Escuelas de computación <br>No todo lo

La proliferación de escuelas técnicas de computación sin validez oficial se ha convertido en una

El desempleo, la gran cantidad de marginados de la educación superior y una profusa publicidad han hecho que las escuelas técnicas de computación se conviertan en una alternativa, tanto para los egresados de escuelas secundarias como para los adultos que padecen la cesantía durante mucho tiempo.

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A primera vista, la mayor parte de estas instituciones —conocidas por quienes las rechazan como escuelas “patito”— viven de prometer. Su publicidad puede resultar certera para innumerables personas que, en el fondo, necesitan creer en un futuro mejor. A través de vivas imágenes donde se aprecia a hombres y mujeres en situación boyante —al decir de sus trajes, sus lujosos automóviles, sus vacaciones en lugares de ensueño, sus billeteras repletas de dinero y tarjetas de crédito— pretenden convencer a su clientela potencial de que sólo por el hecho de estudiar allí, su vida se transformará de cabo a rabo. La publicidad menos agresiva habla de la obtención de “un trabajo gratificante y bien pagado” y “en no más de seis meses” al egresar de sus aulas.

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Sin embargo, cabe preguntarse —ya que ninguna de estas escuelas hace referencia a sus planes de estudio— cuál es su oferta real y qué futuro laboral le espera a sus egresados.

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La luna y las estrellas
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Cuando los responsables de instituciones reconocidas se refieren a estas promesas, sus reflexiones aterrizan en la realidad. Sandra Ortiz, gerente de Relaciones Públicas del corporativo CCPM —que engloba a escuelas fuertes, como Hermann Hollerith y a otras seis en diversas entidades del país—, dice que no utilizan ese tipo de publicidad por considerarla poco seria. “No se puede prometer el éxito porque éste depende mucho de la capacidad del alumno y de muchos otros factores externos”. Señala, además, que cuando se averigua sobre los programas de estudio de “esas escuelas tan publicitadas”, se observa que enseñan paqueterías obsoletas.

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Para José Luis López, director de la Escuela de Ingeniería y del campus Cuitláhuac de la Universidad Tecnológica de México (Unitec), es imposible hacerse analista o programador en seis meses: “En dichas escuelas deberían ser más estrictos y más profesionales. Es verdad que sus egresados a veces obtienen el empleo deseado, pero en todo caso éste pertenece a un mercado laboral de sueldos bajos, en empresas limitadas y con niveles operativos también bajos”.

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En cambio, los directivos de ITC —una de las escuelas más publicitadas con los mensajes ya referidos— se niegan a responder. Sin embargo, en la antesala se observa un pizarrón con la bolsa de trabajo que ofrece cinco plazas: dos para profesor en escuelas técnicas de computación —ambas de medio tiempo—, dos para vendedor y una para intendente.

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Improvisación y obsolescencia
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A mediados de los años 80 sólo las grandes empresas podían tener computadoras y quien sabía manejarlas, por ese sólo hecho gozaba de un indiscutible prestigio. A raíz de ello, a principios de esta década empezaron a proliferar las instituciones que enseñaban a utilizar dichas herramientas. Primero cientos y luego miles de jóvenes creyeron proyectarse hacia el futuro por la única vía a la que muchos tenían acceso: las escuelas técnicas que cobraban tarifas económicas y enseñaban las bases del complejo mundo de la informática. Con dichos conocimientos podían encontrar un empleo, pero entonces la crisis económica aún no desplegaba sus alas ni el desempleo era tan alarmante.

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Actualmente, otro factor amenaza la efectividad de estos centros: la obsolescencia, sello distintivo del mundo de la computación. Los programas y las máquinas cambian con una rapidez vertiginosa y los retos ahora están en los nuevos lenguajes. Si antes, para enseñar, bastaba con un procesador 286, hoy es indispensable contar con un 486 o -Pentium, únicos capaces de correr los programas actuales; si antes era suficiente aprender -Cobol, Basic, Lotus o Pascal, o bien Word 5.0, ahora esos paquetes —que muchas escuelas técnicas siguen aplicando— pertenecen prácticamente a la edad de piedra de la computación. Los más eficientes son Fox Pro, Windows 95, Office, Excell, Novell y otros de similar sofisticación.

