Enrique Hernández Pons <br>(1923)

Dueño de un título nobiliario y de un agudo sentido del humor, este hombre creó un emporio agroin

En la primera charla telefónica, antes de la entrevista que sostuviera con este medio, el hombre se autodefine como “muy vanidoso, el más sangrón de todos los que aparecerán en el Salón del Empresario”. Ya en persona, tales calificativos parecen exagerados. Pero él insiste; trata de demostrar su inexistente altivez basándose en un dato: “Es que usted no me conoce: soy duque… el Duke de Herdez”.

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Tal título nobiliario, divertido invento de Enrique Hernández Pons, es llevado al extremo por su portador. Tanto en sus tarjetas personales como en las platinum de Bancomer y American Express, se lee “EHP, Duke de Herdez”. Igual en su chequera. El insólito humor del dueño de 51% de Grupo Herdez parece no tener coto: alega que tiene un anillo de brillantes en su cartera, “por si una chica me quiere llegar a conquistar y por viejo ya no me acepta... ¿Ah, no me cree? Mire. ¿Habrá una dama que se niegue ante esto?” El escéptico encontrará ante sus ojos un, en efecto, impresionante anillo, y también logrará ver una foto de la “novia” de Hernández Pons: Olympia, su esposa desde hace 53 años. Esa es su broma favorita, por el momento. Hace no mucho en lugar de anillo había una pastilla de Viagra.

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Este tipo de detalles le dotan a Hernández Pons de una personalidad juguetona, que combina con intermitencia seriedad y campechanería. Se sabe uno de los 30 empresarios más importantes del país, y esa certidumbre también le sirve, otra vez, para bromear: “Comparado con mis colegas del Consejo Mexicano de Hombres de Negocio –el cual presidió durante la era salinista– soy de los más chiquitos en cuanto a tamaño de empresa… pero en lo que se refiere a tamaño de persona, soy el más fregón de todos.”

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Ni siquiera el cáncer linfático que le detectaron hace meses le hace perder ese talante. A sus 76 años (nació el 26 de octubre de 1923), su presente está lleno de proyectos a futuro. Impulsor de la entrada a bolsa de Grupo Herdez en 1991, esquema institucional del que se dice fiel creyente debido a que llega un momento –“cuando las familias crecen demasiado y no hay puestos para todos dentro de la empresa”– en que la cerrada fórmula familiar ya no funciona, Hernández Pons sabe que el proyecto alimentario de sus empresas, con marcas de por sí líderes, puede volar aún más alto.

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Don Enrique, orgulloso capitalino (“no chilango, esos son los de fuera que se vienen a vivir aquí”), es hijo de una pareja potosina que se hizo chilanga. Su padre, Ignacio Hernández del Castillo, periodista que fundó varios diarios en su natal San Luis Potosí durante tiempos revolucionarios –era carrancista–, se casó con Henriqueta Pons Nicoux, cuya familia de ascendencia francesa fundara una de las primeras fábricas cerveceras del país. La pareja se mudó a la Ciudad de México y dejó que nacieran cuatro hijos: Ignacio, Enrique, Teresa y Enriqueta.

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El padre, ya alejado del periodismo, buscó emprender un negocio, pero con una tienda de fonógrafos no tuvo mucho éxito. Entró como director de medicamentos a la entonces Secretaría de Salubridad, y ahí conoció a unos hermanos Fernández, quienes tenían una empresa basada en Monterrey llamada Compañía Comercial Herdez, que importaba y distribuía algunos productos estadounidenses. En 1929 Hernández del Castillo abría, como empleado, una oficina en la calle de López, en el centro de la capital. La compañía Herdez se tambaleaba entonces, y terminó quebrada en 1933. Sin embargo, don Ignacio intuía que el negocio aún tenía jugo: compró 50% de la quiebra, y ofreció pagar, poco a poco, los $384,000 dólares que debía la empresa, cosa que logró en 1941.

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De marca en marca
Primero comercializando la pasta dental Forhans, marca número dos en el país después de la poderosa Colgate, distribuyendo productos de Kimberly-Clark, de General Foods, de Lipton o importando la avena de Quaker Oats que se molía en lo que ahora se conoce como Hacienda Los Morales, don Nacho veía crecer a sus dos hijos varones, Ignacio y Enrique Hernández Pons, que estudiaban uno ingeniería industrial y el otro contaduría –el primero se recibió 30 años después, el segundo nunca lo hizo–. Todo ello a mediados de los años 40. En ese mismo decenio, de hecho, don Ignacio se alió con Charles P. McCormick para vender la mayonesa que hoy en día tiene 70% del mercado y es la marca más fuerte del grupo: McCormick.

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La empresa comercializaba tanto comestibles como productos de tocador. Los jóvenes Ignacio y Enrique estaban casi listos para el relevo en la dirección de la empresa, y al alimón tomaron las riendas en 1954, cuando don Ignacio se retiró, aunque siguió conservando el mando real hasta su muerte, en 1972. A partir de ese año, ya como directores generales, Ignacio y Enrique hicieron una mancuerna ideal en una sociedad 50-50%.

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Fue ese dúo dinámico el que activó a Herdez. Ya la empresa tenía fábrica (en Naucalpan, Estado de México), pero ninguna marca. El génesis de su insignia es descrito por el Duke Hernández Pons como un caso digno de Harvard: “Luego de que decidimos no tener una sola representación más, queríamos que alguien nos fabricara los productos. Había dos plantas que lo podían hacer: Clemente Jacques y Del Fuerte. Fuimos con don Clemente (que veía con simpatía nuestra ascendencia francesa), quería vender su fábrica, y nos preguntó: ‘¿Cuánto tienen, muchachos?’. Le dijimos la cantidad en pesos. Se rió. Quería lo mismo, pero en dólares. Fuimos a ver a los Del Fuerte y no querían fabricar, no querían competencia.”

