Fondo de retiro

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Ricardo Medina Macías

Ya ni en la plácida y aburrida Ginebra de Juan Jacobo Rosseau (sede favorita del diablo, según el periodista francés André Frossard) puede uno encontrar paz y seguridad.

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Después de una esforzada vida de trabajo como servidor público, el simpático Raulito (poeta en sus ratos de ocio y quien con valentía inusual denunció esa hipócrita "moral del tanto por ciento", que condena al ladrón pobre, pero alaba al embustero adinerado), logró juntar un capitalino para sufragar una vejez digna en compañía de su familia.

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Probablemente para que nadie pensara que disfrutaba de un trato especial en su país (dada la casual relación fraternal con el ex presidente Carlos y conociendo la maledicencia que por desgracia caracteriza a los mexicanos), Raulito decidió guardar parte de sus ahorros en Suiza.

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El resto de la historia es conocido. Este mundo está tan convulsionado que ya ni siquiera puede uno mandar a su mujer al banco a retirar un poco de dinero para el fin de semana: cuando no es un asalto o que se "cayó la línea", le detienen a uno a la esposa con acusaciones aviesas: que si lavado de dinero, que si narcotráfico, que si enriquecimiento inexplicable...

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Lo bueno es que ahora con el nuevo sistema de pensiones para el retiro ya no tendrá uno que pasar esos desaguisados. Tal vez por la precariedad de las pensiones de seguridad social en México el pobre de Raulito tuvo que guardar, pacientemente, centavo sobre centavo, el fruto de su trabajo esforzado y honesto (él decía que los puestos públicos son para servir, nunca para servirse de ellos); sufrir privaciones (por ejemplo, tener un par de yates en lugar de cuatro y una amante Sevillana medio "corridita" en lugar de una nórdica "nuevecita"); fijarse como norma de vida una austeridad espartana, y "hacer su ronchita" con un modesto capital para construir la casita que siempre soñó, comprar algunos buenos libros, beber de vez en cuando algún vinillo importado y dispensar con generosidad la sabiduría acumulada en años de servicio público.

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Pero nada. Que si mandó matar al cuñado, que si contrató para hacerlo a unos conspiradores de comedia chusca (quienes planearon el asesinato en la sala de la casa, entre pizzas, -"cubitas" y papas fritas), que si adquirió un ranchito para contemplar los volcanes. Toda la turba de desagradecidos se le echa encima. Ni modo. Como diría algún clásico pedante, -sic transit gloria mundi: acaba uno en una cárcel fría, alejado de quienes quiere, rodeado de malhechores.

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Todo lo anterior puede sonar descabellado (en fin, es el "sello de la familia"), pero no hay que dejarse llevar por las apariencias. Después de todo si uno se aviva y es ahorrativo puede juntar su dinerito honradamente, a pesar de lo que digan los envidiosos. A ver, ahora demuéstrenme que es dinero mal habido. Lo que pasa es que en México no se perdona el éxito. Ahí tiene usted el caso del profesor Carlos Hank González, quien --cuentan- empezó manejando los dineros de una cooperativa escolar o algo así. -O el del honesto José, quien se construyó una casa en la colina. El de Huicho, visionario y emprendedor, con sus viviendas de Morelos y San Jerónimo.

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Lo que pasa es que Raulito y su esposa (la nueva, la que antes fue mujer de Alfredo Díaz Ordaz, que en paz descanse) fueron un tanto descuidados en sus transacciones financieras. Mire usted: su antiguo secretario particular, un tal señor Salas, hoy vive tan quitado de la pena en San Antonio, Texas, cuidando seguramente los escasos centavitos que logró juntar para su fondo de retiro, también después de una vida de trabajos frecuentemente incomprendidos. Discreción para no despertar envidias.

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Estos episodios, por otra parte, tienen su vertiente edificante y ejemplar. Nos demuestran a los comunes mexicanos que el nuestro es un país rico, generoso, que el trabajo sí deja, que no debemos dejarnos abatir por el desaliento y, sobre todo, que "el dinero no es la vida". Debemos alejar de nosotros la tentación hedonista y materialista. Basta con "ser excelentes" (o excedentes, en el peor de los casos) y dormir tranquilos con la conciencia del deber cumplido.

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No hay, pues, que prestar oídos a quienes hablan de la descomposición del sistema político "revolucionario". El PRI, al que todavía pertenecen Raulito, los dos Carlitos, el honesto José y hasta Huicho, se está poniendo a tiempo "para ganar el futuro". Ha derramado, magnánimo, los bienes de la patria sobre sus hijos predilectos y aventajados.

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Lo ha hecho antes y -no hay que dudar- seguirá haciéndolo.

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El autor es periodista y director editorial del diario - El Economista.

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