Engañoso financiamiento

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Juan Carlos Orozco

En cierta medida, tienen razón quienes consideran que el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos no fue el actor principal de la crisis que estallara abruptamente en los últimos días de 1994. Es cierto, no puede haber déficit en la cuenta corriente si no se tienen los recursos necesarios para financiarlo.

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Entonces, si el saldo de la corriente no fue el motor que desencadenó la crisis, habrá que buscar al culpable en el otro extremo de la balanza externa: en el saldo de la cuenta de capital (en su estructura y en su administración).

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Volatilidad. Como se sabe, a partir de 1991 la economía mexicana volvió a ser una gran captadora de recursos financieros del exterior. Después de una larga sequía, entre 1991 y los primeros meses de 1994, los mercados nacionales se inundaron de dólares.

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A diferencia de otras épocas de abundancia, cuando los dólares que alimentaban al superávit de capital llegaban por la vía del endeudamiento directo, desde 1991, la gran mayoría de los recursos externos que fluyeron a esa cuenta llegaron bajo el disfraz de inversión. Esta característica, en combinación con los intrincados recovecos de la intermediación financiera, ocultó eficientemente la condición de deuda de las divisas captadas.

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Por sus características (inversión de corto plazo, muy líquida), era evidente que en cualquier momento, esos recursos podrían abandonar los mercados mexicanos. Sin embargo, las autoridades no acumularon las reservas necesarias para garantizar el pago de las obligaciones contraídas con el exterior, y casi la totalidad de los recursos se dejó en los mercados: en 1992, el superávit de capital fue de $26,573 millones de dólares, mientras que el déficit en la cuenta corriente alcanzó la cifra de $24,438 millones de dólares. En ese año las reservas sólo aumentaron $1,161 millones de dólares.

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La máxima de que el saldo de la cuenta corriente de la balanza de pagos es un reflejo invertido de lo que sucede en la cuenta de capital, no es una verdad absoluta; el cumplimiento de tal aseveración depende de las políticas, cambiaria y monetaria, instrumentadas por las autoridades.

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Así, en 1991, el superávit de la cuenta de capital fue de $24,134 millones de dólares y el déficit corriente fue de sólo $13,789 millones; consecuentemente, se acumularon reservas internacionales por $7,822 millones. Quizá porque ese fue el primer año de la llegada masiva del hot money, las autoridades tuvieron la precaución de reservar divisas para responder a una posible salida de capitales extranjeros.

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Pese a que al término de 1993 las reservas internacionales totalizaron $24,537.5 millones de dólares, la debacle de 1994 demostró que éstas eran insuficientes para cubrir el éxodo de las inversiones volátiles.

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La crisis también evidenció que, así como las actuales, las reservas de entonces eran prestadas; sólo eran ilusión. Y no podía ser de otra forma, puesto que la acumulación de esas reservas no fue producto de saldos positivos de las operaciones fundamentales de la economía: el intercambio de bienes y servicios.

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Recursos para la inversión... y el consumo. Así como la acumulación de reservas fue ilusoria, también lo fue el bienestar generado por la abundancia de recursos externos. No está de más comentar que la llegada masiva de capitales externos coincidió con el inicio de una tendencia descendente de las tasas de crecimiento de la economía; así, en el punto máximo de recepción de divisas, en 1993, el PIB a duras penas registró un crecimiento de 0.6%.

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Sin reparar en que el uso de estos recursos representaba una obligación del país con el exterior, a partir de 1992 los agentes económicos dispusieron de los dólares que abarrotaban el mercado.

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Aunque en teoría el déficit de la cuenta corriente sólo representa la diferencia entre inversión y ahorro interno, en realidad los recursos extranjeros no sólo financiaron la inversión sino también el consumo, y no precisamente de productos nacionales.

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Los defensores del déficit en cuenta corriente suponen que éste es signo de fortaleza. Sin embargo, a la luz del magro crecimiento registrado por la economía en los años de abundancia de divisas, es necesario dudar del aparente bienestar que generan los periodos deficitarios de la cuenta corriente; pero lo más grave son las secuelas recesivas que éstos producen cuando llega el momento de pagar los recursos que financiaron el saldo negativo.

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Bajo esta perspectiva, más que el superávit comercial actual, lo que resulta engañoso es el financiamiento del déficit de la cuenta corriente con recursos volátiles. No hay que esperar para comprobar esto: ya es una triste realidad.

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El autor es editor de Tendencias Económicas y financieras, del Grupo Editorial  expansión.

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