Estrategia propia

Los medios no son los fines. La política debe ser una estrategia para fortalecer la economía.

Nos hemos llenado de mitos en torno a la dificultad de ser un país competitivo, capaz de crear plazas laborales para nuestra gente. Mientras nos lamentamos, China se queda con los empleos y nos ha desplazado como el segundo socio comercial más importante de Estados Unidos.
La competitividad, ya quedó demostrado por todos lados, no es un tema de mano de obra barata. Irlanda no se convirtió en un formidable desarrollador de software pagando salarios ridículos a su gente. Tampoco lo es la cercanía geográfica. Vietnam, Tailandia y China no comparten una frontera con Estados Unidos. Ni siquiera es un asunto de paridad cambiaria. Canadá no es una potencia exportadora a causa de una moneda débil, ni Italia ha perdido terreno por culpa del poderoso euro.

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Vaya dilema. ¿Qué nos hace, entonces, incapaces de crear empleos? ¿Qué nos impide otorgar créditos a los emprendedores y a las pequeñas y medianas empresas? ¿Cómo es que nos convertimos en un país que lo que más exporta es mano de obra, que a su vez es lo que hoy más divisas nos genera?

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Nos aventuramos a afirmar que si no alcanzamos a ser competitivos es por falta de estrategia. En nuestros largos años de modelo estatista, aderezado por el efímero sueño de la abundancia petrolera, no produjimos empresarios que contribuyeran a crear riqueza. Hubo unos cuantos, amparados por el propio Estado. Después, con la apertura, forzada por una combinación de crisis internas y la irreversible tendencia globalizadora, no nos dimos tiempo siquiera de diseñar un esquema de nación. Los planes sexenales siempre vencían al largo plazo. Mientras los asiáticos se ponían de acuerdo para reinventarse, de acuerdo con sus propias estructuras sociales, con la mira en los siguientes 20 y 50 años, aquí sólo importábamos modelos.

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La política es estrategia. La economía, que debe significar bienestar, es el objetivo. Si como nación aclaramos esos términos, quizá alcancemos más rápido los acuerdos para las reformas estructurales que tanto necesitamos. Bien lo dijo Carlos Slim en la Cumbre de Negocios de Veracruz: “No confundamos más los medios con los fines.” En ese sentido, vale la pena remarcar algunas tareas necesarias para fortalecer la competitividad del país –más allá de las reformas estructurales–, sobre todo en estos tiempos de reactivación sin empleos:

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  • Impulsar vigorosamente la base de la pirámide. No hay manera de desarrollar un mercado interno sólido, si no creamos la plataforma para que los millones de pobres se integren a la economía.
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  • Desarrollar un sistema de incentivos que incluyan la informalidad en la estructura fiscal.
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  • Disminuir la carga fiscal y social que representa para las empresas la creación de un empleo.
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  • Incentivar el crecimiento de cajas de ahorro, sociedades de ahorro y préstamos (SAPS), financieras populares, etcétera. La banca jamás pensará en los pequeños. Vale la pena aprender esta lección.
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  • Desregular la aún existente tramitología, de manera que se pueda echar a andar un negocio en 24 horas.
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  • Reestructurar y fusionar a los bancos de desarrollo en una sola institución de gran solidez financiera.
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  • Apoyar a los organismos que fomentan el crecimiento de los emprendedores.
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–Los editores

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