El zar de las gelatinas

A los mexicanos no nos falta espíritu emprendedor, sino que nos sobran estorbos gubernamentales par
Ricardo Medina Macías

Uno no escribe una novela para ilustrar una tesis. Eso es mala literatura, mala investigación científica, desperdicio de recursos (se tienen que talar varios árboles para tirar 3,000 ejemplares de un libro, la mayoría de los cuales quedarán en una bodega) y sólo, ocasionalmente, podría ser una buena técnica para enriquecer el debate intelectual.

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Lo que sí puede hacerse es amenizar una tesis inventando la existencia de una novela cuya anécdota toma entonces carta de naturalización literaria. Además es divertido. De esa forma, uno puede escribir, por ejemplo:

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“El punto culminante de esta primera novela de Aníbal Basurto es cuando el protagonista, Jairo Ramírez, observa, ebrio, las primeras luces del amanecer desde la terraza de su lujoso palacete y exclama: –¡Las gelatinas me han dado riqueza, fama, poder, placeres, pero no pueden llenar este vacío del alma que me sobrecoge!–, y acto seguido inventar una cita: de El zar de las gelatinas, opera prima de Aníbal Basurto.

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Obviamente, no existe tal novela (aunque la existencia de Aníbal, el Gordo Basurto, está fuera de duda) ni clímax tan previsible. Pero a partir de esa ficción sobre una ficción, el lector puede adivinar la anécdota del caso: un tal Jairo Ramírez, hombre pobre, hace una inmensa fortuna estableciendo una poderosa red de distribución y venta de gelatinas en las estaciones del Metro de la Ciudad de México. Este emprendedor, prototipo de la economía informal, decide, merced a una amplia amnistía fiscal y al programa de créditos a “los changarros” promovido por un visionario gobierno, establecerse formalmente e internacionalizar su negocio. Surge un imperio, las gelatinas Jairo, que abarca de Seattle a Buenos Aires.

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Lo demás es el viejo argumento del hombre que se hizo a sí mismo, pero que en el camino se corrompió, abandonó a sus primeros amigos, a su esposa y a su familia y, en el ocaso de su vida, tras una fiesta rumbosa, observa con infinita tristeza que se le ha escapado lo esencial… No exclama “Rosebud” como el ciudadano Kane, sino Jazive Yamilé –el nombre de su abnegada novia de juventud a la que ha perdido tal vez sin remedio…–. Literariamente el invento vale un comino, pero la anécdota de la fortuna forjada por un emprendedor que aprovecha el excelente mecanismo de distribución popular que son las estaciones del Metro en la Ciudad de México, permite al menos dos cosas:

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Uno. Imaginar todo género de peripecias (por ejemplo, las turbias componendas que debe hacer Jairo con las autoridades formales e informales para conformar su imperio comercial) que bien sazonadas podrían dar para unos 60 capítulos de una telenovela.

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Dos. Comprobar que a los mexicanos no nos falta espíritu emprendedor, ni imaginación, sino que nos sobran estorbos gubernamentales para que por estos lares proliferen los Bill Gates.

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Eso sí, al final, Jairo se redime (además de inscribirse en una clínica de desintoxicación y obtener el perdón de la abnegada Jazive Yamilé) y con su inmensa fortuna establece la fundación JY que, entre otras cosas, otorga becas generosas a niños de la calle (uno de los beneficiados obtiene el Premio Nobel porque sus investigaciones ayudan a lograr una cura contra el cáncer) y promueve a prometedores talentos literarios, como Aníbal Basurto, quien, a su vez, escribe una novela llamada El zar de las gelatinas que cuenta la historia de…

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