Entre lo deseable y lo posible

La incertidumbre de los agentes económicos no sólo se basa en razones políticas sino también en
Alejandro Castillo

Como ocurrió con la Alianza para la Recuperación Económica (ARE), en los Criterios Generales de Política Económica se propusieron metas que parecen contradictorias entre sí, situación que genera incertidumbre entre los agentes económicos.

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De acuerdo con el documento que deberá regir la política económica en 1996, la economía tendrá un crecimiento real de 3%, la inflación será de 20.5%, con un tipo de cambio promedio de N$7.70 nuevos pesos por dólar y un déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos de $ 1,000 millones de dólares. Esas metas se presentan en un contexto en el que, a pesar de los avances logrados por el programa de ajuste y de las concesiones que se hicieron a las empresas en el marco del ARE, la incapacidad para generar los recursos necesarios para financiar la recuperación ha dado lugar a un escenario propicio para la especulación y ante eso, se estima que la respuesta de las autoridades será mantener firme el ajuste, aunque no se cumplan las metas de crecimiento.

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En las últimas semanas, en las que ha prevalecido la especulación en los mercados, se han escuchado voces que señalan que se vive una situación semejante a la de los primeros meses de 1995. Sin embargo, es importante ubicar la nueva realidad del país.

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A diferencia de lo que ocurría a principios de año, ahora ya no se teme el vencimiento de Tesobonos por $29,000 millones de dólares, sino únicamente quedan por liquidar $1,742 millones de dólares. A su vez, la reserva de divisas del Banco de México ha logrado una importante recuperación: desde cerca de $6,500 millones de dólares que se tenían en diciembre de 1994, ha crecido hasta más de $14,000 millones de dólares. Por supuesto, esta recuperación, que ocurre al mismo tiempo que se cubren los vencimientos de Tesobonos, fue posible gracias al apoyo financiero proporcionado por Estados Unidos. Esto es, se trasladó deuda de muy corto plazo a una situación en la que es posible negociar mejores condiciones de pago.

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Mientras que en 1995 México hizo frente a vencimientos por $41,400 millones de dólares, se estima que en 1996 sólo se deberán pagar vencimientos por $8,900 millones de dólares y se habrá superado en buena medida el desequilibrio en que puso al país la administración anterior. En tanto que en enero-septiembre de 1994 México había acumulado un déficit de $13,641.8 millones de dólares, en este año se tuvo un superávit de $5,400 millones de dólares.

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A costa de lograr esa situación, la planta productiva del país ha registrado un fuerte deterioro, el cual fue de menos a más en el transcurso del año. Todas las empresas se vieron obligadas a ajustar sus operaciones a las condiciones de un mercado interno severamente deprimido y aun las exportadoras han actuado de acuerdo con fórmulas supuestamente basadas en la prudencia, pero que buscan más bien obtener utilidades especulativas, adicionales a las que ya les brinda la subvaluación del tipo de cambio.

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¿Por qué la incertidumbre? Son muchas las fuentes que alimentan a la especulación. Junto con las versiones acerca de pugnas al interior del poder, persisten razones de tipo político y parece que no será posible evitarlas hasta que, en paralelo con los avances en la participación ciudadana, se aclaren los hechos violentos y la corrupción del sexenio salinista.

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Existen otras causas para la incertidumbre, más ligadas a la situación económica. Estas tienen que ver con el reconocimiento de diferencias entre Hacienda y el Banco de México. Aunque funcionarios de las dos dependencias se han encargado de desmentir las versiones en ese sentido, basta con leer las explicaciones que dieron ambas acerca de la crisis para encontrar que parten de visiones totalmente diferentes. Por ejemplo, para el actual equipo de -Hacienda la crisis fue resultado de que el gobierno anterior recurrió de manera excesiva al endeudamiento de corto plazo, para financiar un elevado déficit en cuenta corriente operando con un tipo de cambio sobrevaluado que, vale decir, golpeó a la planta industrial del país. En cambio, el Banco de México explica la crisis a partir de un problema de confianza ya que, en su opinión, aparte de los hechos políticos, no había restricciones para que el país siguiera financiando con recursos externos la invasión de mercancías importadas.

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Por supuesto, las diferencias en la concepción de la crisis llevan a suponer que cada una de esas dependencias actúa bajo su criterio para impulsar -o frenar- la recuperación de la economía y en ocasiones hasta rechazan propuestas que parecen necesarias.

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Así, cuando el gobernador del Banco de México sugiere que se debe regular el ingreso de capitales de corto plazo para que no afecten las estrategias de los países, Hacienda se apresura a aclarar, contra su propio diagnóstico de la crisis, que no se ha pensado en esa posibilidad.

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Ahora, cuando se tiene la necesidad de establecer un horizonte de planeación para el tipo de cambio, parece que el Banco de México, bajo el supuesto de que todo se debe dejar a las fuerzas del libre mercado, como si éste fuera ideal, se aferra a un esquema de flotación que se presta para el juego de la especulación, a la que combate con mayores tasas y secando a la economía. Aunque la especulación se realiza en operaciones mínimas sobre un mercado muy reducido, Banco de México responde con incrementos de tasas que afectan a todos los sectores. Las diferencias entre ambos poderes también se reflejan en el combate a la inflación o en la situación de las finanzas públicas.

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El problema se complica cuando se aprecia que en los mismos Criterios de Política Económica que presentó Hacienda hay una aparente incompatibilidad de metas. Por ejemplo, sin considerar el efecto de la devaluación que estima Hacienda para 1996, de 22%, es un hecho que después de los aumentos de precios y tarifas del sector público, el propósito de lograr una inflación de sólo 20.5% lleva a suponer que se mantendrá una política monetaria muy restrictiva. Esto, a su vez, hará difícil lograr un crecimiento del PIB de 3%.

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Ciertamente, para lograr sus objetivos, las autoridades de Hacienda estiman que la apertura de nuevos campos a la inversión privada, en ferrocarriles y petroquímica, van a generar flujos de divisas que junto con la contracción del crédito permitirán estabilizar el tipo de cambio. Sin embargo, un tipo de cambio con una subvaluación menor, al mismo tiempo que se aplican altas tasas de interés internas, podría resultar contraproducente con el objetivo inicial de esta administración de consolidar una economía competitiva internacionalmente. En otro sentido, si se flexibiliza el crédito, la estabilidad cambiaria podría dar lugar a un crecimiento de las importaciones que conduzca a nuevos desequilibrios externos.

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El tipo de cambio, la clave. El problema de la certidumbre gira alrededor del tipo de cambio. Un tipo de cambio con un comportamiento predecible, con un deslizamiento que le permita mantener su competitividad, aunque tendría efectos inflacionarios, daría un marco adecuado para que los exportadores ingresaran divisas al país, habría condiciones para la inversión para exportar y ésta tendría un efecto multiplicador sobre otras actividades para crecer de manera sostenida. Por su parte, la flotación del tipo de cambio, en las condiciones de debilidad de la economía, podría conducir en algunos momentos a su apreciación, dependiendo de la disponibilidad de divisas; pero también puede dar lugar a ajustes bruscos, como el que se vivió en las últimas semanas, en que pareció fuera de control y afectó al resto de la economía.

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