Exportación de emprendedores

Emigrados sin capital ni formación se convirtieron en exitosos empresarios en California, y demostr
Sam Quiñones / Los Angeles

Nada demuestra mejor lo que México ha dejado ir a Estados Unidos en relación con el dinamismo empresarial latente en su clase popular como las historias de dos hombres que viven en el área metropolitana de Los Angeles.

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José Luis Solórzano, oriundo de Guanajuato, radica en el suburbio de Paramount. Como a 15 millas, no muy lejos del centro de la ciudad, vive Fernando López Mateos, procedente de Oaxaca. Ellos son parte de una vasta clase de inmigrantes convertidos en empresarios que ha emergido a lo largo del sur de California y que ha cambiado la fisonomía de la gran urbe.

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Ambos salieron de México pobres y sin mucha educación. Hoy, a través de un arduo trabajo y una visión astuta, son dueños de diversos negocios que dependen del enorme mercado creado por los mexicanos de la clase trabajadora, en particular en el área que rodea a Los Angeles, donde se estima que habitan cerca de tres millones de ellos. Y no sólo eso, también son como un estandarte que les recuerda constantemente su tierra natal.

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Solórzano es propietario de seis compañías mayoristas que distribuyen a docenas de tiendas en Los Angeles ropa, botas vaqueras, cinturones, camisas, pantalones y otras prendas de origen mexicano, cuya mayor parte importan de Guanajuato. El año pasado sus negocios, operados bajo el nombre de Calzado Diana –en honor a su hija–, registraron $15 millones de dólares en ventas.

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López tiene, a su vez, un par de restaurantes de comida típica de Oaxaca, un servicio cablegráfico de envío de dinero, con 17 sucursales en Estados Unidos, y un periódico, El Oaxaqueño, con lectores en ambos lados de la frontera. Sus restaurantes fueron los primeros en ofrecer comida mexicana en el barrio conocido como Koreatown, que se ha vuelto el hogar de muchos inmigrantes de aquella entidad sureña, al punto de que, según él, su nombre debería ser Oaxacatown.

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No hay manera de contar cuántos negocios como los de estos dos hombres pertenecen a inmigrantes mexicanos. Las cifras del censo estadounidense, así como otros datos económicos, consideran los negocios hispanos en general, es decir, aquellos que son propiedad de cualquier persona que tenga un apellido español, sin importar dónde haya nacido. Pero ciertamente son miles.

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En Los Angeles y su área metropolitana, una docena o más de tianguis populares denominados swap meets están llenos de microempresarios mexicanos dueños de puestos que venden de todo, desde pilas y cosméticos hasta herramientas y ropa. También tienen restaurantes, mercados, tiendas, tintorerías, talleres, centros nocturnos, agencias de viajes, estaciones de radio, lotes de autos, empresas de jardinería; en resumen, un vasto y complejo sistema económico y de negocios creado y administrado por inmigrantes mexicanos que salieron de México siendo campesinos. En muchas partes del área metropolitana parece que ni se habla inglés ni se come otra cosa que tacos y carnitas. Los radiorreceptores están sintonizados en las poco más de 12 estaciones que transmiten en español, y los lotes de coches ofrecen "crédito fácil" y desean a los compradores "Feliz Navidad".

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Alrededor de la ciudad se ha desarrollado un cinturón de suburbios de inmigrantes mexicanos. En los pueblos con nombres anglosajones como Lynwood, South Gate, Hawaiian Gardens, Huntington Park y Downey, hace sólo 20 años casi todos sus habitantes eran estadounidenses. En la actualidad, son hogar de poblaciones predominantemente mexicanas que llegaron ahí como "mojados" y hoy poseen casa, coche, y tienen niños en la escuela.

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El mercado hispano estadounidense se ha convertido en un campo fértil para desarrollar los músculos empresariales de inmigrantes como Solórzano y López. "Este país nos ha abierto sus puertas –agradece éste–. Muchos oaxaqueños, campesinos que nunca fueron a la escuela son gente importante aquí.

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Incluso aquellos que no son empresarios trabajan en empleos bien pagados. Nunca hubiéramos podido salir adelante en Oaxaca."

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Solórzano también insiste en que nada de lo que ha creado podría haberlo logrado en México una persona con su educación y pobreza iniciales. "Éste es un país muy noble, donde todo el mundo que quiera trabajar progresa."

