En busca del segundo aire

Ya pocos se acuerdan que alguna vez fue atractiva por su zona franca. Ahora quiere recuperar a los t
Maurizio Guerrero

Es la construcción más visible de la capital del estado y bien podría ser un símbolo: el hotel Gran Baja, el más grande de la ciudad, yace abandonado desde hace más de un decenio. Su cierre por problemas sindicales y deudas bancarias significó la pérdida de 200 habitaciones, que los pocos hoteles construidos a la fecha apenas han sustituido. Ahora, con una renovada vocación turística, los paceños esperan vivir su “segundo aire”.

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La Paz, una de las pocas zonas francas que crecieron explosivamente gracias al comercio de fayuca, se desplomó al reducirse –durante los años 80– los aranceles a muchas importaciones. El puerto perdió su ventaja competitiva y, en consecuencia, a miles de visitantes.

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Desde entonces, la capital de Baja California Sur se detuvo en el tiempo. Este año, empero, han comenzado a repuntar las inversiones y el sector inmobiliario florece cautelosamente.

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La ciudad ahora desea explotar su veta turística, no para convertirse en un destino de sol y playa, como Cancún o Los Cabos, sino en una opción para el turismo ecológico y de aventura.

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Explotar la riqueza natural de la zona es, no obstante, una navaja de doble filo. A un gran inversionista le toma de dos a tres años obtener los permisos ambientales y municipales para operar, por lo que muchos se desalientan. “Conozco a gente que se ha llevado sus inversiones a otros estados para no estar sentado en su dinero tanto tiempo”, expresa el empresario local Fernando Aguilar Choy.

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Con la naturaleza como su principal activo, ¿encontrará La Paz una fórmula que concilie los negocios con el medio ambiente?

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Esta capital es casi una isla. Llegar en auto a Baja California toma alrededor de 12 horas y hasta Tijuana 25. Los principales medios de contacto con “el continente”, como se refieren los paceños al resto del país, son un transbordador que tarda 14 horas en llegar a Mazatlán, Sinaloa, y dos rutas aéreas.

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La Paz tuvo el estatus de puerto libre a las importaciones desde 1939. Pero debido a su aislamiento, por muchos años su economía dependió básicamente de la ganadería, la pesca, la minería y la agricultura. Su desarrollo comercial empezó en los 60, cuando se inauguraron la carretera transpeninsular y las rutas de transbordadores, que llegaron a cubrir varios puertos en Sinaloa y Jalisco.

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La ciudad, que hasta entonces había crecido lentamente, entre 1970 y 1980 duplicó su tamaño.

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Fincado en el comercio, el PIB local alcanzó un ritmo de crecimiento muy superior a la media nacional. “Todos los negocios se dedicaban a atender el turismo fayuquero”, recuerda Antonio Martínez de la Torre, académico de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), especialista en economía y medio ambiente.

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Fue un sueño breve. Una devaluación sin precedentes del peso mexicano afectó fuertemente el desarrollo de la ciudad, al encarecer de la noche a la mañana las importaciones; y luego, con el ingreso de México al GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio), numerosos artículos importados dejaron de causar impuestos, y el principal atractivo de La Paz desapareció casi de un plumazo.

“Cuando los artículos ya costaban igual en cualquier parte del país, ya no tenía caso viajar tan lejos”, explica Daniel Shroyer, director general de la Administración Portuaria Integral.

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Entre 1981 y 1987 el comercio de productos foráneos declinó rápidamente y la economía local entró en un periodo de “franca  agonía” que se extendió hasta 1990, momento en el cual, forzada por la situación, la ciudad inició, según Martínez de la Torre, un lento proceso de diversificación.

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Hoy, siete de cada 10 habitantes del puerto se dedican a los servicios, la mayoría (arriba de 30% de la PEAL) en el sector público. La vocación comercial persiste, aunque con influencia meramente regional; la pesca y la manufactura contribuyen modestamente al PIB estatal –menos de 10% en el caso de la producción fabril–.

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La ciudad es un polo de atracción para estudiantes y profesores, inclusive de otras entidades, debido a instituciones como el Centro Interdisciplinario de Ciencias Marinas, del IPN, el Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste, con aportación de Conacyt, así como la UABCS, tres órganos públicos de enseñanza superior y siete universidades privadas.

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La capital, con casi 450,000 habitantes, no muestra índices de marginación, según los parámetros oficiales, y su cobertura educativa, de 98%, es muy superior la media nacional.

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“La Paz es de clases medias –60% de la población se ubica en este segmento–, como muy pocas del país”, revela Martínez de la Torre.

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En sus marcas…
En 2001, la cadena de supermercados Ley se instaló en la localidad. Fue la primera tienda, en más de una década, en abrir sus puertas. Antes de fin de año llegará Soriana. Según cálculos del gobierno estatal, a este paso la ciudad recibirá unos $250 millones de pesos en inversiones comerciales a lo largo de 2002.

