Ganaderos que fabrican muebles

La capacidad de adaptación de los empresarios de Chipilo ha permitido a esta mueblera crecer y lleg
Roberto Morán

Hasta hace poco, Verónica Gutiérrez trabajaba como enfermera en una pequeña clínica de Atlixco, en Puebla. Sin embargo, dejó el puesto y prefirió hacer todos los días un viaje de media hora hasta donde se ubica una fábrica de muebles, en un lugar llamado Chipilo.

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En su nuevo empleo, Gutiérrez gana $350 pesos semanales, más prestaciones. En temporada alta –que en el calendario productivo de Chipilo son los últimos meses de cada año–, cerca de 6,000 personas de las comunidades vecinas llegan cada día a este poblado de 2,500 habitantes para ocuparse en las naves industriales y talleres que han convertido a la localidad en el imán de la región.

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Hay múltiples opciones. Quien no pueda, o no quiera, ingresar en algunas de las 30 naves de Segusino, la empresa responsable de este auge, puede optar por alguno de los 100 talleres que se han formado a su alrededor con el fin de contribuir a la producción mueblera; también pueden contratarse con alguno de sus competidores –qué tal con Muebles Rústicos Santa Fe–, que empiezan a surgir alentados por el éxito exportador de la empresa pionera.

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Segusino fue fundada hace 11 años por Antonio Zaraín –desde este año alejado de la dirección general, pues fue nombrado Secretario de Desarrollo del gobierno estatal–. En este lapso la firma ha conquistado mercados en ciertas zonas de Estados Unidos y en 57 países más; exporta 96% de su producción –y con el 4% restante se asegura el liderazgo en el mercado formal de muebles rústicos en México–; en la Unión Americana, sus ventas son cercanas a $20 millones de dólares anuales.

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Conocido en el país por la marca de una mantequilla, Chipilo no es más un pueblo lechero, pero sí mueblero. (Actualmente, los lácteos Chipilo se producen en Cortázar, Guanajuato y en la colonia Industrial Vallejo, en la ciudad de México. Con el fin de hacer más eficiente la producción, en los años 80 los fabricantes y dueños de la marca Prolesa cerraron la planta ubicada en aquella localidad poblana). ¿A qué se debió el cambio de vocación de este pueblo? No a la producción mueblera, por cierto, se apresura a decir el ganadero Enzo Galeazzi. “El mayor problema ha sido la competencia de las importaciones de leche en polvo y la falta de apoyos para la producción ganadera.”

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¿Quiere decir entonces que la llegada de la fábrica de muebles fue el remedio a un problema preexistente? “Más que eso –aclara Héctor Mijares, el actual director de la mueblera–, lo que pasó es que Segusino vio que los habitantes de Chipilo tenían vocación empresarial y lo aprovechó para emprender negocios con ellos.”

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La misión del primer taller de muebles fue surtir de piezas sueltas a salas Vazar, un negocio comercial del propio Zaraín. “Antonio necesitaba mesas de centro y laterales –cuenta Mijares–, puso un taller en la caballeriza de su casa, con cinco empleados, y encontró que había demanda para los muebles de madera sólida, con acabados artesanales.” Al poco tiempo, la demanda sobrepasó la capacidad de producción del taller, lo que marcaría el nacimiento de la fábrica de muebles Segusino –nombre de la región italiana de donde procedían los primeros pobladores de Chipilo–.

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Ahora Segusino emplea a 1,500 trabajadores directos y su capacidad de producción es de 60,000 muebles mensuales. Para no cargar con todo el peso de este crecimiento, Zaraín invitó a otros empresarios de la región a que se convirtieran en sus proveedores; la mayoría de ellos tomó una parte del establo de las vacas y lo transformó en un taller de muebles.

Negocios que sí pegan
-Ese fue el caso de José Luis Bortolotti, uno de los primeros socios de Zaraín. En 1989 salió de Industrias Resistol debido a un recorte de personal. Con el dinero de su liquidación y un préstamo de Zaraín compró una parte de un establo e instaló ahí su taller –el número 16 de una lista de 107 asociados– . “Quería tener algo propio y supe que Toño tenía mucho éxito con los muebles rústicos”, dice. Con siete u ocho trabajadores, Bortolotti producía en un principio cerca de 250 piezas mensuales, con un valor de $10,000 pesos; hoy produce 600 piezas que le aportan alrededor de $60,000 pesos, y no al mes, sino a la semana. Bastaron seis meses para que Bortolotti pagara el préstamo que le hiciera Segusino.
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En temporada baja, en verano, el taller de Bortolotti mantiene su operación con sólo 10 trabajadores, pero a medida que se acerca el fin de año y la producción aumenta, puede llegar a requerir a unas 30 personas. Es entonces cuando empiezan los problemas para Bortolotti: cómo hacer para mantener una base mínima de trabajadores que le de continuidad operativa a su taller. En vista de que ha corrido la voz en la región de que en Chipilo se puede obtener un trabajo relativamente estable, por lo menos más que el del campo, los trabajadores se han habituado a andar en busca del mejor postor; dado que las ofertas se les presentan de un día para otro, la rotación de personal empieza a convertirse en un dolor de cabeza.