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Con su ropa al hombro

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En 1979, cuando tenía 16 años, José Luis dejó su rancho El Baral, en Guanajuato, para irse a Estados Unidos. Él era como muchos inmigrantes que buscan una vida mejor y quieren ver qué hay más allá del rancho. Partió sólo con su ropa al hombro.

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Siendo el miembro más joven de su familia, se reunió con sus hermanos en Lynwood. Ahí, trabajó en un restaurante y en una tienda; empezó barriendo los pisos y terminó como encargado de ambas empresas siete años después. Cuando el dueño vendió sus negocios, Solórzano decidió lanzarse por su cuenta.

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En 1985, él y su hermano mayor, Miguel, fueron a Tijuana, compraron dos docenas de pares de zapatos y los vendieron en las calles de Los Angeles. "Éramos de un lugar cerca de León. Los zapatos fue lo que se nos ocurrió y pensamos que era algo que todos debían tener."

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Al cabo de un tiempo estaban llevando camiones cargados de calzado y luego empezaron a montar puestos en los swap meets de la ciudad, mercados como el de Tepito pero sin mercancía pirata, adonde acuden los estadounidenses para deshacerse de artículos usados, como bicicletas y estéreos, y que los inmigrantes, en particular mexicanos y asiáticos, han sabido aprovechar como fuentes de acumulación de capital: invierten un poco de sus ahorros en algo que se pueda vender ahí; al reinvertir pueden crear un pequeño negocio y, finalmente, cambiarse del swap meet a una lugar estable.

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Muchas de las tiendas minoristas de inmigrantes mexicanos situadas alrededor de los comercios de Los Angeles, tienen sus orígenes en los swap meets de esa ciudad.

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Uno de ellos es, precisamente, el de Solórzano. Inmerso en la ola de migrantes que comprendieron las ventajas de la venta mayorista, en 1990 estableció su primer negocio de distribución, Calzado Diana, en una pequeña tienda en Paramount; hoy, muchos de sus clientes son vendedores en los swap meets, emprendiendo el sendero que él marcó a mediados de los años 80.

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Campo fértil

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El guanajuatense pronto se dio cuenta de que gran parte de su negocio estaba cimentado en la idiosincrasia de la inmigración mexicana a Estados Unidos.

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A diferencia de otros migrantes de China, Vietnam o Rusia, los mexicanos pueden regresar a su país con facilidad y seguridad, y cientos de miles lo hacen año tras año. Este hecho en apariencia tan simple tiene sin embargo, para él, importante repercusión económica. "Cuando las personas regresan a su hogar, quieren hacerlo viéndose bien, con buenas botas, pantalones, una chamarra de cuero; bien, bien arregladas –comenta–. Llevan regalos para su papá y su mamá. Se pueden ver los aviones llenos de personas y equipajes de gran tamaño. Lo que se pueden llevar, lo dejan en México. Cuando vuelven, empiezan a comprar cosas nuevas otra vez. Sin el regreso de inmigrantes a México, no habría negocio."

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A principios de los años 90, la economía de California se estancó, con el consecuente impacto sobre el consumo. Además, la moda de la quebradita –gracias a la cual los sombreros y las botas vaqueras de los grupos musicales causaron furor entre los inmigrantes mexicanos jóvenes– comenzó a desvanecerse. Mientras el negocio declinaba, muchos mayoristas trataban con desesperación de recuperar dinero de su clientela.

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Solórzano perdonó las deudas de sus clientes, a cambio de que siguieran siendo sus consumidores. "Sabía que mis compradores no tenían dinero para pagar. Debido a que todos los mayoristas los presionaban por deudas pasadas, los clientes buscaban gente que no estuviera preocupada por eso. Todos acudieron a mí. Bajé mis precios. Empecé a vender con muy poca ganancia, pero con volumen, volumen, volumen. Me di cuenta de que con volumen podía adueñarme del mercado."

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Regresó a León y encontró nuevos proveedores que le ofrecieron menores precios y crédito flexible.

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Pronto, la economía californiana se recuperó y junto con ella el negocio de Solórzano. En 1994 el empresario comenzó a ampliar su oferta; hoy vende también prendas de mujer y una línea de ropa que lleva piel de avestruz y cocodrilo. Además, contrata estrellas musicales, como el cantante Pepe Aguilar, para apoyar a Calzado Diana.

