Estos cocos no caen solos

El cultivo de esta planta revive con un nuevo esquema y abre una esperanza de producción de aceites
Alejandra Xanic

Juan Bernstorff trajo la palma africana en 1952. Semillas de contrabando de Costa de Marfil. Muchos agricultores de Chiapas vieron con suspicacia la idea del inmigrado alemán, que decidió sembrar 150 de sus 1,000 hectáreas con esa extraña planta. Cincuenta años más tarde el cultivo es visto por muchos como la clave que aliviará la dependencia de México de los aceites de importación.

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Cuatro mil 700 campesinos y propietarios de 42,000 hectáreas en Chiapas, Tabasco, Campeche y Veracruz; dos compañías aceiteras mexicanas y una de Guatemala, apuestan a que esta vez, y después de numerosos intentos fracasados, la palma africana rendirá frutos.

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Y es que 86% del aceite y las grasas comestibles que utiliza México llega cada día a los puertos y fronteras del país proveniente de Centro y Sudamérica, Estados Unidos, Canadá, Malasia e Indonesia. Son 1.3 millones de toneladas de semilla y aceite de soya, canola, girasol, algodón, coco y palma.

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Si el plan funciona a pie juntillas, en cinco años más la producción nacional de palma podrá sustituir las 100,000 toneladas anuales de aceite de palma que hoy se importan (8% del total comprado al exterior de aceites y grasas), y cuyo costo es de $55 millones de dólares.

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Pero hay una apuesta más ambiciosa: ampliar a 20% la participación de la palma en el mercado nacional de aceites y grasas, desplazando del primer lugar a la soya.

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El modelo a seguir es Guatemala. Este país comenzó a cultivar la palma en 1987 y es ahora el más eficiente productor en el mundo, más aun que Malasia, el país que más produce. A unos kilómetros de las tierras de Bernstorff en el Soconusco chiapaneco, comienzan las 21,000 hectáreas de palma de Hugo Molina y su empresa Grupo Olmeca, en el vecino país centroamericano; son plantaciones con riego y ferti-irrigación.

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Con 30,000 hectáreas de palma, Guatemala se ahorró los $30 millones de dólares que cada año pagaba por la importación de aceites. Además, se convirtió en exportador. Grupo Olmeca calcula que Guatemala recibirá este año $54 millones de dólares por sus ventas de aceite a México y otros países de Centroamérica, El Caribe y Europa.

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El caso del proyecto mexicano, no obstante, no está libre de riesgos. Está por verse si la palma tendrá rendimientos interesantes en una región tan al Norte del ecuador, que es la latitud preferida de este cultivo.

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En la mayoría de los países que la producen, las plantaciones son propiedad de terratenientes o de gobiernos, que además controlan la industria de la extracción y de la refinación. En México, las plantaciones están dispersas y son propiedad de miles de campesinos descapitalizados, que tendrán que asociarse con el industrial.

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Nuevos aires para un viejo plan
La idea no es nueva. Más aún, el gobierno falló tantas veces en echarla a andar, desde los años 50, que muchos la miran ya con suspicacia.

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Mientras el gobierno mexicano prometía, los guatemaltecos la hacían funcionar. “Lo han manejado en una forma muy política. Le han metido mucho dinero, pero vemos que es más bulla que lo que se estuvo haciendo”, dice Edgar Umaña, gerente general de Olmeca, desde sus oficinas en la ciudad de Guatemala.

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Hay supervivientes de los proyectos truncos y están ariscos también: 166 ejidatarios del Soconusco que desde hace unos quince años explotan 700 hectáreas de palma y que manejan en cooperativa la extractora de aceite Bepasa, que les regaló el gobierno federal; Rodrigo Gómez y otros campesinos de ejidos en Mapastepec y Acapetahua (en Chiapas) que no quemaron sus palmares, como lo hicieron tantos otros, cada vez que el programa de palma se replegó.

