En busca del voto del miedo

El miedo al cambio no sólo afecta a estratos sociales altos en ingresos o en cultura, también a se
Eduardo R. Huchim

Diversos voceros del sector gubernamental –destacadamente el presidente del Partido Revolucionario Institucional, Humberto Roque Villanueva– han advertido que sobrevendrá un desastre económico en el país si la oposición llega al poder. Como esta posibilidad (el ascenso opositor, no el desastre) es más tangible ahora que nunca, y posiblemente comience a concretarse este año en las elecciones legislativas y de gobernadores, estaríamos –según esos voceros– cerca de una nueva crisis.

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Si se aceptara la discutible tesis catastrofista, sería necesario concluir que, guardadas las proporciones, también habrían debido ocurrir cataclismos económicos en los estados donde gobierna la oposición. Y no sólo la realidad ha sido muy otra, pues no se han producido tales desastres, sino que incluso ahí donde ha habido un gobernador no priísta, al terminar su periodo y efectuarse elecciones estatales, el partido de oposición ha vuelto a ganar, como prueba irrefutable de la aquiescencia que el gobernante logró. Tales han sido concretamente los casos de Baja California y Guanajuato, donde han repetido gobernadores procedentes del PAN.

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Por supuesto, no siempre podrán triunfar los panistas en las entidades donde gobiernan, y cuando las urnas así lo dispongan, llegará al poder otro partido. Y en esto consiste precisamente la democracia: en la alternancia de los partidos en el poder, en la posibilidad de que, con su voto escrupulosamente respetado, la sociedad pueda poner y deponer a quienes ejercen el poder.

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EL PRI O EL DILUVIO
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Es menester, entonces, tomar los pronósticos catastrofistas como lo que son: simples recursos retóricos en época electoral que responden a una táctica ya usada anteriormente, con buenos resultados, por el partido de Estado: la búsqueda y motivación del voto del miedo, ese que favorece la permanencia del sistema político todavía vigente. A esa táctica electoral pertenece también, por ejemplo, la declaración del presidente del PRI en el sentido de que “la derecha (o sea el PAN) empieza por ser simpática y termina en fascismo; la izquierda (o sea el PRD) empieza por ser aparentemente social y termina en dictadura”.

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Dicho en otras palabras, sólo queda el PRI como opción, porque sus opositores sólo ofrecen fascismo y dictadura. Otra manera de enunciar esta tesis sería: “el PRI o el diluvio”.

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El miedo que el partido de Estado busca y promueve, pretende imbuir en la sociedad la noción de que sus bienes e intereses resultarán disminuidos al cambiar el partido en el poder. En diversos segmentos de la población –cada vez son menos pero todavía tienen importancia– encuentra eco ese miedo al cambio, la idea de que la pérdida del PRI de su hegemonía en el Poder Legislativo primero y del Poder Ejecutivo después, generará una grave inestabilidad política y económica, a consecuencia de la cual la sociedad sufrirá graves pérdidas.

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Entre los sectores que comparten ese miedo figuran algunas porciones del empresariado nacional, en especial las vinculadas con operaciones gubernamentales. Éstas y otras áreas empresariales le temen a un posible cambio en las reglas del juego económico, sin tener en cuenta que muchas de éstas se relacionan con la simulación y la corrupción. Pero en realidad un cambio de reglas puede favorecer una mejor distribución del ingreso nacional, un más equitativo esquema fiscal, la transparencia en la relación gobierno-empresa y el cese de presiones que con frecuencia ejerce uno sobre la otra, y todo ello puede actuar en beneficio de la prosperidad empresarial y de la equidad social.

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El miedo al cambio no sólo afecta a estratos sociales altos en ingresos y/o en cultura, sino también a segmentos pobres y/o poco ilustrados. Frecuentemente éstos temen perder una concesión en la ciudad, un pedazo de tierra en el campo, un empleo industrial, la posibilidad de comercializar su producción rural, la instalación de un servicio público o todo un cúmulo de posibilidades de sustento o progreso que el sistema político mexicano se ha encargado exitosamente de asociar con el partido de Estado, como si de la permanencia de éste en el poder dependiera la concreción de las legítimas esperanzas sociales.

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Pero más allá de estrategias electorales, lo cierto es que una victoria de la oposición en el Congreso y en la gubernatura del Distrito Federal en 1997, o en la Presidencia de la República en el 2000, no conducirá irremediablemente a una catástrofe económica fundamentada en fuga del capital extranjero y nacional, retraimiento de las inversiones y cambio drástico de las políticas gubernamentales en el ámbito económico. Y también es verdad que una victoria del PRI en esas mismas elecciones tampoco asegura que -no habrá una crisis económica.

