Empresarios y partidos políticos

El autor es economista posgraduado en la London School of Economics. Miembro del Consejo Editorial d
Josué Sáenz

Los tres principales partidos tienen grupos renuentes al cambio, conocidos como “dinos”. En algunos también hay tecnócratas, o “tecnos”. Pero en todos faltan renovadores, que por eufonía bautizaré como “renos”. Ha nacido una nueva fuerza reaccionaria, la - inercia ideológica, no visualizada por la Revolución Mexicana, cuya meta no fue que la nación viviera una austeridad involuntaria y permanente. La delicada situación política y social exige tasas de crecimiento real superiores a la que cree el gobierno hubo en 1997 y la que ofrece para 1998.

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Urge al país un desarrollo acelerado, aun cuando se le agreguen los adjetivos de “sustentable” o “financiable”. Para lograrlo es prioritario cambiar la visión política de los dirigentes de partidos y, sobre todo, dar un papel más activo a los empresarios. La unión podrá resolver nuestros problemas, el doctrinismo continuado los agravará. No basta el culto a los próceres, sean del Partido Revolucionario Institucional (PRI), del Partido Acción Nacional (PAN) o del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Es esencial prescindir de fórmulas inerciales y aplicar programas propios para crecer y salir del estancamiento estructural, ya histórico, que caracteriza a muchas partes del país. Necesitamos que hable fuerte el mercado, pero que los gobernantes lo oigan y ayuden.

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El objetivo es que nuestra economía funcione bien y de modo ascendente. Son requisitos previos evitar la obstrucción sistemática de los cambios progresistas e iniciar una etapa de “construccionismo”. Cada uno de los partidos políticos requiere un líder que lo obligue a abjurar de la ideología estática o retrovidente como fundamento teórico de su acción. Prosperidad y progreso del país requieren nuevas fórmulas funcionales. La situación política impone urgencia.

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En los países latinoamericanos subdesarrollados aumenta el rechazo a la planeación del crecimiento económico por el gobierno. La razón es que el dirigismo ha tenido en la práctica costos excesivamente altos por la ineficiencia o mala ubicación de las empresas estatales, y a veces por la finalidad política de sus objetivos. En la realpolitik nacional frecuentemente se ha descuidado el financiamiento al desarrollo por atender el gasto social y por presiones localistas.

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Para que una economía crezca y funcione no son suficientes la desestatización y desmonopolización. Se necesita una política económica en la cual sean norma los incentivos a la inversión. La oferta de igualitarismo económico puede ser atractiva para obtener votos, pero es inevitable cierta desigualdad temporal de ingresos cuando hay desarrollo. No todos los habitantes se pueden hacer ricos al mismo tiempo, porque el crecimiento requiere incentivación selectiva de las fuerzas aptas para crear empresas y empleos permanentes. La meta debe ser llegar al “produccionismo”, y quizá hasta un eventual “ofertismo”, capaces de contrarrestar cualquier presión inflacionaria transitoria.

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En nuestra historia, el populismo ha sido factor paralizante de la renovación económica. Pero tanto izquierda como derecha contienen fuerzas potencialmente reaccionarias. Es curioso que la Constitución mexicana no fije objetivos económicos para el gobierno. Hace una larga lista de “derechos”: a la educación, a la salud y ahora se le quiere agregar hasta el derecho al deporte. Pero nuestra Carta Magna no señala el bienestar general como meta ni los medios para lograrlo.

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LOS NUEVOS REACCIONARIOS
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En un país con las carencias económicas y características socioculturales de México es difícil hacer políticamente atractivo un programa cuyos beneficios llegarán a futuro. Por esta razón los gobernantes suelen enfocar su acción al corto plazo. La burocracia y la burguesía tradicionalmente tienden a ser conservadoras y renuentes a la renovación. Los políticos en el poder fácilmente se autoconvencen de que cualquier cambio de rumbo en lo económico nos llevará al Apocalipsis. Estas fuerzas juntas originan un nuevo elemento reaccionario no previsto por Karl Marx.