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También Everardo Bernstorff, hijo del inmigrante alemán, que expandió a 550 hectáreas la plantación familiar, que hace cinco años instaló la extractora El Desengaño, y unos meses atrás cerró la refinadora que tenía en sociedad con Chiquita, la empresa bananera más importante de Costa Rica. Y Juan Yamasaki, que maneja otras 400 hectáreas y la extractora La Lima, ya herrumbrosa y vieja, que instaló en los años cincuenta Juan Bernstorff.

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A pesar de los intentos desde el gobierno de Miguel Alemán, la superficie con palma total en México creció apenas de 3,000 hectáreas en 1950 a 7,000 en 1997, cuando empezó el más reciente programa de promoción gubernamental. Se espera que al terminar el presente año sumen ya 42,000 hectáreas, y la meta es que en los siguientes cinco años lleguen a 100,000.

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Desde 1997 el gobierno federal y de los estados invierten entre $3,500 y $4,000 pesos por hectárea para la plantación de palma. Le dan al productor la planta que criaron en vivero, y un apoyo de $2,700 pesos por hectárea repartidos en tres años, para la compra de insumos y mantenimiento.

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En los últimos tres años han canalizado $211.7 millones de pesos, lo que convierte a éste en el segundo cultivo con más apoyo gubernamental después del café, dice José Luis Plaza, director de Agricultura de la Sagar.

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“La realidad es que en el pasado no funcionó, no hubo inversión industrial y un proyecto necesita de agricultores e industriales; en esta ocasión se está haciendo con ese equilibrio”, dice Alejandro Terrones, director de Grupo Apol, empresa que produce oleoquímicos y aceites comestibles.

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El industrial, asociado en la compañía Propalma con el Fondo Chiapas, la Corporación Financiera Internacional (del Banco Mundial) y la empresa guatemalteca Agrocaribe, piensa instalar una extractora con capacidad para procesar 40 toneladas de fruto por hora en Chiapas. Además invierte $7 millones de dólares en otra planta similar en Acapetahua, Chiapas; pretende construir una refinería para el aceite en el puerto de Altamira, en Tamaulipas, y en algún momento aventurarse en la producción de 3,000 hectáreas.

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Oleomex, empresa de jabones, aceites y mantecas de Jalisco, construye otra extractora del mismo calibre y tiene planes para una segunda, si la producción marcha bien. “Vemos apoyos. La industria fue un catalizador”, cree José Luis Pérez Morett, su director.

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Grupo Numar, de Costa Rica, y empresarios de Malasia se han asomado también. “México tiene un consumo muy grande, hay mucha oportunidad. A nosotros sí nos interesa, y estamos siguiendo de cerca la posibilidad de invertir”, dice Edgar Umaña, de Olmeca, uno de los grandes proveedores de aceite de palma para México.

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“Por aquí estuvieron los malayos; querían 40,000 hectáreas para plantar”, ríe Everardo Bernstorff. Como su plantación es muy grande, dice que sobre él pesa la amenaza constante de funcionarios de la Reforma Agraria, que podrían afectar y reducir el tamaño de sus tierras.

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Aunque el proyecto se extiende a Tabasco, Campeche y Veracruz, los ojos están fijos en Chiapas, donde ya hay más plantas maduras con frutos y productores con más experiencia. “Para convencer a los campesinos de Chiapas, los llevaron a conocer las plantaciones de Hugo Molina y a hablar con él; a los campesinos de Veracruz y Tabasco los llevan a Mapastepec (Chiapas) para que se convenzan de que les conviene”, dice Víctor González Lauck, investigador del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (Inifap).

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Un insumo nuevo
El aceite de palma africana todavía no es muy conocido en México; es espeso, rojizo. Cuando Juan Bernstorff comenzó a procesarlo, sólo lo pudo vender como lubricante, para Altos Hornos de México (Ahmsa) que lo utilizó en sus procesos de laminado. En un segundo momento fue utilizado para la elaboración de jabones. Su mercado actual es mucho mayor y va desde la industria alimenticia hasta la cosmética.

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“En México se consume a un nivel muy por debajo de su potencial (...) La gente se tarda en aceptar cambios, pero lo hace”, dice Alejandro Terrones, de Grupo Apol, que en 1988 fue el primero en importar este aceite y que le abrió mercado en el país. Según el empresario, todos los aceites son sustituibles ahora. Por eso la apuesta de crecer de 6 a 20% la participación de la palma en el mercado total de aceites y grasas en el país.