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EL CASO DE 1994
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Un eventual desastre económico nacional no responde exclusivamente a un resultado electoral, sino requiere una serie de circunstancias para producirse. Si recordamos la crisis de 1994, hallamos un contexto político totalmente favorable para el régimen de partido de Estado:

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a) El presidente que se iba, Carlos Salinas de Gortari, tenía altos índices de popularidad, a pesar de haber afrontado tres sismos políticos el mismo año de la elección: la rebelión neozapatista en Chiapas y los asesinatos del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio y del dirigente priísta José Francisco Ruiz Massieu.

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b) La elección de agosto de 1994 había sido ganada fácilmente por el partido de Estado, cuyo candidato, Ernesto Zedillo Ponce de León, había obtenido una altísima votación, a pesar de haber sido un candidato sustituto, llegado a la nominación priísta a causa del asesinato de Colosio.

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Y pese al aparentemente risueño panorama de fin de sexenio, ocurrió la depauperadora crisis económica iniciada con la devaluación del peso en diciembre de 1994.

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Evidentemente, el resultado de la elección presidencial no tuvo influencia en la crisis. Ésta se dio porque había circunstancias económicas que la propiciaron, entre ellas la excesiva presencia de inversiones extranjeras a corto plazo, la escasez del ahorro interno y la sobrevaluación del peso mexicano. Y esto no es una simple opinión periodística, sino también la visión del gobierno expresada en distintas ocasiones y por diversos personajes. Por ejemplo, al rendir ante el Congreso de la Unión su Primer Informe de Gobierno, el 1º de septiembre de 1995, el presidente Zedillo explicó así la crisis iniciada en diciembre de 1994:

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“La crisis se fue gestando durante mucho tiempo. Su naturaleza y su magnitud no pueden ser atribuidas a un solo hecho o a una determinada decisión de política económica.

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”Hubo razones para que la crisis estallara con tanta fuerza. Una de ellas fue que durante muchos años un fuerte y creciente déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos se financiara con entradas de capital volátil.

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”También influyó que se financiaran proyectos de largo plazo con instrumentos de corto plazo; que se permitiera, más allá de lo prudente, la apreciación del tipo de cambio real; y que, frente a cambios drásticos en las condiciones internas y externas, las políticas financieras hayan reaccionado lentamente o en un sentido muy riesgoso, como en la dolarización de la deuda interna que supuso el crecimiento de los Tesobonos...

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”Con absoluta convicción, sin embargo, afirmo que la crisis nunca habría ocurrido con tal gravedad, aun en presencia de muchos de los factores adversos señalados, de no haberse descuidado la generación de ahorro interno.

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”Mientras que en 1988 los mexicanos ahorrábamos casi 22% del producto nacional, esa proporción fue reduciéndose año tras año, hasta llegar a menos de 16% en 1994.”

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DECIDIR SIN TEMOR
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Es erróneo, pues, pretender que el triunfo de la oposición, es decir, un resultado electoral, desencadenará por sí solo una catástrofe económica. Sería previsible en cambio, en un escenario de victoria opositora, la gradual aplicación de un programa económico propio, más o menos distinto del actual, pero sin cambios drásticos inmediatos.

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También sería erróneo suponer que un triunfo de la oposición, y en consecuencia el ejercicio de una democracia hasta ahora desconocida en México, obraría como un conjuro que libraría a la nación de todos sus males.

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Lo que sí es previsible en tal escenario es la vigencia de una auténtica democracia cuyo soporte principal sería la real posibilidad de alternancia en el poder, o sea la posibilidad de expulsar del gobierno a quien lo haga mal, independientemente del partido en el cual milite.

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Este texto no lleva la intención de inducir el voto del lector, pero sí la de contribuir a clarificar la oferta política en un año eminentemente electoral como el de 1997.

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Todo ciudadano mexicano tiene la plena libertad de votar por el partido que desee, incluso el de Estado, y de hecho existe una franja del electorado que sufraga siempre en su favor, como hay otras franjas cuyo voto favorece siempre a la oposición. Unos y otros conforman el llamado -voto duro de los partidos.

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Sin embargo, la decisión ciudadana estará mejor fundamentada si se toma al margen del miedo, es decir, teniendo presente que si la oposición llega al poder no se desencadenará por ese solo hecho un desastre económico. Y también que, recuérdese 1994, la permanencia del PRI en el poder -no es un seguro contra una crisis económica.

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