En pro del &#34comer lento&#34

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En la Ciudad de México, cuando se abrió el primer MacDonald’s a mediados de la década de los 80 –inaugurando la era de las franquicias y establecimientos de comida rápida– había colas de automóviles, de varios kilómetros de longitud, en la lateral del Periférico Sur. Paradójicamente, la gente se pasaba horas esperando turno para probar una Big Mac que no tardaba más de 10 minutos en deglutir. Fue así como se impuso el fast food, una de las más exitosas y a la vez deleznables modas de exportación de Estados Unidos.

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Cuando abrió el primer MacDonald’s en Roma, en 1986 –y nada menos que en la Piazza di Spagna–, las reacciones no se hicieron esperar. El periodista Carlo Petrini encabezó un movimiento de oposición y rechazo a la nefasta influencia estadounidense, que amenazaba con trastocar una de las tradiciones más preciadas del viejo continente: la alta cultura gastronómica.

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Petrini y sus seguidores redactaron un manifiesto en contra de “la vida rápida, que trastoca nuestros hábitos, invade la privacía de nuestros hogares y nos obliga a comer fast food”, y en favor de “los placeres sensuales y de una comida lenta, gozosa y duradera”. El manifiesto se distribuyó como pan caliente en Europa y tres años después, en París, fue suscrito por cocineros, restauranteros y gourmets de 15 países, dando nacimiento al movimiento internacional Slow Food (Comida lenta).

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Diez años ha cumplido ya el movimiento. Muchos pensaban que no resistiría el embate de la vasta mercadotecnia y publicidad de las hamburgueserías en serie, pero estaban equivocados: a una década de su fundación, Slow Food es una asociación que cuenta con 70,000 socios reunidos en 450 grupos en 35 países. Su finalidad es “la convivencia, la hospitalidad, la educación del gusto y la promoción de la cultura de los alimentos y los vinos”. Su proyecto cultural procura fomentar la filosofía del placer y la educación del gusto, a través de cursos de cocina, degustaciones, viajes y visitas de interés enogastronómico, y la edición de la revista Slow, disponible en cinco idiomas.

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Además, ha difundido “El Arca del Gusto”, una lista internacional de productos enogastronómicos “en peligro de extinción”, entre los que figuran algunas variedades de durazno, la manzana, la uva zinfandel y el chile chipotle. La idea del Arca es promover que la gente adquiera y consuma estos productos, para evitar que los agricultores y distribuidores los abandonen por falta de demanda.

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