Finos y baratos

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Bruno Dard, director comercial de Frederique Constant, vive en el entretiempo del jet lag y los días que no alcanzan. Quizá por eso considera que los relojes ya no se usan para ver la hora, sino para disfrutar diferentes movimientos, el peso en la muñeca y los materiales de que están hechos. Así, el tiempo se vuelve una expresión de la persona. Los países más pragmáticos, como los anglosajones, todavía creen que es una herramienta, pero los europeos en general tienen cultura relojera, conocen su mecanismo y sus complicaciones.

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La compra de estas maquinarias es algo muy personal: hay que ver muchos modelos, ponérselos, sentirlos en el cuerpo, elegir el que refleje tu espíritu. Dard recomienda los mecánicos que duran toda la vida y se pueden heredar a los hijos.

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Frederique Constant nació en 1988 por la asociación de dos nombres tradicionalmente relacionados con la industria suiza. La casa supervisa todos los pasos de la producción, realizada en Ginebra.

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