Entre abogados nos veamos

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Javier Martínez Staines

La economía de mercado ha estimulado el crecimiento, cual tumor canceroso, de un clan que nunca queremos tener en contra: los abogados. Pese a que la desregulación empieza a ser una realidad en varios frentes de la tramitología, los estudios de las leyes siempre intervienen para hacernos ver que nada es tan sencillo como parece. Y, no importa lo que ocurra, ellos siempre ganan.

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Ganan porque hay algo que saben hacer muy bien: cobrar. Nada más peligroso que una consulta telefónica con alguno de ellos, porque el taxímetro empieza a correr a una velocidad directamente contraria a la que utilizan para resolver tus asuntos (si es abogado corporativo, más vale que se logre poner como one time effect en los estados financieros, so riesgo de tener un impacto brutal en los resultados). Los abogados son maestros inigualables en el arte de complicar lo más posible hasta los temas más simples. Basta con intentar leer un contrato, de lo que sea. Por alguna razón, que yo no logro entender, la redacción de las cláusulas (‘términos legales’, le llaman ellos) es una combinación de español antiguo, latín, esperanto y reiteración incansable de palabras. Al final de cuentas, pareciera que todo esto es para rendir honor a lo que les hace tan célebres: sacarnos de algún apuro para meternos en otro.

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No es gratuito que estos profesionistas sean líderes absolutos en chistes y bromas gremiales en su contra. La verdad, se lo han ganado a pulso (¡y cualquiera que no sea abogado deberá estar de acuerdo!). Algunos de estos retruécanos son unas joyas, de uso común en el humor cibernético, que ponemos sobre la mesa para aquellos momentos de necesaria catarsis, aconsejables, sobre todo, después de librar un cheque para cubrir los honorarios de algún miembro de este clan profesional:

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“¿Cómo se sabe cuando un abogado está mintiendo? Es simple: sus labios se mueven”.

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“¿Por qué los tiburones no atacan a los abogados? ¡Por cortesía!”.

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“Cuando una persona ayuda a un criminal antes de cometer una fechoría, lo llamamos cómplice; si lo ayuda después de haber violado la ley, lo llamamos abogado”.

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“Un grupo fundamentalista secuestra un Boeing 747 lleno de abogados. Al notarlo, lanza una amenaza a la torre de control: ¡cumplan con nuestras exigencias o liberaremos cinco cada hora!”.

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“¿Cuál es la diferencia entre un abogado y un cuervo? El primero es rapaz, ladrón, traicionero y a la primera posible te saca los ojos. El segundo es un inocente pajarito negro”.

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“Método del gato para determinar la clase de abogado con que negocia: coloque un gato sobre su escritorio; si el gato sale corriendo, ese abogado es un perro. En cambio, si el gato se lanza sobre él, es una rata”.

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“En una cátedra de la carrera de Derecho dice el profesor a los estudiantes: Hijos míos, recuerden que cuando ejerzan la profesión, los casos a veces se ganan y a veces se pierden, pero siempre se cobran”.

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“¿Qué le dice un buitre a un abogado? ¡Quién como tú, que te los comes vivos!”.

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“- Papá, ¿qué es un mercenario?
- Es un señor que lucha contra una o más personas, en su país o en el extranjero, sin ideales y solamente por dinero.
- Ah, igual que un abogado”.

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El autor es periodista de negocios y, aunque admira su tenacidad, prefiere ver de lejos a los abogados.
Comentarios: jstaines@expansion.com.mx

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