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Resultado: el trabajador con más antigüedad en el taller de Bortolotti lleva ahí tres años; la mayoría no rebasa los 12 meses. Entre otras cosas, esto dificulta las tareas de capacitación. En condiciones normales, un maestro de taller necesitaría unos dos o tres años de entrenamiento, según estima Miguel Cajigal, director de producción de Segusino. “Un armador llega a un taller y a las dos semanas se presenta en otro como maquinista y al mes dice que es maestro. En un mes, un cuate que no sabía nada ya dice que es maestro”, se lamenta el directivo. El problema se agrava en el taller 16. Como es uno de los más reconocidos –ha ganado un premio anual de la calidad otorgado por Segusino en tres ocasiones–, otros talleres y ahora otras muebleras no dudan en “piratearle” a sus empleados.

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La empresa ya tomó cartas en el asunto. “Se dan fenómenos rarísimos. Por ejemplo, todo un equipo de armado se puede ir de un taller de un día para otro. Esto le afecta a la empresa, porque retrasa la entrega de los pedidos pendientes”, reconoce Cajigal, y con pedidos internacionales, los tiempos todavía más importantes. Segusino está ahora en el proceso de crear una asociación de talleres muebleros para evitar el pirateo, entre otras cosas que terminan por perjudicar a todos. Y para que se cumplan los compromisos de entrega, se hace una supervisión diaria. Por todo el pueblo se pueden ver empleados de Segusino en motocicleta que visitan cada uno de los talleres para revisar el avance de las órdenes de entrega.

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Con 27 mueblerías en toda la república y cuatro familias de productos –que agrupan a un total de 1,028 muebles diferentes–, Segusino piensa en crecer un poco más. Tiene capacidad para procesar (estufar) cuatro millones de pies de madera al mes, “más madera que el resto del país junto”, dice Mijares; aún así, este año duplicarán esa capacidad. Segusino espera completar 1999 con una inversión cercana a $10 millones de dólares y, a mediados del año 2000, lograr una producción mensual de 100,000 piezas. En lo relativo a la comercialización, acaba de comprar la empresa Marina, con la que tomará el control de la distribución en el mercado estadounidense.

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Las estrategias siguientes buscarán consolidar lo logrado hasta el momento, por ejemplo, en exportaciones. “Las ventas a Estados Unidos llegaron a ser de 50% de nuestra producción, hoy estamos saneando esa proporción y ha de estar como en 25%.” Segusino deberá esforzarse también por defender su marca y su prestigio en los mercados internacionales. Entre sus clientes tienen desde nobles españoles hasta una pareja cualquiera de recién casados en Estados Unidos, ejemplifica el director. “Podemos competir en precio con los productores europeos, pero también habrá que competir en servicio, tiempos de entrega y calidad”.

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Además, deben enfrentar el nacimiento de otras fábricas de muebles a lo largo del país, que copian el estilo de Segusino. Han surgido como 50 o 100 en la propia región, según abunda Mijares, pero también lo han hecho en Jalisco, Querétaro y Nayarit. “No es que nos quiten mercado, al contrario, lo abren, pero venden muy barato”, se queja. Según algunos directivos de la empresa, entre los competidores hay quienes incluso fotocopian su catálogo de productos.

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Este año, la empresa lleva a cabo un programa de control de costos, que le ha permitido reducir los desperdicios a 70% de lo que eran hace tres años. Se hizo un ajuste de personal y es posible que en un futuro cercano disminuya el ritmo de crecimiento que han llevado hasta ahora. Si se logra reducir la rotación de personal, el siguiente paso será especializar los talleres en determinadas líneas de producción, con lo que se podría aumentar la eficiencia para mejorar los tiempos de entrega.

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Entre las cosas que persisten está el hecho de que la confianza entre Chipilo y Segusino es mutua. Los propietarios de los talleres consideran que la empresa continuará con las innovaciones para asegurarse un lugar en el mercado. “También es un riesgo que el mueble pueda perder atractivo y bajen las ventas. Para eso, Segusino está diseñando nuevas líneas de muebles”, dice Bortolotti.

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Los planes siguen adelante. “Chipilo está hecho para el progreso”, dice un entusiasmado Armando Salvatori, presidente municipal auxiliar (la cabecera municipal está en San Gregorio Atzompa), y ofrece como prueba el hecho de que este año estarán pavimentadas casi todas las calles de la localidad, cuando hace ocho años la mayor parte de los caminos eran de terracería. Por esos caminos transitan diariamente los 6,000 trabajadores que materializan la vocación de este pueblo. Verónica Gutiérrez va entre ellos.

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