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“Al buscar una escuela, la gente debería fijarse bien antes de decidirse, puesto que a veces no sabe cuáles son los programas que necesita conocer y entra a aprender los ya olvidados por todo mundo”, señala Rafael Angulo, director del Grupo ICEL, instituto que ofrece un bachillerato de Técnico en Programación.

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Validez oficial
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Otro factor de igual importancia es la validez oficial de los estudios. Según la Secretaría de Educación Pública (SEP), sólo en el Distrito Federal existen 208 escuelas particulares de especialización incorporadas a dicha secretaría y cuyos estudios tienen, por lo tanto, validez oficial. De éstas, 82 imparten computación. Sin embargo, un sinnúmero de instituciones operan al margen. El Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) contabiliza 38,537 alumnos de escuelas de computación, sólo en el área metropolitana de la ciudad de México.

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Pero eso no es todo. Muchas escuelas ostentan con orgullo su registro ante la SEP, sin duda para atrapar estudiantes, pero este registro sólo sirve para el censo de escuelas y no implica, como la incorporación —ya sea a esta secretaría, a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) o al Instituto Politécnico Nacional (IPN)—, ninguna intervención de parte de estas instituciones para revisar las instalaciones, la forma de impartir la docencia, las cuotas o los programas de estudio. Así, los diplomas que otorgan las instituciones simplemente registradas no tienen mayor validez.

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Al respecto, éstas se defienden aduciendo que los planes de estudios que, por ejemplo, impone la SEP, son tan obsoletos que se convierten en una camisa de fuerza, más que en una solución para el progreso de la escuela. Aunque esta argumentación parece olvidar que la SEP impone programas de estudio pero no exige que eso sea lo único que se enseñe.

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Angulo opina, en cambio, que es muy importante —“en estos tiempos de tanta incertidumbre”— poder ofrecer a los alumnos un certificado de validez oficial. “Esta tiene un precio, pero lo preferimos a no poder ofrecerles a los jóvenes nada firme, cuando a veces se tienen que enfrentar a la vida con la única arma que representa un papel”. Indica que ellos cumplen con lo que dispone la SEP y añaden a sus planes de estudio otros elementos como valores agregados.

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Por su parte, Víctor Azcoitia, director de Comunicación Social de la SEP, señala que muchas escuelas no se quieren incorporar porque saben que no podrían pasar las inspecciones oficiales. “Así, sólo se inscriben, como si eso fuera todo lo que necesitan. Pero existe un problema legal, pues la Ley General de Educación de 1993 establece que todas las escuelas de computación, y en general todas las escuelas técnicas, tienen que registrarse y estar incorporadas a la SEP.” Con la anterior ley sólo se exigía el registro en el padrón y aun cuando no se puede aplicar de manera retroactiva, muchas escuelas todavía se niegan a incorporarse oficialmente amparándose en esa cláusula.

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Sin embargo, otras escuelas están incorporadas, incluso las que capacitan a ejecutivos de alto nivel —quienes no deben presentar certificados ante nadie— y cobran $4,000 por cursos de 20 horas. Además, cuentan con la certificación de desarrolladores mundiales de -software. Éste es el caso, por ejemplo, de Compueducación.

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Miguel Tapia Velasco, presidente de la Asociación Nacional de Instituciones de Educación en Informática (ANIEI), aconseja ingresar sólo a escuelas con reconocimiento oficial. Añade que otro aspecto engañoso son los famosos “registros en trámite” conque cuentan ciertas instituciones. En estos casos, dice, es recomendable informarse en la Dirección de Acreditación, Incorporación y Revalidación de la SEP respecto a si las mismas obtendrán la incorporación.