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Eso no iba a detener a don Enrique. Fue a La Merced y compró sendos carros de ferrocarril con chícharos, jitomates y camarones… de Productos Del Fuerte. Quitó las etiquetas originales y puso las suyas. Fueron con los Del Fuerte de nuevo y consignaron: “¿Ya ven como sí podemos hacer el producto? Fabriquen para nosotros.” Y así nació, maquilada, la marca Herdez, en 1963, cuyos productos poco tiempo después serían fabricados en sus propias plantas.

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Un derrame cerebral acabó con la vida de Ignacio, el querido hermano mayor del actual dueño de Grupo Herdez. “Nachito”, así le decían sus cercanos, tenía apenas 55 años. “Yo era agresivo –dice Enrique Hernández Pons– y él mucho más moderado. Yo quería más y más en cuanto a negocios, y él me frenaba. Pero después se emocionaba y agarraba los negocios con mucho más cariño.”

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Enrique Hernández Pons, así, tomó en su totalidad la responsabilidad de estar al frente del grupo. Casado con doña Olympia Torres, criaron a sus hijos Flora, Marcela, Enrique, Héctor y Olympia. Repitiendo el esquema aprendido, integró a los dos varones en la estructura de la empresa. Héctor, vicepresidente del grupo junto con su hermano Enrique, piensa que a partir de 1976 tuvieron el despegue necesario. “En mancuerna con mi tío Ignacio se pusieron las bases del negocio, pero mi papá fue quien logró que despegáramos como uno de los grupos más importantes en su ramo.” Y todo ello con base en la pasión de don Enrique: el trabajo. Es sabido, incluso, que no ha faltado un recordatorio a sus propios hijos: “Nunca fui un junior”.

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Duque y chambadicto
“Trabajar es una de las distracciones más grandes que puedo tener, no me hace falta nada más –ratifica el Duke de Herdez–; me la paso chambeando. ¿Que qué opina mi esposa de eso? ¡Anda feliz! Imagínese si me quedara un día en la casa… me corre.”

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Una finta más de don Enrique: a veces quiere, muy mal por cierto, dar la impresión de tener pésimo carácter. Pero María Elena Guillot es una de las muchas personas que puede desmentir ese rasgo. Ella, su secretaria durante 32 años, dice: “Es una persona a la que rara vez se le ve de malas, no recuerdo haberlo visto gritándole a alguien, aventando puertas o algo así.”

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Pero un jefe adicto al trabajo puede ser insoportable. Y no es este su caso. “Nunca me hace trabajar de más, porque él también respeta su tiempo –dice Guillot–. Así como disfruta el trabajo, está enamorado de su familia.”

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“Como empresario es muy democrático, aunque casi siempre vengan de él las mejores ideas”, dice su hijo Héctor, a quien se le recuerda que don Enrique mismo comenta que antes de cada junta de consejo, advierte: “No se les olvide que tengo el 51%”. Héctor ríe: “Es otra de sus fintas, no es tiránico, utiliza el sentido común.”

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Se dice amigo de todos los empresarios, especialmente del publicista Augusto Elías, quien fue su padrino de bodas cuando ambos eran veinteañeros, y quien le ha confeccionado muchos de los lemas más permanentes para el grupo, como son “Con toda confianza”, “Hechos con Amor” o “Póngale lo sabroso”. Otros de sus grandes amigos conforman el club de los Juanes: Sánchez Navarro, Morales Doria, el artista Juan Soriano… y también guarda afinidades con algunos Carlos: Hank González, Salinas de Gortari…

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“He sido muy buen amigo de los políticos”, dice sin empacho, pero de inmediato acota: “Jamás le hemos pedido nada a ninguno y siempre les hemos dado. Hemos hecho negocios que al gobierno le ha convenido que hagamos (somos unos pagadores brutos de impuestos), pero no con concesiones o permisos de importación… Como ellos saben de nuestra ‘pureza’, nos respetan, no nos piden mordida, ni nosotros damos.”

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Con ese sano distanciamiento ha podido hacer de Herdez, Empacadora Búfalo, Miel Carlota o Doña María empresas líderes. Y así como el fútbol soccer, el dominó, los caballos, los autos clásicos o el golf le han divertido en su momento, hay algo que le apasiona, y tiene que ver con el futuro: la Fundación Herdez. “Así me quito a todos los pedigüeños que vienen a verme para todo”, dice bromeando en serio. Pero es cierto: en lo oscuro, calladamente, la empresa ha ayudado a una gran cantidad de organizaciones, con dinero o en especie –despensas, por ejemplo–. Pero la idea es que ahora los recursos sean canalizados a través de su propia fundación, para “regresar a la sociedad un poco de lo que nos ha dado”.

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Pero ni la seriedad del mecenazgo le hace perder aquello de genio y figura… Cuenta don Enrique una anécdota a modo de despedida: “Una vez un gran amigo dijo ante una reunión con una veintena de presidentes de empresa: ‘¿Ya saben que Enrique pagó por su título de duque $1 millón de dólares?’ Me levanté y dije: nunca pagué $1 millón… pagué $2.” Por supuesto que él hizo el título, y no pagó nada, aunque serlo le cueste, paradójicamente, una fortuna.

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Y a este Duke, sin duda, lo que le sobra es nobleza.

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