Fox y &#34el miedo a la recesión&#34

La diferencia entre un buen economista y uno visionario es que el primero evita peligros, y el otro

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que muchas personas cursen licenciaturas, maestrías y doctorados para el día de mañana tener los pretextos “políticamente correctos” en su trabajo para decir: “No se puede”.

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A riesgo de caer en la caricatura podría decirse que la única diferencia entre esos profesionales y el primer neófito que encontremos en la calle es que el primero tiene una “justificación ilustrada” para no hacer las cosas y el segundo simplemente no sabe cómo hacer las cosas.

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El resultado neto es el mismo: las cosas que podrían y deberían hacerse no se hacen.

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Claro, la otra diferencia es que el profesional le costó a su familia o al erario millones de pesos y el segundo no.

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Durante los últimos siete meses he escuchado repetir hasta la saciedad ese fatídico “no se puede” referido a dos asuntos cruciales: 1. No se puede terminar a fuerza de votos con 71 años de PRI y 2. La economía mexicana no puede crecer a tasas anuales de 7% sostenido, sin cataclismos.

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El primer “no se puede” ya se reveló como falso. Dejó a los especialistas la difícil y penosa tarea de explicarnos por qué siempre sí se pudo lo que dijeron que era imposible. Como la humildad no es el fuerte de algunos de ellos, tendrán un doble trabajo: salvar la cara mintiendo de nuevo y adornar sus mentiras con algún barroco argumento. Allá ellos.

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El segundo “no se puede” tiene orígenes más complejos. Se resumen, a mi juicio, en el síndrome “miedo a la recesión” que es un atavismo keynesiano arraigado en muchos economistas y analistas mexicanos.

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De hecho “el miedo a la recesión” es la explicación última del llamado “error de diciembre” de 1994. Error cometido por este gobierno, no por el anterior.

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¿Qué es el “miedo a la recesión”?  Muy sencillo: el peregrino pero popular prejuicio de que una política monetaria estricta y una política fiscal responsable (que genere superávit fiscal destinado a eliminar deuda pública) provocan desaliento en la actividad económica.

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Un prejuicio muy conveniente para sistemas políticos en los que la rentabilidad de las actividades económicas depende de decisiones discrecionales (y negociables) de los gobiernos. Propio de sistemas autoritarios y cerrados.

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El gobierno de Vicente Fox tendrá que salirse de ese conjunto de ideas preconcebidas y prejuicios del “miedo a la recesión” para demostrar que sí se puede crecer sostenidamente a tasas de 7% anual.

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Para hacerlo tiene tres grandes ventajas: 1. No tiene las ataduras político-ideológicas que habría tenido un eventual gobierno del PRI; tampoco tiene los compromisos adquiridos con grupos de presión interesados en mantener un entorno de inflación, que resulta buen negocio para la burocracia y las cúpulas sindicales y empresariales, aunque sea un cáncer para los ciudadanos y para los asalariados.

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2. Tiene a su favor, también, la inercia del triunfo: quien ya demostró una vez que sí se puede lo que se decía imposible (derrotar al PRI en una elección presidencial), tiene el carácter y la credibilidad para derrotar otro atavismo esta vez disfrazado de “ilustración económica”.

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3. Todo indica que Fox hará un gobierno business like. Dispuesto a correr riesgos para hacer las cosas, administrándolos con planes de contingencia. En contraste, un gobierno de talante burocrático trabaja evitando riesgos (reales o supuestos), erigiendo una muralla de “no se puede” que terminan en el “peor es nada”.

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El economista al servicio de un gobierno conservador del status quo se da por satisfecho y el que está al servicio de un gobierno reformador busca oportunidades, emprende los riesgos que ellas conllevan y cambia a un país. Menuda diferencia, ¿no cree usted?

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