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Alternativas decorosas
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Si los bolsillos están vacíos y se desea contar con un oficio o profesión que permita un buen empleo, hay alternativas menos onerosas. Por ejemplo, el Conalep, aun cuando maneja máquinas 286 y el cambio tecnológico es muy lento, resulta una mejor opción que muchas que prometen el éxito inmediato. Esto, porque sus carreras técnicas tienen una duración de tres años y no de seis meses, y porque cuenta con importantes financiamientos gubernamentales o de la iniciativa privada. Además, los estudios de Informática están certificados por Microsoft y en el primer semestre ya se incluye la enseñanza de -Office.

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Otras escuelas dependientes del gobierno son ICC —que cobra $25 pesos a la semana— y las que pertenecen a las Áreas de Capacitación para el Trabajo, de la SEP, de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y de la Secretaría del Trabajo. Allí se imparten cursos económicos o gratuitos, a partir de las necesidades específicas del sector público.

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Asimismo, la Dirección General de Centros de Formación para el Trabajo capacitó durante 1995 a 369 alumnos en Monterrey, 144 en el Estado de México, 350 en Puebla, 926 en Tamaulipas y 793 en el Distrito Federal.

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Por último, la UNAM también ofrece cursos de capacitación para el trabajo —en el centro Mascarones, por ejemplo— que deberían considerarse.

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Un empresario que pide omitir su nombre opina al respecto: “ Hay gente que justifica no estudiar una carrera porque va a especializarse en computación en una de estas escuelas ‘patito’. Pero allí —sobre todo en las más pequeñas— le enseñarán cosas de paquetería básica, lo que sabe cualquier secretaria. Sería preferible aprender aspectos más técnicos, como programación o reparación. En la India, por ejemplo, prepararon unos verdaderos técnicos que ahora son muy cotizados en todo el mundo.”

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¿Técnico o licenciado?
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Siguiendo con las posibilidades de trabajo, vale recordar que las empresas necesitan personal de nivel gerencial y directivo —personas que provengan del sistema educativo escolarizado—, y de nivel operativo o de ejecución, es decir, técnicos.

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Luis Córdoba, director de la consultora Servicios Especializados en Informática —asociada a Hewlett Packard para crear un sistema que capte a egresados de las diferentes escuelas y universidades—, afirma que en el sector empresarial existe la idea de que los que vienen de instituciones técnicas son trabajadores “económicos”. Y en parte es verdad, añade, porque su umbral de satisfacción es bajo: buscan ganar de $2,000 a $2,500 pesos mensuales, cuando mucho. “Son los -doers (hacedores)”. Confiesa que, sin embargo, a la larga salen caros porque no tienen preparación, sino sólo una semblanza de paquetería.

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No pasa lo mismo con las personas que provienen del IPN o de la UNAM, continúa, que demandan el doble de salario y están mejor preparados, ni con los egresados de la Universidad Iberoamericana (UIA) o del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), que exigen $12,000 pesos al mes porque tienen muy buena preparación de nivel gerencial.

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Por su parte, el sector público ofrece sueldos muy bajos, arriesgándose a contar con gente de dudosa calificación. A mediados de este año, un técnico en computación para una plaza de confianza en el sector público ganaba $1,425 pesos al mes; un programador especializado, $1,567 pesos, y un analista de sistemas, $1,743 pesos.

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Así, parece ser que ganan más los que más invirtieron, tanto en dinero como en tiempo. Los licenciados en Sistemas o en Informática Administrativa, así como los ingenieros —aunque también tienen problemas para conseguir buenos empleos—, constituyen la competencia para los técnicos en Computación.

