El (verdadero) masiosare

Apenas comenzamos a platicar con un extranjero, nos invade el fantasma de la Malinche
Max Clip

La primera vez me sucedió hace años, en otra empresa. Recuerdo que esperaba turno en la fotocopiadora, cuando la persona que estaba delante mío –uno de los gerentes de mercadotecnia, famoso entre el pool de secretarias porque siempre iba de prisa y pedía las cosas “para ayer”– le dijo a Leticia, su asistente: “Ya están. OK, OK. Necesito que me las engargules en tres juegos, right now.” Inmóvil, Lety se le quedó mirando, sin comprender la orden. “Chica, pelo no te quedes palada –el tipo, se habrá adivinado, no era de México, aunque tampoco era 100% estadounidense–, engargúlamelas ya, que es ulgente.” Maliciosa, Lety comprendió que había que... engargolar tres juegos con todas esas copias y puso manos a la obra.

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Creo que esa fue la primera vez que supe que lo inevitable ya estaba sucediendo. Por alguna razón, en algún rincón de mi cabeza comenzó a sonar el Himno Nacional, justo en la parte donde dice “...Mas si osare un extraño enemigo...”

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Ustedes dirán que parezco disco rayado, que me repito, que regreso al mismo tema, que nomás estoy dándole vueltas a una misma idea... y sí, puede que tengan razón: esto del lenguaje es una de mis obsesiones. Y su mal uso es el verdadero “extraño enemigo”, el auténtico masiosare.

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No entiendo qué nos sucede a los mexicanos. Con fanfarrias y trompetas de mariachi, todos presumimos nuestras férreas tradiciones, nuestra historia milenaria, nuestra identidad a prueba de todo. Pero apenas comenzamos a platicar con un extranjero, nos invade el fantasma de la Malinche –que, por cierto, fue traductora de Cortés– y ya andamos hablando en pochismos: que si vamos a accesar Internet, que si tal persona nos influenció demasiado, que si mañana nos meiliamos, etcétera. Es increíble la influencia que ya tienen cadenas de televisión como CNN en español.

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El nuevo –sobre el que, hace unos números, conté la historia de su ingreso a la empresa– es casi el ejemplo perfecto. Hace días trataba de explicarle los misterios ocultos en el arte de llenar los múltiples formularios de la empresa, cuando me contestó: “Eso no hace sentido”. Le dije que, al menos en lengua castellana, su respuesta era la que no tenía sentido. Ni siquiera captó el sutil reproche y de inmediato me acusó de burócrata, cerrado, impositivo, intolerante y dinosaurio.

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Otra de sus frecuentes ocurrencias –sobre todo cuando pretende agotar un tema y dar por válida su opinión– es comenzar sus frases con aquello de “al final del día...” ¿Qué pasó con el muy castizo “a fin de cuentas”? Pero lo peor es cuando solicita información y dice: “Déjamelo saber”. ¿Habrá algún contenido políticamente incorrecto en la frase: “Házmelo saber”? ¿A quién se le puede ocurrir que la gramática esté sujeta a los vaivenes de la opinión pública, a las dudosas capacidades de los locutores de deportes, a las dotes humanísticas de los publicistas y los mercadólogos?

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Naturalmente, el campo tecnológico es terreno fértil para muchos de estos equívocos. Aunque hay excepciones. Debo al doctor Renato Iturraga, financiero siempre preocupado por la veloz e indiscriminada invasión de terminajos técnicos, la iniciativa de traducir el práctico datawarehouse (esto es: almacén de datos) por el elegante “reservorio de información”. (Pocos lo saben, pero es la prisa y no las deficiencias educativas la principal culpable de que en las empresas, sobre todo en las del sector financiero, se hable y se escriba tan mal. Me consta que esta marca sólo es superada por los funcionarios del Partido y de ciertas dependencias del Ejecutivo.)

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Por todo lo anterior y para formalizar tantos equívocos, propongo al mundo el corpoñol, extraña variable del castellano, resultado de la mezcla de cierta jerga corporativa con el español. A la velocidad a la que se va adelgazando el Estado, pronto habrá que elegir una nueva Secretaría de Educación Pública de entre las corporaciones mexicanas. Propongo también la creación de la H. Academia del Corpoñol y comenzar la redacción de un Moderno Diccionario del Corpoñol. Se aceptan sugerencias y se agradece cualquier donativo.

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