Error fatal del sistema

En caso de falla, el responsable es otro.
Max Clip

Hoy por la mañana desaparecí por completo y no quedó ni rastro de mi paso por la vida. Al menos en lo que respecta a su aspecto laboral, mi existencia quedó reducida a la más completa y silenciosa nada. Luego de comprobar que en algún momento del fin de semana un infausto rayo fundió el disco duro de mi PC, friéndolo como si se tratara de una quesadilla de hongos, no hubo ni un documento que demostrara mi presencia en la empresa y mis desvelos profesionales.

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El regaño del administrador de sistemas no tardó en llegar. Gasté más minutos intentando explicar que el pasado viernes mi computadora funcionaba perfectamente y que en su interior guardaba todos y cada uno de los archivos que me son indispensables para mi trabajo –memorandas con pendientes para otras áreas, presentaciones con objetivos para los siguientes dos trimestres, hojas de cálculo con los presupuestos del área, mi agenda, correos electrónicos, todos mis contactos y un largo etcétera–, que lo que el ingrato ingeniero responsable de soporte tardó en responder: "Eso te pasa por no respaldar tus datos."

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Sentí que la sangre me hervía, pero no le contesté nada. Bajé la mirada y le pregunté, con falsa humildad, si se podría salvar algo de la información que, con fe de carbonero, creía que aún seguía ahí, escondida en los vericuetos digitales de ese oscuro laberinto que llaman disco duro. "No creo –me contestó con insólita frialdad el ingeniero–. El disco quedó bien fregado, ya le corrí el programa de utilerías y tu máquina sigue sin reconocerlo."

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En efecto, la pantalla de mi PC mostraba el mismo terrible y críptico mensaje que encontré por la mañana: "ERROR FATAL #620.@YX#%27^. EL SISTEMA NO HA LOCALIZADO UN DISCO VÁLIDO DE ARRANQUE". ¿Qué se debe hacer en estos casos?, me atreví a preguntar, temiendo ya la respuesta que recibí: "Se puede reformatear el disco, pero lo más seguro es que lo tengamos que sustituir por otro." Y sin más, mi diligente compañero abandonó el cubículo, no sin antes darme una palmadita en la espalda y repetirme con ironía: "Hay que respaldar, mi buen."

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Pocas cosas son tan grotescas como aquello de "tapar el hoyo después de que se ahogó el niño". En estos casos, los de sistemas parecen no tenerle miedo al ridículo. El nuevo disco duro llegó acompañado de un regulador de voltaje. Cuando terminaron de instalar el sistema operativo y las aplicaciones, la máquina fue programada para respaldar automáticamente en el servidor toda la información. ¡Y sin embargo, los muy mustios me hicieron creer que el responsable del "accidente" había sido yo, por no haber respaldado!

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Este episodio me confirma aquella máxima de que, en caso de que algo falle, el culpable siempre es el usuario. El origen de este comportamiento habrá de hallarse, quizás, en la infancia colectiva; sean descomposturas de artefactos o que el hermanito de pronto comienza a berrear, con insistencia repetida los padres acostumbran preguntarle a sus retoños: "Y ahora, ¿qué le hiciste?"

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Si la analizan con cuidado, la frase da por descontadas varias cosas, entre ellas el manoseado supuesto del "tú-tienes-la-culpa".

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Así pues, decidí hacer una prueba (y de paso, tomar venganza por las humillaciones recibidas). Luego de que los de soporte terminaron de corregir mis problemas, dejé pasar 20 minutos y les volví a llamar, fingiendo un nuevo desperfecto de la PC.

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En dos minutos, el mismo ingeniero que con agria ironía me había "sugerido" respaldar mi información, entraba a mi cubículo y ya se iba a sentar en mi escritorio –y a soltar la obligada pregunta: y ahora ¿qué le hiciste?– cuando me le adelanté y con una ligera ironía le espeté: "¿Qué le hiciste, si ya funcionaba perfecto?"

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El cuate se descontroló por completo, le bajó el color, se quedó mudo, me miró con cara de incrédulo y en sus ojos pude leer el mensaje: "ERROR FATAL #620o@YX#%27^. EL SISTEMA NO HA LOCALIZADO UN DISCO VÁLIDO DE ARRANQUE". Solté la carcajada, le dije que era broma y le palmé la espalda.

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