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Según Terrones, la producción de aceite de palma crece a un ritmo muy por encima del de la soya a nivel mundial. “Hoy sólo la soya tiene mayor producción que la palma, pero para el año 2004 será más el aceite de palma”, cita datos de Oil World, una organización basada en Alemania.

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“La palma ya es una realidad en la cual debemos crecer (...) Yo creo que aunque ahora tiene un porcentaje pequeño del mercado, tiene el potencial de pasar a entre 20 y 25% del mercado nacional. No somos ajenos a lo que pasa en el mundo”, dice Terrones. Lo que falta es crecer en capacidad de refinación para este aceite, señala.

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Estas cuentas alegres no las comparten todos. Al menos no la competencia. Según la Asociación Americana de la Soya en México, el programa de la palma falló muchas veces antes, y no tiene mejores oportunidades ahora. “El aceite de soya ocupa 40% del consumo total nacional de aceites vegetales, y no será sustituido”, dice Pedro González, director técnico de Aceites, de la Asociación Americana de la Soya en México. Los soyeros argumentan que el consumo de aceite de palma es nocivo, por su alta saturación. “Tiende a elevar los niveles de colesterol en la sangre”, dice González. “Siempre han dicho eso, es parte de la guerra comercial; hay otros estudios que señalan que la soya hidrogenizada (proceso químico que convierte al aceite líquido en manteca) es la dañina”, rebate González Lauck.

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Controversias aparte, la palma es el único cultivo que podría hacer a México menos dependiente de sus importaciones de aceite. “No podemos competir con Estados Unidos en la soya, pero sí con un cultivo tropical”, dice José Luis Plaza, de la Sagar. En Estados Unidos cuesta $220 pesos producir una tonelada de soya; en México, hasta $300. Además, la soya ofrece un rendimiento de 0.37 toneladas de aceite por hectárea, mientras la palma rinde ocho toneladas por hectárea al año.

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La sustitución de importaciones beneficiaría a los compradores del aceite. Grupo Bimbo compra 20,000 toneladas al año de aceite de palma importado de Malasia, Indonesia, Centro y Sudamérica. “El beneficio principal es la disponibilidad local y también en cuanto al flete marítimo y los aranceles, los cuales pueden llegar a significar hasta $100 dólares por tonelada métrica”, dice Héctor Ibancovichi, gerente corporativo de compras de Grupo Bimbo. La empresa lo utiliza para frituras, confitería y elaboración de panes.

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¿Progreso social?
Para el gobierno mexicano, la palma además es la mejor opción para elevar el nivel de vida de los productores. “Donde hay palma se ve más movimiento económico, la gente más próspera”, dice Víctor González Lauck, del Inifap.

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Según la Sagar, un campesino lograría ingresos del orden de los $1,050 dólares por hectárea al año. “Mucho más de lo que obtiene por el ganado, que es lo que hace la mayoría en la zona”, dice Plaza. La verdad puede ser más cruda. Para el ejidatario Rodrigo García, la única ventaja que le ofrece la palma sobre el ganado es que no se la pueden robar.

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“A menos que entres a tecnificar, lo que se gana de la tierra es más o menos lo mismo, desde el punto de vista del parcelero, del ejidatario”, dice Yamasaki, de la extractora La Lima.

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Sin embargo, hace unos años, los productores creyeron que ahora sí cambiarían sus vidas. La tonelada de fruto llegó a estar a $550 pesos. “Gracias a Dios y a la palma, todas estas comunidades que tenían casas de basura, han dado un giro de 20 años y ya son de loza; unos compraron un carrito usado, nos vino a levantar”, dice Luis Pérez Cancino, ejidatario y socio de la cooperativa Bepasa en el Soconusco. Pero el precio cayó por estos días a $330 pesos. Las sonrisas abrieron paso a la preocupación. “El precio nos desanima. Y nosotros como viejos cultivadores, todavía… pero los que apenas van empezando, están asustados”, dice Pérez Cancino.

