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El secretario de Hacienda defiende las modificaciones aprobadas por el Congreso: &#34El calificativo

Si tuviera que definir con una palabra al 2001, ¿cómo lo haría?
-Como un año estable. Los mercados financieros empezaron con perspectivas inciertas, pero poco a poco se vio que la transición de un gobierno a otro se estaba manejando con responsabilidad, tanto por el Congreso como por el Ejecutivo. El presidente Fox propuso un presupuesto razonable, medidas que condujeron a consolidar la estabilidad y, no obstante que nos encontramos dentro de un ciclo económico mundial, estamos transitando sin crisis financiera. Con menos problemas y dificultades que otros países porque la percepción es que la economía se ha venido manejando bien, gracias a esta conjunción Ejecutivo-Legislativo actuando de manera responsable. Lo más importante es que las condiciones, para que la recuperación sea inmediata y fuerte cuando la economía mundial comience a despertar, están allí. Eso nos coloca en una situación privilegiada.

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Las altas expectativas con que inició 2001 se fueron desinflando rápidamente. ¿No le causa esto frustración, impotencia, coraje?
-Impotencia sí, porque el gobierno nunca ha sido el elemento determinante del crecimiento excepto desde el punto de vista de la obligación que tiene de proveer estabilidad y Estado de derecho. Puede ser promotor de políticas sociales, pero el crecimiento no proviene de lo que haga o deje de hacer, salvo los dos elementos primeros. La caída en la tasa de crecimiento es algo que no le gusta a nadie, pero con pocas excepciones hay la idea generalizada de que viene de afuera, como le está sucediendo a todo el mundo. El que no lo hayamos logrado no se debe a que el gobierno no haya puesto lo que tenía que poner, sino porque, en parte, hemos sido lentos en llevar a cabo algunas reformas que hubieran contribuido a que la caída fuera menor, pero principalmente por la inercia que proviene de la economía internacional.

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Los gobiernos anteriores reunían a grupos política e ideológicamente compactos. Ello no sucede en el actual gobierno. ¿Eso hace diferencia?
-Esa no es una buena descripción de lo que sucedía. Todos los miembros del gabinete, casi sin excepción, pensaban que podían ser presidentes y además a la mayor parte de ellos se les antojaba. Eso creaba una rivalidad fuerte que se manifestaba en zancadillas y ataques ocultos a través de los medios. Si se piensa en las posibilidades presidenciales del gabinete actual, suponiendo que sus miembros fueran candidatos del pan, después de la asamblea reciente prácticamente nadie tiene posibilidades.

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Desde un ángulo ideológico, en los gobiernos anteriores había expresiones contradictorias que daban lugar a batallas palaciegas. No había grupos compactos ni consistencia, había la fuerza de un Presidente; pero también miembros del gabinete que tenían luz propia, que tenían la fuerza política de algún grupo que los sostenía y que hacía difícil, incluso para el mandatario, removerlos de sus puestos.

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Las expectativas para 2002 no son muy halagadoras. ¿Qué factores le hacen optimista en términos del crecimiento?
-Las estimaciones se han venido revisando casi cada mes, por el mismo Fondo Monetario Internacional. Eso quiere decir que no se tienen buenos elementos de predicción. La pregunta es: ¿qué podría hacer que el resultado fuera mejor que las expectativas? Un elemento importante para lograr algo diferente es el Programa de Vivienda. Estamos concentrando esfuerzos en ese renglón. El impulso que se le va a dar va a crear un poco más de un millón de empleos directos. Esas son plazas adicionales. El plan está bien sustentado, no es una expectativa y no depende del presupuesto.

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Un pilar de la reforma hacendaria fue recaudar más a través del consumo y no de la renta; pero en 2002 caminaremos en sentido contrario. ¿Cuándo retomaremos el rumbo?
-Es una mezcla. Lo que aprobó el Congreso incluye varios impuestos al consumo, recaudaciones especiales, gravamen a productos suntuarios y reducciones en renta. Se dieron algunos aumentos en este tópico porque van a aportar más directamente las empresas y tendrán que absorber parcialmente el crédito al salario, pero al mismo tiempo las deducciones en renta hacia adelante, más las que se dan en este año, van en el sentido de propiciar la inversión, de ser competitivos internacionalmente, incluso de mejorar la recaudación. Por otro lado se está gravando el consumo, sin duda.

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Desde el punto de vista técnico, ¿está conforme con las reformas que aprobaron los legisladores?
-Yo diría que los elementos de cumplimiento y control mejoran mucho y que es una reforma que tiene gran trascendencia. Por ejemplo, lo relacionado con las personas físicas que tienen actividad empresarial, que son entre 4.5 y 5 millones de unidades económicas de las que dependen 25 millones de personas. Éstas tienen ahora un régimen base renta que está sustentado en el principio de que no pagas si no cobras o pagas a partir de que cobras, lo que le da liquidez a las compañías.

