Entre la inercia y la obsesión

El autor es editor ejecutivo de Tendencias Económicas y Financieras (TEF), boletín semanal de aná
Alejandro Castillo

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), en el periodo enero-marzo el Producto Interno Bruto (PIB) del país creció 6.6% en relación con el nivel observado en el mismo periodo de 1997 y superó en 11.4% el registro del primer trimestre de 1994.

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A excepción del sector agropecuario, que resintió los efectos de El Niño, la mayoría de las actividades económicas superó los registros observados en 1997. Gracias a ese desempeño, el producto de casi todos los sectores se ubicó por encima del nivel alcanzado en 1994, con lo que se podría decir que ya se encuentran en la senda del crecimiento.

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En particular debe señalarse que el PIB de sectores como la industria manufacturera y las actividades de transporte, almacenamiento y comunicaciones se situó 26.7 y 20.7%, respectivamente, por arriba del registro del periodo enero-marzo de 1994. Incluso, el producto de algunas divisiones manufactureras, como la de productos metálicos, maquinaria y equipo, industria metálica básica y otras industrias manufactureras ya lograron un aumento de 49.7, 47.2 y 44%, respectivamente, en comparación con el nivel del primer trimestre del año previo a la crisis. Sólo el PIB de la industria de la construcción siguió abajo, en 4.6%, del registro de 1994.

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Por supuesto, el incremento que se observó en el PIB generó una variedad de opiniones, sobresaliendo las que advirtieron del riesgo de un sobrecalentamiento. Lo cierto es que el comportamiento del PIB durante el primer trimestre de este año fue posible, en buena medida, por el efecto inercial que le imprimió el crecimiento registrado en el último trimestre de 1997. Sin embargo, se debe tener claro que el ritmo observado no se podrá sostener y se estima que en los próximos meses se resentirá el efecto del ajuste al gasto público, de modo que la actividad económica se desacelerará. Es importante aclarar los términos: no habrá una contracción de la economía; ésta seguirá creciendo, sólo que a un ritmo menor al 5% programado por las autoridades (en Tendencias se espera que sea de 4.7%).

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Aun con todos los elementos a favor de la política económica, como sucedió en el primer trimestre, la actividad productiva tiende a desacelerarse. Así lo muestra la serie desestacionalizada del PIB de Tendencias, donde el producto del primer trimestre de 1998 apenas aumentó 0.56% con relación al reporte de octubre-diciembre de 1997; un año antes ese avance fue de 1.73%. Y eso es consecuencia de que las exportaciones, motor de la recuperación, poco a poco incorporan más bienes importados, reduciendo el efecto multiplicador sobre el resto de la economía. A su vez, el mercado interno, sobre el que se ha recargado la responsabilidad de empujar la economía tiene una recuperación muy lenta. Eso lo demuestra el hecho de que a pesar de que crecieron 5 y 12% en comparación con el primer trimestre de 1997, la ventas al mayoreo y menudeo todavía fueron inferiores en 5.9 y 12.8% con relación al nivel reportado en el primer trimestre de 1994.

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CRECIMIENTO O ESTABILIDAD

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Por otra parte, es un hecho que la forma en que se han combinado los diferentes instrumentos de política económica sí tiende a acelerar algunos desequilibrios.

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Un ejemplo de eso surge de la decisión de las autoridades de poner énfasis en frenar la inflación mediante el sostenimiento de la estabilidad cambiaria que las ha llevado a ofrecer tasas de interés atractivas, para captar inversión extranjera en el mercado de dinero. Eso ha tenido como consecuencia que aumente la reserva internacional de divisas (hasta el 31 de marzo las reservas netas eran superiores en $1,406 millones de dólares a las del cierre de 1997), en lugar de bajar o equilibrarse con la inversión extranjera directa, como sería de esperar que ocurriera en un periodo en el que cayeron 31% los ingresos por exportaciones petroleras y el saldo de la balanza comercial pasó a ser deficitario en $1,757 millones de dólares, acelerando el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos. La situación se agrava si se considera que el Data Book que envía la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) a los bancos internacionales apunta que en este año se debe amortizar deuda por $33,000 millones de dólares.

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En tal escenario fue que se evidenciaron las diferencias políticas entre el Banco de México y la Secretaría de Hacienda. Cuando dio a conocer su informe anual, el banco central llamó la atención en torno al riesgo de que se acelerara el deterioro de la cuenta corriente. Desde su punto de vista, evitar que eso ocurriera no debería depender de una política cambiaria basada en depreciaciones, que pudieran generar presiones inflacionarias. Tampoco podría basarse sólo en medidas de política monetaria, como sería la contracción del crédito mediante la elevación de tasas, porque eso repercutiría en un mayor ingreso de capitales, un nuevo fortalecimiento del peso y más deterioro comercial. Y concluía que para frenar el aumento del déficit en la cuenta corriente era indispensable aumentar el ahorro público.

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Dentro de la concepción del actual equipo en el gobierno hay tres formas de generar recursos que pudieran contribuir al ahorro público: una es la reducción del gasto, medida que según el subsecretario de Egresos de la SHCP, ya no es posible; otra es mediante la venta de paraestatales y concesiones, un proceso que podría tener fuertes limitaciones, por la situación del mercado internacional, aunque la telefonía local ya generó compromisos de particulares con el gobierno por cerca de $1,000 millones de dólares; la última forma –que quizá ya la estén explorando, aunque no será fácil de aplicar porque la oposición tiene la mayoría en el Congreso– sería mediante un aumento del impuesto al consumo.

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Lo cierto es que la decisión de dar prioridad al combate a la inflación ha reducido las opciones del equipo gobernante, y de manera anticipada –porque la situación todavía es manejable– los funcionarios dejan entrever a la opinión pública sus diferencias en torno a quién debería cargar con el costo político de mantener limitado el crecimiento del país o de aplicar incluso un mayor ajuste en caso de que las cuentas con el exterior se deterioren más rápido de lo previsto. Y eso no sería imposible, considerando la incertidumbre que prevalece en los mercados internacionales.

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