Enrique Molina Sobrino

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Jaime Santiago

Tenga cuidado con ese office boy tan despierto y solícito; trátelo bien. No vaya a ser que esté destinado a convertirse en otro Enrique Molina Sobrino, productor de 48% del azúcar refinada en México, de 45% de la -Pepsi Cola, hotelero (con Ritz-Carlton, ni más ni menos) y uno de los hombres más ricos del país. Y es que nadie hubiera sospechado que el mismo individuo que empezó como -office boy en Kodak, mientras terminaba su carrera en la Escuela Bancaria y Comercial, tenía la firme decisión de salir del montón.

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Originario de Mérida, Yucatán, Molina es un hombre bromista que habla hasta por los codos (alguna vez se quejó de la injusticia divina que dotó a los hombres de un par de oídos y ojos, pero sólo de una boca). Su carácter de neomillonario le permite hablar directo y sin preocuparse mucho por las palabrotas, que se le escapan sobre todo cuando alguien le achaca algún origen turbio a sus dineros.

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La versión oficial es la del chamaco que llegó a gerente de PepsiCo a los 22 años “por su dedicación al trabajo”, según cuenta el propio Molina. A los 28 (en 1964) sus jefes le ofrecieron administrar una embotelladora en Guerrero, una ruina que el joven supo levantar tan bien, que el anterior franquiciatario se la fue vendiendo poco a poco. Varios años después tenía dos plantas, y así sucesivamente, hasta que en 1984 aprovechó la quiebra de EMSA, una embotelladora en la ciudad de México, para comprar muy barato su boleto de entrada a la capital.

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Ese fue el origen de su Grupo Embotellador Mexicano (Gemex). Aunque Molina afirma haber empeñado hasta el molcajete para aquella adquisición, llegó a los años 90 como el principal franquiciatario de Pepsi en México, y el de mayor cobertura en el mundo. A esto se añadirían nueve ingenios azucareros y muchos otros negocios.

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Desde el principio su historia ha estado en la mira de los críticos. Para empezar, están los de Coca-Cola, en donde lo detestan no sólo porque levantó a Pepsi cuando la matriz no daba un peso por México, sino también debido a la “guerra sucia” que de cuando en cuando libran las refresqueras, como el arte de romperse cascos, o de poner -stands en los eventos que patrocina el contrario.

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Luego están algunos azucareros de abolengo, quienes no toleran que casi controle su industria y que los tache de ineficientes, al grado que llevan años bloqueando su llegada a la presidencia de la Cámara Nacional de la Industria Azucarera (CNIA).

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Pero hay muchos más: a Molina se le ha acusado de “transa”, de lavar dinero y hasta de ser prestanombres de Raúl Salinas de Gortari (vaya, hasta un hijo no reconocido le ha salido por ahí). La situación se le puso difícil al empresario cuando, luego de ganar la compra de la empresa estatal azucarera de Puerto Rico, fue acusado por el segundo lugar de estar bajo investigación en su país por nexos con el narcotráfico.

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Un diputado panista y Eduardo “el Búho” Valle fueron citados como fuentes de este hecho en marzo de 1995. Un rápido desmentido de la PGR, e incluso del FBI y del gobierno de Estados Unidos, le permitieron efectuar la compra, pero de los chismes algo queda.

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Además, Molina no ayuda en nada a su imagen con algunos negocitos. En lugar de contentarse con ser socio de Banamex, también le metió algo al Banpaís de Ángel Rodríguez. Nunca ha quedado claro si fue o no socio de Carlos Cabal Peniche en Del Monte (él lo niega con fervor) y, para acabar, está el escandalito que se armó con el edificio Águila. La gigantesca torre de Reforma y Tíber nunca fue edificada, originándose un pleito legal y periodístico con Manuel Muñoz, de Grupo Útil, que sacó a la luz hasta pagarés incumplidos. La cosa empeoró cuando Molina trató de vender el terreno al recién excarcelado Sergio Bolaños (la venta no se hizo, porque éste nunca pagó).

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Por último, no ha tenido empacho en convertirse en uno de los promotores de la apertura de casinos en México, luego de ver lo bien que le va en su Jai-Alai de Acapulco y en su -Superbook de Cancún. El no le ve nada de malo al juego, vaya.

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Un poco para sacarse algunas espinas, Molina (quien se califica como un nacionalista obsesivo) se ha puesto al frente de proyectos como el Fondo Chiapas, la respuesta de la iniciativa privada al levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, y que actualmente ha logrado canalizar unos $40 millones de pesos en inversiones. Es también un coleccionista importante de arte (en su Ritz de Cancún se exhiben por lo menos 600 pinturas originales).

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Una de sus frases es que “hay que devolverle a México lo que nos ha dado”. Hay que esperar que se refiera a su fortuna y no a las maledicencias de la opinión pública.

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