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Es un cambio con una trascendencia muy grande porque simplifica y baja la carga fiscal a ese gran universo de firmas. Ello va a reducir la economía informal, a mejorar el cumplimiento de los pequeños contribuyentes y la recaudación. Lo mismo sucede con el impuesto al valor agregado (IVA). Es un cambio importante en la estructura fiscal y cumple con una meta del Presidente de fomentar a la empresa mediana y pequeña.

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¿Ya se perdió la oportunidad de hacer una reforma fiscal en este gobierno?
-Lo que acabo de mencionar es una reforma. El calificativo lo merece con todo su contenido y significado. Que hay elementos importantes que se quedaron en el tintero, sin duda. Por ejemplo, la simplificación en el impuesto de los profesionistas quedó pendiente; también la reforma al código fiscal que saldrá más adelante y la homologación de las tasas al IVA. Desgraciadamente ésta se ha interpretado mal, como un impuesto que se pretendía cobrar a las personas de menores ingresos. Entonces sí, esa parte –que era un elemento destacado de la reforma– quedó fuera, lo que es lamentable.

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Si volviera a comenzar su gestión al frente de la SHCP y tuviera la oportunidad de corregir algo desde el principio, ¿qué sería?
-Hubiera sido ideal –aunque en mi caso no hubo tiempo, porque yo me enteré en noviembre de que el Presidente me invitaba a colaborar con él– trabajar durante todo el año en la reforma. Empezar desde un principio a cabildear con el Congreso las modificaciones tributaria, presupuestaria y financiera, para que constituyeran un paquete a tramitar durante el primer periodo de sesiones. Eso hubiera permitido una menor caída de la actividad económica en 2001, menor incertidumbre. Habiendo entrado en el segundo periodo ordinario de sesiones, que es tan corto, no se podía humanamente esperar que se gestionara la reforma. De hecho bastante hizo el Congreso aprobando la mayor parte de la financiera. Eso señalaría como algo que me hubiera gustado haber hecho de otra manera.

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¿Qué lección deja la reforma fiscal?
-Que desafortunadamente se hizo un planteamiento político por parte del PRI. Las dificultades políticas que ese partido enfrentó cuando se elevó la tasa del IVA de 10 a 15% en 1995, le estableció una limitante muy fuerte al ingrediente con el potencial recaudatorio más importante de la reforma del Presidente. No sé si hubiera podido lograr una respuesta política distinta. No lo creo francamente, pero esa es la barrera a la que nos hemos enfrentado, con la que hemos tenido que luchar cabildeando con los miembros del Congreso para cambiar su percepción de que no sólo no es regresiva la reforma –porque hay que ver el conjunto: es bastante progresiva, distributiva– sino que también es importante para crecer. La lección en cuanto a la necesidad de cabildear, de convencer, es muy grande. En esta ocasión la diferencia es que el mandatario pertenece a otro partido y se sienten más dificultades para plantear cambios que en otras ocasiones.

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¿Percibe que detrás de la discusión sobre la reforma fiscal aún persiste la idea de un Estado barato con muchas obligaciones y rezagos?
-Esa filosofía la tenemos todos: queremos tener mucho a cambio de muy poco. Pero es verdad: el recaudar más cuesta y significa para el gobierno un costo político y para los partidos un compromiso. Sin embargo tendemos a no pensar en la alternativa. La reforma tiene distintos costos, pero el no llevarla a cabo tiene uno mayor. En ese sentido el proceso es menos oneroso que la otra posibilidad y, por lo tanto, deseable. Porque con la opción vas a crecer menos, se van a tener menos beneficios sociales, menos inversión; ¿qué es mejor: incurrir en los sacrificios de la reforma o en el mayor costo de no tenerla? Esa es la pregunta central.

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Sus críticos dicen que usted fue un excelente subsecretario de Ingresos, pero que aún no ha demostrado ser un gran secretario de Hacienda, ¿Qué les responde?
-Si fuera por mi vanidad, quizá fuera importante esa preocupación. Pero lo que cuenta es que mi grupo y yo –porque mi equipo sí es un gran equipo– podamos hacer las cosas bien. Creo que la experiencia no ha sido mala, hemos tenido un año con estabilidad económica y vamos a seguir luchando porque las cosas salgan bien.

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Usted ha dicho que como secretario de Hacienda le gustaría parecerse a Pedro Aspe. ¿Alguna razón?
-Pedro fue un secretario con el que trabajé de cerca. Es al que mejor he conocido. Laboró con un gobierno que tenía frente a sí a un Congreso de oposición, no tenía mayoría el PRI y había que cabildear. Demostró gran habilidad para ello y para renegociar la deuda externa. Además es una persona agradable hacia fuera y hacia adentro, con sus colaboradores. De los titulares de la Secretaría conozco a varios y los respeto a todos, pero con él trabajé más de cerca. Si me preguntan a quién me quiero parecer, creo que Pedro es un buen modelo. - -

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