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Marx fue un formidable teólogo, pero un pésimo profeta. Para él la única fuerza reaccionaria eran los capitalistas enemigos de los trabajadores. No visualizó el engendro y nacimiento de nuevos reaccionarios en la economía poscomunista. Tuvo la suerte de no vivir para ver los ideales igualitarios del comunismo transformarse en la entronización de la Nomenklatura soviética, el leninismo y los horrores de Stalin. Tampoco visualizó Marx la importancia que tendría en los países democráticos la inercia ideológica de los partidos políticos que al llegar al poder tienden a ver las estructuras por ellos creadas, como inmutables y parte del orden natural de las cosas. Olvidan que las instituciones hechas por humanos pueden y deben cambiarse cuando se vuelven disfuncionales.

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Con relación a nuestras necesidades, es válido hablar en este fin de siglo de anorexia o parálisis del crecimiento económico. Hemos tenido avances sectoriales en nuestra economía. No todo es negativo, pero el ingreso real - per cápita es hoy más bajo que hace 10 años. Otros indicadores sociales, tales como educación y salud, nutrición y estatura de los habitantes más pobres, muestran deterioro. La natalidad y fecundidad son mayores cuanto menos próspera es la región. Hay quienes calculan que los años 80 y 90 han sido en promedio para México una época perdida.

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Nuestros problemas básicos serán resueltos sólo si logramos que la economía crezca a un ritmo más alto. El estancamiento inercial y la congelación ideológica son piedras en el camino. Abundan definiciones de la “ciencia” económica. La mayoría son expresiones matemáticas de la compleja relación entre las muchas variables en un sistema económico. Estas resultan poco útiles para fundamentar cambios estructurales, y conceptuales, que son requisito previo para que un país subdesarrollado crezca. Para este fin quizá la mejor definición actual sea que es la fórmula viable para lograr el desarrollo, en el tiempo disponible y dentro de la democracia. Una política económica moderna tiene que lograr congruencia entre tiempos, medios y fines. No bastan acciones repetitivas del pasado o doctrinas incambiables.

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EL COSTO DE NO CRECER
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En el sistema económico todo individuo desempeña una función doble. Su gasto e inversión generan ingresos para otros, y a la vez, en su papel de trabajador, o empleado, vendedor de servicios o ahorrador, recibe ingresos. El gobierno simultáneamente cobra y eroga. Esta dualidad de funciones es la característica esencial de un sistema económico. Todos somos a la vez generadores y receptores de ingresos. Formamos parte de un movimiento circular de fondos. Este flujo, gasto-ingreso-gasto, puede ser constante, ascendente o descendente. Lo bueno o lo malo que hagamos, tanto la expansión como la contracción, se propaga a los demás y luego repercute sobre nosotros mismos. En la economía, más que en cualquier aspecto de nuestra vida, es aplicable la visión poética de John Donne cuando dijo: - No man is an island alone unto himself (Ningún hombre es una isla viviendo sólo para sí mismo). Los daños que nos causamos y los beneficios que nos otorgamos unos a otros son contrapartidas recíprocas en un proceso de convivencia económica. Recordemos siempre que los multiplicadores de ingresos, de inversión y de crecimiento operan tanto en sentido positivo como negativo.

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¿Cuáles han sido las pérdidas que México ha tenido por la falta de crecimiento, progreso tecnológico y aumento de ingresos reales como consecuencia de políticas económicas insuficientes? ¿Cuál ha sido el retroceso en el nivel medio de vida? Si hacemos este análisis tendremos una idea más precisa de lo que le ha costado al país mantener un sistema político inadecuado a las realidades económicas, y que ha dejado de dar los resultados de crecimiento constante que lograron algunos gobiernos anteriores. ¿De cuánto sería el Producto Interno Bruto (PIB) si nuestra planta industrial hubiera crecido al ritmo de hace 20 años? ¿Cuál sería nuestro nivel de vida si la economía funcionara al 100 % de su capacidad? ¿Cuántos mexicanos tendrían una fuente de trabajo segura y no laborarían clandestinamente fuera de su patria o emigrarían del campo a la ciudad? Estas preguntas son todas válidas. Para medir lo que nos ha costado el no crecer hay que cuantificar lo no producido, los empleos no creados, la disminución del nivel de vida y también las consecuencias de inversiones públicas o privadas no hechas. Las respuestas frías son preocupantes.

