Elección en el CCE, barbas remojadas

Debido a varios factores -escándalos políticos, entre otros-, el liderazgo moral de los empresario
Roberto Fuentes Vivar

En forma paralela a los comicios para asambleístas, diputados, senadores y jefe del gobierno capitalino, en las que se pondrá a prueba la validez de los partidos políticos como representantes de la sociedad, se realizarán otras elecciones en las que uno de los sectores –el empresarial– tendrá que poner en tela de juicio su liderazgo moral.

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La elección de dirigente del Consejo Coordinador Empresarial (CCE), que se realizará en junio próximo, tiene en estos momentos especial importancia política por varias razones:

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1) El empresario que resulte designado será el principal aliado del gobierno de Ernesto Zedillo para tratar de mantener la política neoliberal, sobre todo si el Partido Revolucionario Institucional pierde la mayoría en el Congreso.

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2) El nuevo dirigente del CCE será el primer líder de la “cúpula de cúpulas” que se elija bajo las nuevas leyes, en las que la afiliación de los empresarios a las cámaras se realiza de manera voluntaria y no obligatoria.

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3) Por los escándalos políticos, por el avance de la izquierda y por la explosiva fuerza de las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs), en estos momentos el liderazgo moral de los empresarios ante la sociedad enfrenta su peor crisis de la historia moderna.

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DE CONTRA A PRO
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Cuando en 1975 se reunieron los dirigentes de las organizaciones empresariales –Concamin, Con-canaco, Consejo Mexicano de Hombres de Negocios (CMHN) y Asociación de Banqueros de México (ABM), entre otras– para crear el Consejo Coordinador Empresarial, las condiciones eran diferentes.

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En concreto, el CCE nació como un organismo empresarial cohesionado para hacer frente a los ataques de que era víctima el sector privado por parte de la Presidencia de la República, encabezada por Luis Echeverría Álvarez. Es decir, nació enfrentándose directamente al poder ejecutivo, en una época que después los mismos empresarios conocerían como “la docena trágica”.

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A finales del sexenio de Echeverría y durante todo el de José López Portillo, el CCE asumió un liderazgo moral no sólo ante los empresarios, sino ante una buena parte de la sociedad que no comulgaba con las decisiones de estos dos presidentes. Cabe aclarar que legalmente este liderazgo no existía, pues las leyes sólo hablaban de la afiliación a las cámaras, pero no mencionaban la existencia de este “máximo organismo empresarial”.

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En la administración de Miguel de la Madrid, el sector empresarial comenzó nuevamente su luna de miel con el poder ejecutivo, luego de una ruptura de más de una década. Al iniciarse el programa antiinflacionario y firmarse el primer Pacto (el de Solidaridad Económica, el 15 de diciembre de 1987), creció el maridaje entre el poder ejecutivo y el sector empresarial.

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Durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari se consumó la unión entre los dos sectores y se vivió una época de romance, aunque al interior de las organizaciones privadas comenzaron a presentarse fuertes divisiones que -prácticamente hicieron imposible que, hace pocos años, se designara al sucesor de Rolando Vega -Íñiguez al frente del CCE.

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Las divisiones internas provocaron que se modificaran las formas de elección de dirigente del Consejo, pues un par de agrupaciones financieras –Asociación Mexicana de Casas de Bolsa y el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios– habían acaparado la dirigencia del CCE, y se realizaron intentos de democratización del organismo.

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Posteriormente, han sido nombrados, casi en forma corporativa, ex dirigentes de la Concamin (Luis Germán Cárcoba), de la Concanaco (Nicolás Madáhuar Cámara) y de la Coparmex (Héctor Larios -Santillán), como presidentes (o coordinadores, según el nuevo léxico) del mal llamado organismo “cúpula de cúpulas”.

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Más tarde, durante los errores del invierno de 1994, el liderazgo empresarial ante la sociedad decayó rápidamente, pues muchos sectores de la población vieron en los hombres de empresa a algunos culpables de enriquecimiento inexplicable y los entendieron como cómplices en las alzas de precios y en los escándalos políticos que provocaron y prolongaron la crisis financiera.

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Otro de los factores que han influido en la crisis de las cámaras y del CCE es que la parte de la sociedad que está convencida de que la libre empresa es el mejor camino para el desarrollo, confía más en la imagen personal de algunos empresarios exitosos que en las agrupaciones de hombres de negocios. Es decir, ven a las cámaras como organismos corporativistas, inútiles incluso para salvaguardar los intereses del gremio.

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Paralelamente, la sociedad ha encontrado nuevos organismos que están más acordes con su forma de pensar, como son las más de 300 ONGs que han surgido en casi todas las actividades del quehacer político, económico y social del país, las cuales mantienen un compromiso moral con los sectores de la sociedad a los que representan.

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En este contexto, la elección de presidente del CCE adquiere una dimensión política importante, pues si bien el CCE tiene como compromiso defender los intereses del sector empresarial, durante mucho tiempo representó a una buena parte de la sociedad y en la actualidad es prácticamente el único aliado del poder ejecutivo para mantener el actual sistema económico.

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En estos momentos en que el sector obrero se plantea su modernización –sobre todo ante el inminente abandono de Fidel Velázquez de la CTM–, sería interesante que el sector empresarial también pusiera sus barbas a remojar, por lo que es muy probable que después de esta elección, y ante la pérdida de liderazgo moral, los organismos privados tengan que hacer modificaciones para responder a una sociedad que, según ellos mismos reconocen en privado, los ha rebasado.

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