la compra por BBVA de Bancomer, había entre los asistentes muchas caras de sorpresa, pero una en especial combinaba confusión y cierto enojo. Era la de Julio Armando de Quesada, presidente y director de Citibank México, quien, teléfono en mano, mantenía continua comunicación con sus jefes en Nueva York.

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Bancomer era entonces el banco más apetitoso; tenía una excelente cuota de mercado, una infraestructura envidiable y, lo mejor de todo: urgencia de capital fresco. Una frase del funcionario de Citibank México, fuera de entrevista, resumía su sentir y los planes que el gigante estadounidense tenía en ese entonces: "Los españoles fueron más rápidos que nosotros." Quizá fue en ese momento que los ojos de Citigroup se enfocaron en su única esperanza de competir de frente ante dos españoles que habían mostrado el hambre por comerse la mayor parte del pastel del negocio bancario en México. -No había otro mejor que Banamex.

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"Ya se advertía desde hace tiempo la inversión extranjera en la banca mexicana, y esto ya se dio, casi en su totalidad, con esta operación", dice el senador panista Fauzi Hamdan, uno de los legisladores más influyentes en las reformas al marco legal que han permitido que el sistema financiero tome el rumbo actual. Los analistas tampoco se dicen sorprendidos con el anuncio de este negocio; Banamex era el blanco perfecto. Aunque la institución ya no era la más grande del sistema, le reconocen su buena administración y su penetración en el mercado más atractivo para los bancos, el de los corporativos. "En todo caso, la sorpresa es que sucedió antes de lo esperado", dice Ursula Wilhelm, analista de la calificadora de valores Standard & Poor’s (S&P).

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El ruido y la polémica que esta operación ha generado no son gratuitos. La transacción ha servido más para consolidar los cambios que el sector ha tenido en los últimos años que para generar algunos nuevos. Para Luis Rubio, analista y director del Centro de Investigación para el Desarrollo, la principal transformación radica en que la mayoría de los bancos, al menos los más grandes, ahora estarán regulados no sólo por las autoridades financieras y bancarias mexicanas, sino por las de cada uno de los países donde residen los -bancos propietarios.

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"Tendremos una supervisión del primer mundo, por la puerta de atrás", prevé el analista. Rubio encuentra dos implicaciones de este fenómeno. La primera tiene que ver con que los bancos tendrán finanzas más transparentes; la segunda es que el margen de discrecionalidad de las autoridades locales prácticamente desaparecerá. Wilhelm agregaría que el riesgo de una contingencia bancaria en el país se reduce, es decir, que las posibilidades de que la crisis bancaria de 1995 vuelva a repetirse serán menores.

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¿Todo sigue igual?
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La mala noticia es que mientras menos bancos haya menos opciones tiene el consumidor, y con ello crece el riesgo potencial de que éste no reciba lo que quiere. Para Rubio, ese es el gran tema. ¿Adquirirá el mercado financiero mexicano las características de los mercados competidos, como el español y el estadounidense, o se fortalecerá la estructura oligopólica que, en la práctica, ha caracterizado al sector? "El riesgo de que todo siga igual, comenzando por la escasez de crédito y seguido por precios y costos monopólicos, es enorme", advierte, y le endosa este reto a las autoridades que, a su juicio, están propensas a proteger y evitar la competencia.

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Señala que una operación de este calibre cimbra hasta al jugador más consolidado, y hace un llamado a los participantes a asumir que esta contienda no es de carácter local, sino mundial. Según el analista de S&P, los efectos de esta operación para cada banco serán diferentes, según la posición que hoy ocupen en el mercado.

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Para las instituciones de menor tamaño o regionales, su consigna seguiría siendo atrapar nuevos clientes, ya sea de los grandes grupos o "banderizar" nuevos nichos. La operación de Citigroup podría acelerar otras fusiones. Quizá la más esperada por los analistas sea la del banco canadiense Scotiabank con Banorte, mientras que en el caso de Bital aún no le vislumbran un potencial comprador: pocos se animarían a adquirido hasta que solucione con el gobierno la compra del Banco del Atlántico.

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Bancos pequeños y regionales, que tengan bien definido su objetivo, podrían sobrevivir, aunque su expectativa de crecimiento estaría severamente copada. Además, si el nicho que escogieron es el mismo que atacan los grandes bancos, difícilmente podrán mantenerse en pie.

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"Bob, ¿por qué México?"
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Esta pregunta se la planteó Manuel Medina Mora en Yucatán a Robert Rubin, al conocer la decisión de ir con todo por Banamex. "Para Citigroup, además de Estados Unidos, México es uno de los dos o tres países estratégicos. Es fundamental, porque creemos en el concepto de integración económica que nos da el Tratado de Libre Comercio", respondió en esa ocasión el presidente de la Comisión Ejecutiva del conglomerado estadounidense.

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En palabras de Medina Mora, la operación realizada es la mayor por su tamaño en países en desarrollo. La mayor en América Latina, en Asia (si se exceptúa a Japón) y en Europa Oriental. Para el banco con más presencia en el mundo –alrededor de 102 países– la compra en México significa una posición de privilegio en el segundo mercado más grande de la Latinoamérica (25% de los depósitos bancarios, tres puntos detrás de BBVA-Bancomer), región donde sus cuotas de participación no rebasan 5%.

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Según informes de Thomson Financial Securities, la compra fue valuada en $12,821 millones de dólares y es, por su monto, la décimoprimera entre todas las realizadas por instituciones financieras del mundo en los últimos dos años.

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Banamex le confiere a Citigroup –según Medina Mora– la marca financiera más reconocida en México y también en un mercado apetitoso, el llamado "hispánico" de Estados Unidos, donde el nombre del banco mexicano es apreciado. Si bien en segmentos más especializados y corporativos (que requieren financiamiento internacional o productos para banca de inversión) no se abandonará el apellido Citibank.

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La adquisición le facilita a Citigroup una embestida directa en el mercado mexicano por varias razones. Según un informe del grupo estadounidense, la integración de Banamex le confiere altas ganancias, más de $24,000 millones de dólares en depósitos, alrededor de $35,000 millones en activos, posición privilegiada en Afores y banca de seguros. Además, México es un mercado de rápido crecimiento, producto de la estabilización y reformas económicas, lo que ha conferido una fortaleza cambiaria y una reducción de la volatilidad.

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Esas son algunas de las razones de la institución multinacional. Su socio mexicano, hoy mismo, capotea las dudas acerca de si toda esta magna operación al final acabará beneficiando al usuario y al sistema bancario en general. Por lo pronto, nadie les quita la sonrisa del rostro a Hernández, Harp y Medina Mora. Habrá que esperar que sus argumentos para justificar la venta –más créditos, servicios de clase mundial– se hagan realidad.

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