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COMBATIR EL ESTANCAMIENTO SECULAR
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Partes de México se encuentran en una inmovilidad secular y marginación permanente que no es simple crisis coyuntural o transitorio equilibrio con desocupación. No se trata de un eclipse sino de un oscurecimiento permanente del mercado laboral. Sus raíces son tan profundas y arraigadas que tiene que ser combatido con medidas específicas y programas gubernamentales positivos. La robotización de la industria y las computadoras en el sector servicios han eliminado en forma definitiva muchos puestos de trabajo, y los marginados del progreso abundan. Salir del estancamiento secular y compensar la reducción permanente de empleos para personas no calificadas requiere en el caso de México acción afirmativa y un plan heterodoxo de estímulos para la inversión.

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La gran depresión de 1929-1933, la Segunda Guerra Mundial de 1939-1945 y el colapso del comunismo demostraron la insuficiencia de la teoría económica tradicional en muchos países. México en especial requiere hoy un sistema económico proyectado al futuro capaz de eliminar el estancamiento secular, la marginación permanente y la pérdida de expectativas. Para que el país progrese hay que evitar que los gobernantes evadan la realidad con respuestas litúrgicas. No permitamos que el politicismo conspicuo sustituya al análisis.

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La gran paradoja de los gobiernos es que en vez de poner en práctica reformas obviamente necesarias, optan por seguir con una estructura política y la ideología retrovidente que nos ha aterrizado en un pantano económico.

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Al visualizar los cambios necesarios debemos insistir en que no se trata de volver a una economía del pasado (que nunca existió más que en los libros de texto) de mercado libre, de laissez faire, laissez passer, laissez gagner, con un gobierno como simple gendarme. No. El mundo actual es otro. Marx y Keynes en sus conceptualizaciones teóricas nos han llevado desde sus respectivos puntos de vista a considerar el sistema económico capitalista como inherentemente inestable. Las grandes depresiones, dos magnas guerras, la urgencia de corregir desequilibrios, la necesidad de tender redes de seguridad social, los problemas ecológicos y demográficos hacen inconcebible para el futuro un mundo sin regulación económica.

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La pregunta no es si el gobierno deberá o no intervenir en el proceso económico. Eso ya lo decidió la historia. El problema es cómo, dónde y para qué intervendrá y si desplazará al individuo, o lo aprovechará en el proceso de expansión. En términos más burdos la tesis consiste en determinar si el gobierno desplazará o alentará la iniciativa individual. La respuesta es que necesitamos un capitalismo activo: Estado, individuos y empresarios juntos.

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LA ESTATIZACIÓN INERCIAL
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Si las leyes de la economía tienen su propia dinámica e inevitabilidad, también la estructura política y burocrática tienen lo suyo. Rigen en la política leyes tan inexorables como las de la economía. Ejemplos son la estatización inercial y la autoexpansión de la burocracia, el principio de aceleración del gasto público y el desplazamiento de los sectores no políticos en las grandes decisiones.

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Independientemente de las fuerzas generales que expanden la burocracia, actúa en México un factor adicional: los altos dirigentes del sector privado frecuentemente viven en amasiato, y a veces matrimonio, con la burocracia. Como contratistas, proveedores o concesionarios del gobierno suelen convertirse de facto en parte del complejo burocrático-político-económico. Tienen en muchos casos lealtades divididas y una actitud ambivalente hacia el gobierno. Por el lado teórico quisieran menos estatismo, más economía de mercado y mayor libertad de acción en el ámbito económico. Pero prefieren mantener la simbiosis, a veces muy lucrativa para ambas partes, con el gobierno. Es significativo que en las elecciones posteriores a 1988 la oposición activa al gobierno ha provenido más de populistas y marginados, desocupados y olvidados, que de los dirigentes del sector privado.