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En las universidades privadas, las carreras que permiten luego desempeñarse en un nivel operativo o de supervisión llegan a costar $3,000 por semestre (ICEL). El costo semestral de las licenciaturas que facilitarían algún puesto gerencial oscila entre $5,000 y $7,000 pesos (Unitec, Universidad del Valle de México). Por último, las que preparan a sus alumnos para acceder a empleos de dirección cobran no menos de $10,000 pesos por semestre (ITESM, UIA, Universidad Anáhuac).

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Y si la situación económica no permite estos desembolsos, hay excelentes alternativas para convertirse en un profesional que pueda acceder, tal vez, a mejores trabajos. La UNAM, por ejemplo, que cobra 20 centavos por semestre, cuenta con una Facultad de Ingeniería y un Área de Informática envidiables en términos de planes de estudio y calidad de los maestros. Esto es posible, según Luis Cordero Borboa, coordinador de la carrera de Ingeniería en Computación de la División de Ingeniería Eléctrica, porque los recursos económicos con que se cuenta son elevados. Ellos provienen de un presupuesto propio, de la ayuda de la sociedad de ex alumnos, de recursos por servicios de consultoría y, “últimamente, de un convenio multimillonario con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para actualizar todo el equipo de la facultad”. Algo similar ocurre con la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), respecto a precios de colegiaturas y planes de estudio.

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En cuanto a la inversión de tiempo para convertirse en un mejor profesional, no hay de otra: en promedio, lograr una licenciatura en Ingeniería en Computación exige siete años de estudio.

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“ Por supuesto que convertirse en licenciado implica muchísimo más esfuerzo que convertirse en un técnico en computación —señala López—, pero lo que está en juego es nada menos que el futuro de la gente”. Añade que los técnicos, a la hora de buscar empleo, sólo compiten con los licenciados porque implican menores salarios para las empresas, pero no pueden acceder a puestos de categoría.

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Córdoba afirma que su consultora ya no contrata técnicos porque los han decepcionado mucho. “Preferimos a egresados del IPN, de la UNAM y, sobre todo, de la UAM, en donde hemos encontrado gente muy capacitada, acostumbrada a investigar y a resolver problemas. Los preferimos incluso a los de la UIA, que a veces todavía vienen con mentalidad de preparatoria”.

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Por su parte, Alejandro Maza, jefe de Recursos Humanos de la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial (Secofi), dice que contratan técnicos cuando hay necesidades específicas, “pero sólo a gente realmente sobresaliente”. Comenta que, en general, estos saben programar pero no les han enseñado las normas: “es como saber pilotear pero no saber qué hacer en caso de tormenta”; han cursado la materia de matemáticas aplicadas, pero las han aprendido como recetas de cocina; saben computación, pero “no las leyes, las normas; no conocen de sociedad, de la técnica de cliente-servidor; conocen la computación desde la perspectiva de una herramienta mecánica, como se usaba antes, pero el país cambió y ya no sólo se precisa de una máquina y de saber inglés; ahora también es necesario contar con mayor cultura y más valores agregados que la mera educación técnica”.

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No obstante, López piensa que todavía los técnicos tienen oportunidades, puesto que una parte importante de las empresas y el comercio en general sigue trabajando con programas sencillos y contrata a gente con pocas expectativas de sueldo. Pero, ¿seguirá siendo así por mucho tiempo? Difícilmente, pues el avance tecnológico es irreversible.

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En definitiva, al elegir una opción de futuro, la gente debería saber desde el inicio —cuando decide ingresar a una determinada escuela— a lo que podrá acceder como egresado. Si quiere convertirse en un técnico limitado, con ingresos igualmente limitados, elegirá determinada institución; si desea, en cambio, un desarrollo profesional acorde con los tiempos que corren, optará por otra, en ciertos casos más cara y que le significará mayor esfuerzo como estudiante. Lo peor es fantasear con falsas promesas, como aquella que encandiló al país en 1994, cuando se creyó que México ingresaría al primer mundo de la noche a la mañana.

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