Faubourg, vaya clase para medir el tiemp

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En el 24 de la calle Faubourg Saint-Honoré se cultiva el arte del objeto desde hace ya varias décadas. Ahí los artículos proyectan un halo de elegancia, tradición y hasta de eternidad. Se trata de los productos Hermès, esos por los que –dice Jean-Louis Dumas, presidente de la firma francesa– “vale la pena esperar”.

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Entre las distintivas corbatas y mascadas de Hermès, entre la línea de ropa y de objetos de casa, llaman la atención sus relojes, distintos de otras joyas por su particular concepción. Los relojes Loquet, Kelly y Médor (nombre típico que se usa en Francia para referirse a un perro), tienen ciertamente “su particular estilo de ser”.

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La montre Loquet –en esmalte o en cuero de lagarto– es quizá el más “normal” de los relojes de la casa Hermès. Pero si lo que se busca son las extravagancias, uno puede adquirir la montre Kelly, no precisamente para colocarlo en la muñeca, sino para colgarlo de un cinturón. Y es que el Kelly es una especie de reloj candado... de metal bañado con oro de 10 micrones, o adornado con diamantes engarzados en su edición de aniversario número 20. El reloj Kelly, dicen en Hermès, “es más que un accesorio de precisión, es una joya–reloj a la que nos encadenamos”.

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Ahora que si se prefiere llevar el tiempo a la usanza tradicional pero con estilo, la montre Médor es lo que se llama “un reloj de raza”. Su diseño, inspirado en el de un collar de Vautre (perro de raza cazador de jabalíes), ostenta tres clavos piramidales en su correa de cuero, igualitos en apariencia al collar que alguna vez le compró a su mascota... Cuestión de gustos... y, por supuesto, de estilo.

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