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DETERMINANTES DEL CRECIMIENTO
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Cifras recientes del Banco Mundial y algunos estudios privados nos dan por primera vez cifras cuantitativas sobre el crecimiento económico de muchos países durante los últimos 30 años. Estos datos permiten usar técnicas estadísticas para poner a prueba algunas teorías relativas al crecimiento. La primera es que las altas tasas de crecimiento tienen correlación directa con el aumento de ingresos e inversión, aunque es difícil comprobar cuál ocurre primero. Las cifras sobre desigualdad económica no son muy confiables tratándose de países en desarrollo, pero parece que ésta no es factor positivo o negativo en su efecto sobre el crecimiento. Los datos disponibles no explican satisfactoriamente los orígenes del crecimiento y su desarrollo cualitativo. Queda claro que cada país, especialmente naciones como México, requieren programas adecuados a sus peculiaridades estructurales y la urgencia política de los cambios.

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IMPORTANCIA DEL FACTOR TIEMPO
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Ningún concepto atrae tanto al intelecto del hombre como el tiempo. Filósofos, físicos y astrónomos lo definen y lo debaten. Ellos lo ven como un proceso continuo, infinito, sin principio ni fin. En contraste, los políticos mexicanos propenden a visualizarlo en función de sexenios. No les interesa nada anterior o lo que pueda venir después, a pesar de ser obvio que el país requiere crecimiento continuado durante una generación completa para eliminar rezagos existentes.

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Las políticas para resolver los problemas económicos tienen periodos de gestación, de crecimiento y obsolescencia. Ante una realidad cambiante requieren frecuente sustitución o complementación. Para el economista contemporáneo el tiempo representa un proceso lineal, inexorable. Si algo nos demuestra la observación histórica es que a largo plazo el triunfo de las fuerzas económicas sobre las políticas es inevitable. No podemos sustraernos de su efecto, aun cuando haya incertidumbre acerca de la fecha y magnitud exacta de sus consecuencias.

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Los astrónomos calculan la edad y vida probable del universo, los historiadores precisan épocas y periodos de nuestra vida social, y hasta los poetas atrapan y perpetúan instantes perdidos. En cambio, los economistas operan dentro de parámetros restringidos: el análisis de causas más o menos mediatas, de sus efectos a largo plazo y de las presiones urgentes. En la economía hay procesos rápidos, a veces pavorosamente acelerados, tales como la especulación y el pánico financiero. Otras evoluciones, entre ellas desarrollo y crecimiento, modernización y obsoletismo, son lentas y a veces casi imperceptibles. Pero sean rápidos o lentos los procesos, el factor tiempo siempre es importante.

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Urge a México consolidar el ritmo de crecimiento de su economía con programas de incentivación selectiva. Ello requiere que el papel del gobierno sea visualizado más como “promotoría que rectoría por el Estado”. Para el éxito de estos programas es básico restablecer la confianza, y prioritario cumplir algunos de los deseos ascendentes de una población cada vez más consciente de las enormes disparidades sociales en los niveles de vida dentro del país.

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Para muchos mexicanos el ánimo emprendedor, la esperanza, la confianza y las expectativas de mejoría hoy ocupan nichos en el Museo de Cera de la vida nacional y han dejado de ser fuerza activa en la economía. Perdida la esperanza, hay sectores de nuestra población que pueden volverse amorfos y carentes del entusiasmo necesario para lograr una economía que mantenga el ritmo de crecimiento adecuado a las necesidades del país.

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Si se despoja a una persona o a todo un pueblo de la posibilidad, ilusión y expectativa racional de poder mejorar sus condiciones de vida con su propio esfuerzo, se le arranca también su vigor. La tribu humana se devalúa, degrada y debilita. La interacción de gente y mercados da lugar a un sentido de identidad común. No cometamos el error de visualizar a México como país fraccionado que renuncia a ser primermundista. Urge el cambio. Somos los lazos entre presente y futuro, y es nuestra la responsabilidad.

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