Francisco Javier Sauza <br>(1903-1990) <

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Si hay algún nombre que ha dado prestigio mundial al tequila es el de Francisco Javier Sauza Mora. A este hombre, que representara la tercera generación de la legendaria familia Sauza, no sólo se debe la revolución de la más jalisciense de las industrias, sino también la dignificación y la internacionalización de una bebida que identifica a México por todo el mundo como un emblema nacional.

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Hijo de doña Silveria Mora y de don Eladio Sauza, don Francisco Javier nació el 8 de diciembre de 1903 en la hacienda La Labor de Tecolotlán, Jalisco, una de las siete haciendas que poseía don Cenobio Sauza, quien fundó la centenaria casa tequilera al comprar la destilería La Antigua Cruz. Sus primeros años transcurrieron entre Mascota, Ameca y Guadalajara, donde realizó sus estudios básicos. Antes de cumplir 17 años partió a tierras californianas, donde estudió el bachillerato en la Universidad de -St. Mary’s College de Oakland y un curso de contabilidad mercantil en la -Standard Secretarial School de San Francisco. Su espíritu aventurero lo llevó a Chicago, donde trabajó lo mismo en una fundición que como cantante de grupos musicales con otros amigos mexicanos. Ahí contrajo nupcias con doña María Elena Gutiérrez Salcedo, con quien procreó dos hijos: Silvia y Eladio.

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De regreso a casa, colaboró por algunos periodos en los negocios paternos. Sin embargo, al no congeniar con don Eladio —“ambos eran muy quisquillosos”, comenta Fernando Castañeda Peña, su inseparable amigo durante 60 años— prefirió trabajar por su cuenta. Para ello se trasladó a la ciudad de México, donde se desempeñó como guía de turistas, fabricante de mantequilla e importador de insumos para la industria lechera.

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Contra lo que se piensa, al fallecer don Eladio no heredó Tequila Sauza a su primogénito, sino a su hija Carmelita. Es más, “él compró la empresa a su hermana”, aclara Cristina Hernández de Guadarrama, quien fue su asistente durante 19 años. Como sea, a partir de 1946 tomó los riendas de una tequilera que, si bien ya tenía ganada una posición y un prestigio, él transformó y encumbró.

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La revolución tequilera
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Cuánta razón tenía don Francisco Javier cuando presumía ser el fundador de “la universidad nacional de ingeniería -tequilera”. En un sector de lo más conservador y donde todo debía hacerse a la “antigüita”, él se atrevió a hacer cambio tras cambio: “Fue un visionario que, a riesgo de aguantar las pedradas de la competencia, se adelantó a muchas cosas”, apunta Saúl Morales Acosta, quien fue uno de sus más cercanos colaboradores.

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Con ideas que tomó de libros sobre la industria de vinos y licores, y allegándose jóvenes técnicos, fue modernizando la fábrica y sus procesos de producción. Sustituyó los hornos de mampostería por autoclaves que reducían el tiempo de cocción del agave y, en lugar de las viejas tahonas, introdujo los molinos.

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Por siempre dedicado a la elaboración de tequila blanco, el audaz industrial metió a Tequila Sauza al mercado de los reposados (con la marca -Hornitos) y, más tarde, al de los añejos (en 1963 lanzó Conmemorativo y en 1973 -Tres Generaciones). Además de crear nuevos productos y darles una presentación original, diseñó nuevas formas para degustar el tequila, rompiendo con los antiguos cánones que marcaban que era una bebida para tomarse “derecho”.

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Eterno enamorado del campo, donde desarrolló diversas técnicas para mejorar el cultivo del agave, don Francisco Javier también fue un gran mercadólogo. Haciendo caso omiso de las críticas, invirtió fuertes sumas en la publicidad y el patrocinio de programas donde siempre se exhibía al tequila como la bebida nacional y símbolo de la mexicanidad. El más recordado: -Noches Tapatías, que de la radio pasó a la televisión nacional, cumpliendo en ambas etapas 27 años.

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Gracias a toda esa labor, el tequila fue adquiriendo un -status de distinción que le permitió codearse con los mejores licores: “De ser una bebida para los cargadores o los mecapaleros, Javier la dig­nificó a tal grado que ya en su tiempo se bebía tequila como beber cognac o whisky”, señala Salvador Tostado Casillas, otro de sus entrañables amigos.

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Así como el tequila y la marca Sauza cobraron prestigio a nivel nacional, lo mismo conquistaron los paladares internacionales. Según Guillermo Erickson Sauza, uno de sus cuatro nietos, “el desarrollo del -Conmemorativo —que por cierto llegó a ser la bebida preferida de John Wayne— ayudó mucho a cambiar la imagen que en Estados Unidos se tenía del tequila, al cual se le asociaba con ideas como la del gusano”.

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Defensor de que sus destilados se vendieran por el mundo envasados de origen —sólo aceptó exportar a granel con la condición de que se hiciera con su marca— y uno de los que más luchó para conseguir la denominación de origen del producto, don Francisco Javier viajó por casi todo el planeta para impulsar al tequila y, junto con él, las costumbres y tradiciones mexicanas. Por ello ganó fama internacional —“los gringos hacían cola para tomarse una foto con él”, revela Tostado— y fue objeto de innumerables reconocimientos dentro y fuera del país, entre los que destaca la -Coupe D’Or, que en 1963 le concedió el presidente francés Charles De Gaulle.

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La retirada
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Aunque este visionario industrial llevó y mantuvo durante años a Tequila Sauza como el líder indiscutible de su sector (en sus mejores tiempos producía 70,000 litros diarios y vendía tres millones de cajas al año), llegó el momento en que sus propias expectativas lo sobrepasaron. En virtud de ello, y sin alguien que continuara con la tradición familiar —“mi tío Eladio no tenía interés en el negocio”, afirma -Erickson—, en 1976 vendió parte de sus acciones a otro grande de la industria licorera: Domecq.

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Ahí no terminó su vida productiva, ya que siguió desempeñándose como presidente ejecutivo de la compañía hasta 1978 y como presidente del consejo de administración hasta 1984. Además, sus diversificados intereses empresariales (incursionó en la construcción, los bienes raíces, la banca, la industrialización de basura y el sector alimentario), así como los múltiples cargos que tenía fuera de los negocios (la Universidad Autónoma de Guadalajara, la Cruz Roja o Conciertos Guadalajara, por citar algunos) lo mantuvieron activo, sin que ello le impidiera convivir con la familia o con los viejos amigos, ni disfrutar de sus más queridas aficiones: la jardinería, los animales y la música.

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Este hombre de carácter sencillo y bohemio siempre se distinguió por su labor altruista. Lo mismo ayudó a instituciones de la capital tapatía que de su natal Tecolotlán, pero su mayor obra benefactora la realizó en la población de Tequila. Ahí financió escuelas, centros culturales y obras públicas, como un agradecimiento por todo lo que le había dado esa tierra agavera y su gente.

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El último eslabón de la legendaria familia tequilera dejó de existir una mañana del 21 de junio de 1990. Sin embargo, su nombre aún sigue evocándose como el de aquellos tequilas que dejan una agradable recuerdo en la boca.

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