En busca del tiempo perdido

Si alguien más del departamento ya va a la junta, prefiero no asistir
Max Clip

La mayoría seguramente habrá notado que, bajo ciertas circunstancias, el tiempo parece dilatarse o contraerse, sobre todo en esas habitaciones de los edificios corporativos cuya principal función es dar cabida a varios ejecutivos (y ejecutivas), apiñados alrededor de una mesa cuyo tamaño es variable. Hablo del principio general que explica reuniones y comités que suelen sesionar por horas y horas, sin que al parecer se llegue a nada concreto. Hablo, en suma, de las juntas y de la amenaza constante que ejercen sobre nuestras ocupadas agendas.

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No puedo negar que las famosas (y temidas) juntas son necesarias en toda empresa. Como ya lo adivinaban los griegos, que, me dicen, hicieron del diálogo un arte, para que exista entendimiento entre la gente hay que gastar mucha saliva y explicar las cosas una y otra vez. Pero entre una charla y una junta, las diferencias son enormes.

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Para empezar, pocas veces se me ha proporcionado, antes de la junta, una minuta con la orden del día y los temas que se van a tratar. Por ello es que, la mayoría de las veces, los que asisten a estas reuniones llegan con cara de circunstancia, como cuando en la escuela sospechábamos que ya era hora de que el maestro saliera con la ocurrencia de examen sorpresa.

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Y en efecto, nunca falta el directivo que, para captar la atención de los presentes –así se lo hicieron creer en el último diplomado que cursó–, inaugura solemnemente la reunión lanzando las preguntas más absurdas de la historia: ¿de cuánto fueron las utilidades el año pasado?, ¿a cuánto ascendieron los gastos de operación?, ¿cuál es el presupuesto de su departamento para este año? Cosas así.

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Con la audiencia aterrorizada, y como mago en fiesta de infantes, el directivo de marras típicamente saca una tarjeta de su bolsa (cual conejo de la chistera) y armado con su “acordeón” ordena que se apaguen las luces, enciende el proyector de transparencias y nos receta una clase de ejemplar espíritu corporativo, salpicado por cifras que no guardan relación entre sí y lemas huecos, para rematar (lo adivinan) con una última transparencia en donde leeremos en letras de oro y por enésima vez la misión de la empresa.

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¿Para qué sirven las juntas? Hay, desgraciadamente, dos respuestas a esta pregunta, dependiendo del tiempo verbal en la que sea dicha. De hecho y así como las he vivido, creo que sirven para poco, o mejor: sirven para inventar trabajo que nos distrae de nuestras ocupaciones más cotidianas. Deberían servir, eso sí, para encontrar posibles soluciones a los problemas reales que ya existen. Pero sin minuta, orden del día y moderadores, las juntas se vuelven una verdadera pérdida de tiempo y hasta una pachanga.

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Cuando se trata de decidir si asisto o no a ciertas juntas –que, como droga narcótica, su sola mención provoca un largo bostezo y un “¡qué flojera!”, que silencioso escapa de entre mis dientes–, me he impuesto una regla de oro: si ya va alguien más del departamento, prefiero no asistir y argumento pendientes interminables, correos que debo contestar, cotizaciones que necesito elaborar, llamadas en conferencia agendadas de último momento.

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Pero las juntas, que ya de suyo son ingratas, vienen a complicarse aún más con la presencia de la típica fauna que las puebla. Modestia aparte, haré gala de mi famosa perspicacia –puesta a prueba en los ratos de ocio que, informalmente, me permito durante esas reuniones– y mencionaré a algunos típicos ejemplares: está, en primer lugar, el participotas, es decir, ese vanidoso que tiene opiniones para todo y que disfruta hacerse escuchar; en el otro extremo, está el mudo, que hace todo lo contrario (creo que también por vanidad y no tanto por timidez). Entre uno y otro, aparecen el que no entiende nada, el que vuelve tercamente sobre el mismo punto tratado hace dos semanas, el que no deja hablar a nadie, el dibujante, el que sirve el café, el que habla por lo bajo, el que de todo cuenta chistes, el que se duerme, etcétera.

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Fue precisamente durante una de esas famosas juntas que, armado de papel y pluma, comencé a darle forma a esta nota. Me coloqué, discretamente, en un rincón de la gran mesa y escribí mis impresiones. Los demás me miraban con disgusto, creían que apuntaba cada palabra que pronunciaba uno de los vicepresidentes. Al final, mi jefe se me acercó para felicitarme por mi gran empeño. Si supiera...

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