Esclavos y amos del estrés

Aunque el estrés puede ser nocivo, los actuales valores sociales lo promueven en muchos ejecutivos.
Verónica García de León

Después de que su granja porcina comenzó a venirse abajo, Rubén Camacho conoció las manifestaciones más agudas del estrés. No era para menos: una enfermedad viral atacó a los cerdos e hizo que los animales perdieran peso hasta morir. En esas circunstancias, poco a poco el proyecto que había sido fructífero y prometía ser el mejor negocio de Camacho se esfumaba como cada uno de sus animales.

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Por si fuera poco, el empresario de 40 años enfrentaba una deuda que, debido al “error de diciembre” –cuyos efectos comenzaban apenas a sentirse–, alcanzó $100,000 dólares. Sus acreedores estadounidenses, que le proveían aparatos eléctricos para su establecimiento, amenazaban con demandarlo. “Fueron momentos de mucha angustia”, describe.

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Los achaques no se hicieron esperar: taquicardia, gastritis, hernia hiatal y hasta infecciones renales. “Las visitas al médico se incrementaron, aunque no me encontraban nada.” Para su mente no había descanso pues, así estuviera de fin de semana, no podía dejar de pensar en su caótica situación. En ese contexto su irritabilidad afectó las relaciones con empleados, hijos y esposa. La crisis que vivía culminó en paranoia. “Sentía que la gente a mi alrededor tramaba algo en mi contra.” Fue entonces cuando, por la recomendación de un conocido, acudió a un siquiatra.

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Lo que Camacho vivió fue un caso agudo de estrés, como el que experimenta 15% de la población mexicana, según el Instituto Mexicano de Medicina Psicosomática (IMMP), fundado en 1994. Por la persistencia y la gama de los síntomas estos casos deben ser tratados por un siquiatra. En tanto, otro 3.5% de los habitantes del país padece situaciones más severas que llegan a representar crisis de pánico. Fuera de los casos extremos, el instituto revela que 60% de los mexicanos viven bajo otros niveles de estrés que, aunque no constituyen un problema siquiátrico, “tienen gran repercusión en la calidad de vida y en la salud física de la población”.

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Alejandro Gómez, director médico del IMMP, afirma que dicho porcentaje comprende la cantidad de personas que acuden al médico general para tratarse enfermedades físicas causadas por la tensión. La penetración del estrés, catalogado por los siquiatras como trastorno de ansiedad, se evidencia flagrantemente en el ámbito laboral al ser “la causa de la mayoría de las ausencias en las empresas”.

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Entender el origen individual del estrés y hacerlo consciente es, dice, el comienzo del camino para paliarlo. Actualmente, la enfermedad se vive como una condición normal: “Las personas creen que si no están nerviosas y tensas no funcionan correctamente. Han perdido la capacidad para modular distintos estados anímicos a voluntad y no se dan cuenta que hay otras formas de reaccionar ante la existencia.”

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Sus manifestaciones

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Las demostraciones del estrés son físicas, primordialmente, de ahí que muchas personas que las padecen sin saberlo, las atiendan como problemas de origen corporal. Fisiológicamente el estrés es una respuesta natural del cuerpo y la mente a cualquier situación que percibe como una amenaza o conflicto. El cuerpo reacciona a la provocación con una respuesta básica: luchar o huir, que hace actuar al sistema hormonal de emergencia. En los segundos posteriores a la incitación, el corazón comienza a latir más de prisa, la respiración se acelera, la presión arterial aumenta, se empieza a sudar, los riñones se constriñen y el estómago segrega más jugos digestivos.

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El problema, dice Gómez, es que el cuadro se vuelve crónico cuando condiciones de existencia cotidianas se viven como si fueran situaciones de peligro. “Un sistema que se mantiene en estado de emergencia constante se daña, como un motor que gira a más revoluciones de las que requiere. Ahí estaría la verdadera raíz de diversas molestias gastrointestinales, dolores de espalda, de cabeza, padecimientos cardiovasculares, entre otros.” El órgano que será afectado por el estrés depende de la conformación y antecedentes de cada individuo.