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Un productor que tiene unas dos o tres hectáreas recibe aproximadamente $600 pesos a la quincena por la venta del fruto a la extractora, dice el campesino. “Si se fuera a machetear se llevaría 300”.

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El prometido bienestar para los campesinos y la salud de las empresas penden de un solo hilo: la eficiencia y rentabilidad de las plantaciones. Y esa está por probarse.

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Los guatemaltecos creyeron ser el último punto hacia el norte del ecuador donde resultaría viable cultivar la palma. Ellos creen que en Chiapas podría todavía cultivarse con éxito, pero miran con dudas los intentos en Tabasco, Campeche y Veracruz, que el Inifap cree consistentes.

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Lo que ven como un obstáculo mayor es la tenencia de la tierra. Las 42,000 hectáreas que se habrán sembrado este año son propiedad de unos 4,700 campesinos y pequeños propietarios. El fraccionamiento de la tierra y la dispersión de los palmares tenderá a elevar sus costos de producción, estima Edgar Umaña, de Olmeca.

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“Hugo Molina dice que apenas con 10,000 hectáreas es negocio. Los malayos dicen que con 100,000. Yo tengo 550 y ya soy el grande”, ríe Bernstorff. La mayoría de los ejidatarios en el programa tiene cuatro hectáreas que antes fueron de pastizal.

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Rodrigo García, que se asiste de sus cuatro hijos menores para mantener 12 hectáreas del cultivo, tendrá que competir con Hugo Molina, amo y señor de 21,000 hectáreas de palma en Guatemala y el más productivo en el mundo.

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Bepasa, que procesa dos toneladas de fruto por hora y subsidia el precio a sus asociados (hoy lo paga a $450 pesos por tonelada, cuando las otras plantas lo reciben por $330 y $400), y que no sabe cómo conocer la cotización diaria de su aceite en el mercado de commodities de Rotterdam, tendrá que competir con Terrones y Oleomex.

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Los pasos a seguir
Las plantaciones de Hugo Molina son el modelo para México. El empresario logra hasta 32 toneladas de fruto por hectárea, que rinden ocho toneladas de aceite crudo. Colombia alcanza las 24 toneladas de fruto por hectárea y seis toneladas de aceite. Según el Inifap y los ejidatarios de Bepasa, en Chiapas se logran entre 12.5 y 20 toneladas por hectárea y entre 2.5 y cuatro toneladas de aceite. 

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“Yo comparo a México con los cooperativistas de Honduras”, dice Edgar Umaña, de Grupo Olmeca. “Con muchos productores los costos se van para arriba. El costo de Honduras anda por el precio de venta. Como están los precios ahorita, estarán trabajando en el límite, sin dejar margen”.

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Sin embargo, los empresarios mexicanos son más optimistas. “Tendremos buenos rendimientos. Las tierras en Chiapas son más fértiles que las de Molina, que son arenosas. Con eso compensamos el problema de la falta de riego”, cree Eduardo González Castañón, coordinador de proyectos del Fondo Chiapas, que promueve la inversión industrial.

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Según González, la asociación entre productores, y entre éstos y los empresarios, permitirá la compra de insumos en gran volumen y la reducción de costos. Conforme esto se dé con la palma, igualaremos nuestros costos a los de Guatemala”.

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Para la Sagar, se tendrá que dar una alianza de los productores con los industriales. “Es un cultivo que les ofrece (a los productores) una perspectiva de ingreso más estable, por contratos de abastecimiento con las empresas, pero con un inconveniente de que necesitan más trabajo y desarrollo gerencial”, opina Plaza.

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“Es un gran reto. Tendremos que trabajar en conjunto, porque la eficiencia va a depender de eso”, dice Pérez Morett de Oleomex. Por lo pronto, idean estrategias para relacionarse con los productores y lograr mejores rendimientos y calidad en el fruto. 

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Según el Inifap, en el país hay dos millones de hectáreas con buen potencial para la palma, y otros cuatro con potencial moderado. Si todo marcha bien, en un quinquenio México debería producir el aceite de palma que hoy importa. Sin embargo, Pérez Morett es cauto: “Veremos en cinco años si lo supimos hacer”. 

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