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El nuevo empuje es una indudable señal de que La Paz está lista para volver a crecer. “El año pasado arribaron 1.4 millones de turistas a Los Cabos en avión; a La Paz llegaron 400,000. El gran reto es atraer visitantes que van a la punta de la península y que sólo están a 200 kilómetros. La idea es formar un corredor con Los Cabos, La Paz y Loreto”, expone Carlos Estrada Talamantes, director de la Cámara de Comercio (Canaco) local.

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Para empezar, se invirtieron $8 millones de pesos con el fin de embellecer el malecón  y formar una playa. Los esfuerzos ya rinden sus primeros frutos. A fines de este año llegarán por primera vez al puerto de Pichilingue, nueve cruceros, cada uno con más de 1,000 pasajeros que dejarán  alrededor de $600,000 dólares, estima Shroyer.

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La intención es seducirlos con el entorno natural.  “Cuando la gente venía a La Paz tenía muy poco que hacer, por eso comenzaron a crearse paquetes con actividades como buceo, kayaking, pesca o bicicleta de montaña. El objetivo es que el turismo prolongue su estancia”, explica Aguilar.

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La principal actividad turística es el buceo. El empresario estima que en la temporada para practicar este deporte –julio a noviembre—llegan hasta 15,000 buzos de todas partes del mundo.  Una docena de negocios ofrece servicios de turismo de aventura o ecoturismo (para navegar en kayak o hacer bicicleta de montaña, por ejemplo) y para practicar el yatismo (las marinas locales disponen de más de 3,000 espacios para yates).

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El proyecto más ambicioso es el desarrollo Costa Baja, de 215 hectáreas, de la inmobiliaria Parque Reforma. En una primera etapa, que abarca 20 hectáreas, construirá un hotel de 113 habitaciones, una bahía para 315 yates, un área comercial y 20 condominios. La inversión asciende a $40 millones de dólares y se proyecta que las instalaciones estén listas a fines de 2004.

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Otro proyecto, este netamente inmobiliario, lo constituye el Pedregal de La Paz, conforme al cual se urbanizará una zona montañosa de 66 hectáreas, que se dividirá en 382 lotes residenciales y contará con una zona comercial y de oficinas.

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Actualmente, 80% del turismo que arriba a La Paz esta compuesto por visitantes nacionales y 20% por extranjeros. Con los proyectos en marcha se espera invertir tales porcentajes, atrayendo a miles de estadounidenses de la costa oeste que encontrarán precios más accesibles que en Los Cabos. “Estos desarrollos funcionarán, en buena medida, como segunda casa de los turistas de Estados Unidos”, dice Octavio Reséndiz, representante del Pedregal de La Paz.

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Costa Baja ha tardado 20 años en arrancar. “Por una o por otra cosa no habíamos podido hacerlo”, justifica Fernando Aguilar Gómez, vocero del proyecto.  Uno de los obstáculos es el del uso de la tierra. “Hay lugares fantásticos en la entidad, pero algunos no se han podido desarrollar por problemas de régimen de tierras: 80% se solucionará antes de 2003, lo que dará más certidumbre a la inversión”, refiere Ernesto López Cinco, secretario de Promoción y Desarrollo Económico de BCS.

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Estrada Talamantes sostiene que también hay grandes oportunidades para firmas inmobiliarias y constructoras, pero los trámites ante la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) y ante la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) han bajado los ánimos a más de uno.

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Casi la mitad del territorio de Baja California Sur es zona de reserva, donde abundan cactáceas únicas en el mundo. No obstante, sin lineamientos claros en cuanto al desarrollo de estas zonas y con la obligación de realizar en la ciudad de México cualquier trámite relacionado con ellas, las gestiones llegan a prolongarse hasta dos o tres años.

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“Hemos insistido al gobierno federal para que se descentralicen esas decisiones a cada entidad. Nosotros podríamos manejar esos trámites pues contamos con al menos tres instituciones con reconocidos académicos ambientalistas. No somos niños para que no podamos cuidar nuestro propio entorno”, reprocha López Cinco.

-Aun cuando eventualmente los permisos fueran expeditos, la cada vez más potente voz de los ambientalistas civiles podría frenar cualquier inversión. “Conozco tres proyectos –un delfinario, un mercado de pescadores y un desarrollo inmobiliario– que a pesar de contar con todas las licencias para operar han sido detenidos por ecologistas”, acusa Aguilar Choy.

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-“He visto de todo: ecologistas con pretensiones fuera de toda lógica y empresarios empecinados en operar como sea. El saldo es claro: los conflictos ambientales han sido el gran freno a la inversión en La Paz”, concluye Martínez de la Torre.

La conciliación de intereses entre gobierno, iniciativa privada y sociedad civil es, pues, el gran reto que tiene por delante La Paz.

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