Escuelas con motor

Algunas corporaciones están evolucionando de la filantropía a una forma más responsable de compro
Gabiela Ruiz

En su estancia más reciente en México, Don Evans, secretario de Comercio de Estados Unidos, señaló que la parte más especial de su misión fue la visita a una primaria en Tlalnepantla. Tras preguntarle qué tiene que ver un funcionario de su especialidad con la educación... y en Tlalnepantla, contestó: “No se trata de venir nada más a hablar de comercio bilateral, sino de calidad humana. Aquí hay un ejemplo de trabajo entre el sector privado, la comunidad y el sector público para mejorar la vida de los niños.” El delegado aludía al proyecto de responsabilidad social empresarial (RSE) Escuelas Ford. “Hay millones de personas que están comprometidas en este tipo de proyecto. Hay que fijarse en sectores tan fundamentales como el educativo”, agregó.

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La RSE es un tema poco conocido. Un estudio reciente realizado por Espiral –una organización no gubernamental (ONG)– reveló que el tópico no se entiende del todo bien en México. Este concepto no se limita a la filantropía. No se trata de dar pescado, sino de enseñar a pescar. En la medida en que los gobiernos no pueden satisfacer las necesidades de la sociedad, se abre un hueco que algunas corporaciones están llenando crecientemente –según menciona la escritora Noreena Hertz en su más reciente título, The Silent Take Over–. La escuela que visitó Evans representa un acercamiento cabal hacia la RSE.

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Aprender a comprender
Omar Kheyyam, de 20 años, cursa el tercer semestre de derecho, tras haber obtenido un título como técnico automotriz para asegurar un sueldo. Él es ex alumno de las Escuelas Ford. “Cuando estaba en ese colegio los maestros nos incitaban a ser algo grande –dice–. Aprendías a comprender y aplicar lo que viene en los libros. Combinaban las clases con otras actividades.”

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Becky Aguilar, actual presidenta del Comité Cívico Ford, explica que hace 36 años Ford Motor Company México decidió incursionar en el sector educativo, creando los institutos que llevan su nombre. El método consistía en acercarse a los gobiernos municipales o estatales para preguntarles en qué zonas marginadas se necesitaba una escuela. El gobierno donaba un terreno de su elección, y la empresa y el distribuidor local se hacían cargo de la construcción por partes iguales. Una vez edificada, la entregaban a la Secretaría de Educación Pública (SEP) para que la administrara. Sin embargo, ese esquema –aunque generoso– era filantrópico: beneficiaba a corto plazo pues no se responsabilizaba del término del proyecto. Se trata de educar, no de construir escuelas. Por ello, el Comité decidió llevar el plan a sus últimas consecuencias: involucró a diversas agrupaciones, como la Universidad Anáhuac o la organización de RSE Únete –por medio de la cual se adhieren firmas tales como Compaq, Microsoft y Televisa, entre otras–. Y lo más importante: comprometió a los padres de familia y al personal docente. Finalmente se conformaba un nuevo y ambicioso modelo educativo 100% mexicano.

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“Hace cinco años descubrimos que teníamos que involucrarnos desde un punto de vista más personal –comenta Aguilar–. No se les podía pedir a los niños que mantuviesen la escuela limpia, por ejemplo, si la mamá tenía la casa sucia. A partir de entonces, se desarrollaron cursos de superación tanto para las familias como para los maestros. Adicionalmente, no tenemos más de 35 alumnos por aula para que puedan recibir suficiente atención.”

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Escuela para padres
“Ayudar a los pobres no es cuestión de darles dinero, sino de enseñarles a cuidarlo y convencerlos de que el trabajo es clave para el bienestar”, asegura Becky Aguilar. Señala que las familias en las zonas de escasos recursos tienden a sacar a los niños de la primaria para que aporten un ingreso. El sistema de las Escuelas Ford desalienta esa práctica. Socorro Domínguez, una de las madres de los alumnos, coincide –al igual que la mayor parte de los padres de niños que están en esos centros educativos– en esforzarse para que sus tres hijos terminen la preparatoria.

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Con el fin de asegurarse de que los alumnos cuenten con apoyo fuera del plantel, el programa incluye cursos de capacitación para los padres en temas como valores, drogadicción, alcoholismo, violencia intrafamiliar y desigualdad de género, entre otros. El programa no está diseñado para que los padres se atengan a la ayuda sin dar nada a cambio. El mantenimiento de las instalaciones que hospedan las escuelas está a cargo de ellos, quienes cooperan con trabajos de carpintería, albañilería y plomería, por mencionar algunos. Como parte de los esfuerzos para hacer la educación más placentera a los niños, se organizan torneos y competencias a escala nacional, actividades que los infantes aprecian. Según la entrevistada, 30% de los egresados de sus colegios van a la universidad.

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Eric Castillo Cervantes ingresó a una Escuela Ford a partir del tercer año. Actualmente se encuentra cursando el sexto grado. Aunque su colegio anterior no le disgustaba, admite que prefiere el actual: “Esta escuela es más bonita y hay torneos de futbol. He aprendido a meterme a internet, a chatear y hacer documentos. Como quiero ser contador de grande, la materia que más me gusta son las matemáticas.”

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¿Un mundo feliz?
Se antoja ponderar los rezagos de la SEP por falta de recursos para satisfacer la necesidad de servicios educativos. Es bien sabido que la calidad de la instrucción pública en México enfrenta un fuerte atraso. Los resultados del Programa Internacional para la Evaluación de los Estudiantes (PISA) de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) realizado a finales de 2001, situaron a México como un país significativamente por debajo del promedio estadístico en niveles de pericia en la lectura. ¿De qué sirve que el gobierno construya escuelas si la calidad de enseñanza deja que desear?

-Marcos Oliveira, presidente de Ford México, coincide en que la parte más fácil del programa es la edificación de los planteles. “La dificultad reside en entrenar a los maestros sobre principios y habilidades para garantizar que se mejoren los estándares de manera continua. Este es el principal reto para la asociación de distribuidores que se hacen cargo del mantenimiento de las escuelas.”

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Sin embargo, la compañía no está sola en el proyecto. La Universidad Anáhuac participa ofreciendo la capacitación para profesores y directores. Hasta la fecha se han entrenado más de 2,000 maestros, quienes reciben un diploma que les permite mejorar sus expectativas salariales. Más de 150 directores se han graduado bajo el mismo esquema.

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Aguilar aclara que la firma no está interesada en utilizar el proyecto como herramienta de mercadotecnia, ya que tanto Nissan como Coca-Cola también comienzan a involucrarse usando el mismo programa. “Queremos que participen todas las corporaciones que podamos convencer. Sólo necesitamos el apoyo y nosotros les damos el know-how.”

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Aunque el proyecto de las Escuelas Ford se antoja perfecto también presenta cierto grado de vulnerabilidad. Al tiempo que la iniciativa privada se hace cargo de lo que era responsabilidad del gobierno, la sociedad y el sector público se hacen más dependientes de tal ayuda. ¿Qué pasaría si el sector empresarial deja de dar soporte? ¿Quién va a cubrir ese hueco? Si bien los representantes del Comité de Asuntos Cívicos de Ford aseguran que el plan continuará, urgen en México y en el mundo mecanismos independientes que garanticen que los programas de RSE sean instrumentados a beneficio de todos.

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Sobre ruedas
Para finales de 2002 Ford proyecta construir 10 planteles y mantener el mismo ritmo el año entrante. A la fecha, en las cerca de 200 Escuelas que existen a escala nacional, se instruyen unos 100,000 alumnos diariamente. Más de 1.5 millones de niños se han graduado de las Escuelas Ford.

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