Fundamentalistas <i>vs.</i> <br>Fundamen

Mientras más se dificulta llegar a acuerdos afuera, más imperativo es alcanzarlos dentro.

A nadie sorprendió que la reciente reunión de la Organización Mundial de Comercio fuera un fracaso. De antemano se sabía que, sobre todo en materia agrícola (la más preocupante, sin duda, porque es la que supone la mayor brecha entre países ricos y pobres), difícilmente los participantes llegarían a un acuerdo. Por tanto, lo que vimos en la reunión del Caribe hace unas semanas fue una muestra más de foros caracterizados por la tradicional y hueca palabrería.

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Es una pena. Como penoso fue también observar, en prime time, el suicidio de un coreano, integrante del ejército de globalifóbicos que, curiosamente bien organizado, inunda lo mismo Génova que Seattle, Davos que Cancún. Extremos desatados, el resultado fue un diálogo de sordos más, que se suma a la lista de fracasos para construir prosperidad mundial a través del comercio internacional.

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Norte contra sur, capítulo 2003. La inflexibilidad de europeos y estadounidenses es muy difícil de quebrar por razones políticas. Los gobiernos de los países desarrollados perderían bonos políticos si abandonan las añejas prácticas de subsidio a sus productos agropecuarios. Ahí está, precisamente, el límite de un discurso hipócrita, que llama mundial a la liberalización comercial, siempre y cuando no tenga afectaciones dentro de sus fronteras. Así, mientras no se modifique el hábito proteccionista de las economías pujantes, el rostro más visible de la globalización seguirá siendo el de salarios irrisorios en China, Uganda o Guatemala.

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Esta situación afecta a México, que ha perdido competitividad en los últimos años. Por una parte, no hay remedio, a menos que el país quiera entrar en una fase de autodestrucción acelerada, intentando jugar a las vencidas con los chinos para ver quién le paga peor a sus trabajadores. Por otro lado, mantener la parálisis en reformas estructurales repercutirá en la misma melodía que hemos escuchado durante mucho tiempo: pérdida de productividad.

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Hacer bien la tarea interna es la única receta infalible, pero impostergable. Más aún cuando el mundo dista de alcanzar acuerdos mínimos para facilitar un flujo libre, justo y constante de mercancías. Globalifílicos contra globalifóbicos, una vez más.

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Fundamentalistas de la sabiduría del libre mercado sin fronteras contra fundamentalistas de la imposición de barreras.

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Entre posturas tan difíciles de conciliar, nosotros preferimos declararnos globalicríticos. Y mantenemos la esperanza de que en México no entremos al juego de los fundamentalistas de San Lázaro contra los fundamentalistas de Los Pinos. Reiteramos: mientras más se dificulta alcanzar acuerdos afuera, más imperativo es que los logremos dentro.

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–Los editores

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