El turista accidental

¿Qué ha sucedido con los viajes a París, Nueva York, Londres, Madrid, San Francisco?
Max Clip

Van a decir que soy más pesado que el plomo, que ni quién me aguante ni me entienda, que ni picho, ni cacho ni dejo batear, pero debo ser sincero: detesto viajar por motivos de trabajo.

- Todo mundo se sorprende cuando digo esto, pues se supone que una de las ventajas de ser ejecutivo de una “reconocida empresa” es, precisamente, este tipo de valores intangibles, como lo es la posibilidad de salir frecuentemente de viaje.

- Globalización o no, creo que más bien soy de un temperamento sedentario, que gusta de los acontecimientos regulares. Una de las maravillas de internet, es que me permite darle la vuelta al mundo sin moverme de mi escritorio. Viéndolo bien, incluso no tendría que moverme de mi casa (y, para el caso, ni siquiera de mi cama), pero creo que mi jefe aún no esta preparado para tanta modernización. Le cuesta trabajo creer que uno puede trabajar desde la comodidad del hogar; y no lo culpo, a mí también me cuesta trabajo creerlo (aunque me cuido de confesárselo).

- Pero estaba con lo de los viajes. Como recién regreso de uno, debo hacer una reseña del infierno por el que he pasado para quitarme el mal sabor de boca. Claro que quizá se los dejaré a ustedes, pero ¿qué le vamos a hacer? Bueno, que conste: no respondo chipote con sangre...

- Mi odisea empieza con el calvario que es abordar un avión en el benemérito aeropuerto de la Ciudad de México. Pero los berrinches comenzaron desde antes. En primer lugar, esta empresa tiene el descaro de mandarme por clase turista, porque “estamos en época de vacas flacas”.

- ¿Y todavía hay quien se sorprenda que no me guste viajar? ¡Claro! Ya desde la momento de abordar el avión (de alguna manera hay que llamar al aparato en el que se arriesga el pellejo) comienzan los problemas. Las colas son como de caja de supermercado en quincena. ¿Pues no que estamos en crisis?

- A mí me gusta moverme con pocas cosas: una maleta compacta con artículos personales, una muda de ropa y una camisa extra, y un portafolios con la ligera PC portátil que graciosamente me prestaron en la oficina. Pero para cuando llego a mi lugar, todos los compartimentos superiores ya fueron ocupados por los demás pasajeros: sombreros, abrigos, guitarras, carreolas y hasta pañaleras olorosas a talco infantil. Mal, me digo a mí mismo, empezamos mal.

- Luego está la tortura del vuelo, con media docena de infantes (sus papis les dicen enanos; ¡pobre Blanca Nieves!) corriendo y gritando por todo el avión como si estuvieran en el patio de su escuela, limpiándose la nariz en los respaldos, lloriqueando y pateando los asientos. No puedo entender cómo es que las aerolíneas prohiben fumar en los aviones y, sin embargo, permanecen inmutables ante este tipo de escenas, dignas de las más elaboradas cámaras de tortura de la China Imperial.

- Recuerdo que en los años 80, cierta cadena francesa de hoteles se volvió famosa porque mantenían la muy sensata política de prohibir la entrada a matrimonios con niños a sus resorts . Aquello debió ser el paraíso. La derecha conservadora, la mercadotecnia infantil y quizá hasta la proliferación del Sida los obligaron a modificar sus estrategias.

- No he mencionado la maldición de los destinos. ¿Es que ya nadie va a hacer negocios a las grandes capitales del mundo? ¿Qué ha sucedido con los viajes a París, Nueva York, Londres, Madrid, San Francisco...? ¿Qué demonios tengo que hacer en Santa Cruz, Bolivia? ¿O en Resistencia de Chaco? ¿O en Nuevo Laredo, Tamaulipas?

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- Podrán imaginarse el hotel al que llegué. Un detalle: desconozco el nombre en latín para esa clase de bichos. Mi única satisfacción fue que, previsor como soy, llevaba un pequeño bote de Raid en aerosol.

- Los siguientes dos días fueron de juntas, desayunos, juntas, comidas, y más juntas. Mi vuelo de regreso fue igual de malo, pero venía tan cansado que ni me inmuté cuando un niño me golpeó en el brazo de tal manera que estuvo a punto de tirarme encima mi escocés con soda. Apenas terminé la copa, me quedé dormido; así seguí hasta que aterrizamos en México. Y cuando desperté, el enano ya no estaba ahí.

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