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Entre tanto, algunos de sus parientes y varios paisanos le han seguido a Estados Unidos para trabajar con él, y después han iniciado sus propias empresas mayoristas. El grueso de sus empleados son de El Baral.

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El año pasado, Solórzano abrió en esta población guanajuatense una fábrica de pantalones, botas y cinturones, que ocupa 55 personas, y espera crecer este año para dar trabajo a más de 200. "Podría obtener mejor precio de las grandes fábricas. [Pero] sé lo difícil que es para la gente ahí. Quise darles algo a cambio."

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Con el arraigo en mente

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Si Solórzano se enfocó al amplio mercado de inmigrantes mexicanos, Fernando López encontró un nicho dentro de él.

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La comunidad de Oaxaca en Los Angeles se estima ahora en cerca de 200,000 personas. Cuando él llegó en 1993 ya había grandes grupos de coterráneos esparcidos alrededor del área. Pero tenían pocos lugares para reunirse y les resultaba difícil comunicarse entre ellos.

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"Nosotros, los oaxaqueños, somos muy arraigados –afirma–. Podemos haber salido de nuestra tierra hace 20 o 30 años, pero todavía tenemos su sabor en nuestras bocas, los colores en nuestro corazón. Cuando estamos lejos y tardamos un tiempo sin probar un chile verde o un mole, casi nos morimos. Eso no es una mentira."

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Con esto en mente, y un préstamo de su hermana, apenas arribó a Los Angeles López abrió La Guelaguetza, un pequeño restaurante en Koreatown, al oeste de la ciudad, que siempre está lleno. "Nos ha ido bien desde que empezamos", dice.

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Hace tres años comenzó el negocio de envíos de dinero La Guelaguetza, cobrando menos comisión que Western Union. Ahora tiene sucursales en lugares donde los oaxaqueños se han concentrado –Koreatown y Santa Mónica, en California; Seattle y Chicago–.

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López empezó a ver nuevas oportunidades de mercado. Se dio cuenta que, aun cuando los mexicanos tenían voz a través de diversas estaciones de radio y de La Opinión, el diario en español de Los Angeles, los oaxaqueños en particular –diseminados a lo largo de México y Estados Unidos– no tenían una buena representación.

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Pensó que un periódico también los uniría y le daría a él una vía para promover sus negocios. Así, lanzó El Oaxaqueño a principios de 1999, un quincenario binacional –escrito por gente de ambos lados de la frontera, diseñado en Oaxaca y publicado en Los Angeles–, con un tiraje de 25,000 ejemplares, que circula en México y en Estados Unidos. No obstante la publicidad, el impreso todavía no produce ganancias; López espera reducir las pérdidas este año.

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El Oaxaqueño provee noticias de interés para sus lectores donde quiera que estén. Por ejemplo, aparecieron las historias de migrantes de la región mixe que murieron en un accidente de tráiler en Jalisco.

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Otras notas versan sobre los problemas que enfrentan los inmigrantes en California, o sobre las visitas del Presidente de México, Vicente Fox.

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La clave de su éxito empresarial, por supuesto, es que hay un número considerable de oaxaqueños en Los Angeles. Pero es igual de importante, según López, el hecho de que esta gente tiene dinero para gastar.

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Dice que en Oaxaca el salario mínimo no es suficiente para comer. "Pero ganar el mínimo aquí permite sacar a tu familia a comer, comprar ropa, pagar la renta, llevar una vida digna. Una persona pobre puede venir y ser atendida igual que una que tiene dinero."

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En junio de 2000, López llegó al clímax de su expansión de negocio con la apertura de su segundo restaurante, también llamado La Guelaguetza, pero mucho más grande. Tiene un salón de banquetes y un escenario donde se presentan bailables folklóricos oaxaqueños los fines de semana.

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Un indicador de la forma en que la comunidad está cambiando, es que esta Guelaguetza ocupa el edificio que albergó el primer restaurante coreano en Koreatown. Cerca de ahí está la Plaza Chun Ki Wa. El restaurante también ha sido anunciado en el periódico local coreano, Korea Times.

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Si López no hubiera hecho lo que hizo, es probable que alguien más lo hiciera. Los oaxaqueños tienen una necesidad que debe ser satisfecha.

- -"Extrañan su tierra", dice. "Es como creer en Dios. Es una necesidad de creer en Dios. Es una necesidad de tener nuestra cultura cerca de nosotros."

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