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Las repercusiones de este fenómeno no terminan en el plano corporal, alcanzan niveles emocionales, cognitivos y sensoriales que afectan o dificultan el buen funcionamiento de nuestras capacidades más finas.

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Uno de los problemas comentados con mayor frecuencia con relación a los trastornos de ansiedad es la llamada fatiga crónica: una sensación constante de cansancio, pesadez, considerada una forma de depresión. Vale mencionar que el estrés también dificulta la concentración, la toma de decisiones y distintos procesos de razonamiento. Hay menor habilidad en labores mecánicas que antes se realizaban con facilidad.

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Se pierde, incluso, sensibilidad para reconocer cuándo descansar, dormir y comer, y para responder ante situaciones de alerta física. Además, hay una repercusión a escala social pues la irritabilidad de un sujeto bajo estrés provoca fricciones con otras personas. Cuando el trastorno de ansiedad es más severo llegan a manifestarse fobias que llevan al aislamiento social.

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El verdadero origen

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A decir de Gómez, el estrés laboral responde a una mala calidad de la atención con la que trabaja la mayoría de las personas que tienen que cumplir funciones elaboradas, de grandes responsabilidades y que requieren rapidez: “A la gente le es difícil enfocar su atención, estar atento constantemente y disciplinado en su trabajo sin que active estados de ansiedad ayudado, en ocasiones, por elementos como el café y el tabaco.”

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No se trata de ser pasivos y no actuar, agrega, pero sí de activar los sistemas ante circunstancias que lo requieran, sin tornarnos ansiosos, sin recurrir a estados de emergencia, de forma serena. “No tenemos que vivir en la prisa ni en la euforia de hacer las cosas.”

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Las expresiones de ansiedad obedecen a una relación con el trabajo de tipo “lucha y huida”, en lugar de una relación lúdica que responda a una “sana búsqueda”. Por otra parte, aunque las condiciones laborales y ambientales influyen en la generación de estrés, Gómez subraya que no la determinan. Es decir, va más allá de una sobrecarga de trabajo, es proporcional al sentido que se le dé y las expectativas que se tengan de él:

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“Alguien puede trabajar 15 horas seguidas y no tener manifestaciones de estrés porque disfruta lo que hace y porque no deposita en ello una serie de condiciones como seguridad, posición social, buen sueldo, ser el mejor. Lo viciado es la finalidad de la acción.”

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No obstante, Gómez reconoce que el estrés cotidiano tiene que ver también con un desfase entre un modelo de sociedad que promueve valores como la seguridad, productividad, estabilidad y equilibrio económico, todo eso, aunado a una realidad cambiante. “Se debe tener claro qué se va a hacer, cómo lograrlo, mantener un orden. Hoy se atiende más las formas que al mismo proceso de vida. Y, si se rompen los esquemas, se genera ansiedad en la persona.” El individuo que sufre más estrés es aquel cuya realización depende de cumplir lo que cree que “otros” esperan de su actuar.

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Tal fue el caso de Rubén Camacho. Pasada la crisis de estrés reconoció que fue provocada por el enorme temor a perder sus “logros económicos”. Sin embargo, tras el tratamiento terapéutico al que se sometió, cambiaron muchas cosas en su vida: logró consolidar los negocios y fundó una empresa estable dedicada a transformar cartón.

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No obstante, dice, los cambios más profundos se dieron internamente. Se percató de que su vida giraba alrededor del dinero y que todas las energías las enfocaba en ganar más a costa de lo que fuera. La actitud se apoyaba en una falsa creencia, inculcada por su padre: “Un individuo con dinero vale más y es exitoso.”  Socialmente, cuenta, la idea era reforzada por comentarios de amigos y familiares que elogiaban sus logros económicos.

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Nunca se sentía satisfecho, jamás ganaba lo suficiente. “El dinero es importante sólo como  medio, no como fin. Hoy gano menos porque antes me arriesgaba en muchos negocios. Ahora paso más tiempo con mi familia y estoy más relajado.”

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