George Soros contraataca

El autor es socio director de ERI consultores, articulista del diario La Jornada y de la sección &#
León Bendesky

George Soros suele llamar la atención por sus audaces transacciones financieras y por su influencia en los mercados internacionales de dinero y capitales, en donde su actividad como especulador profesional, tal y como él mismo se define, logró llevar hasta la devaluación a la libra esterlina en 1992. Su Quantum Fund creado en 1973 es, sin duda, por los rendimientos que ha obtenido, uno de los más relevante parámetros de las inversiones globales. Cuando Soros habla, el mercado escucha. Este es un digno personaje de fin de siglo donde la especulación se ha convertido en una de las actividades predominantes de la economía mundial, en la que los rápidos movimientos de enormes sumas de capitales pueden arrasar con el valor de las monedas y afectar a economías enteras en muy poco tiempo. Y si en una época pudo haber un cierto candor épico surgido de las actividades de industriales como Ford, Carnegie, Fireston, Krupp o Thyssen, ahora son otros los héroes de la economía global.

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Soros publicó hace un año el artículo “The capitalist threat” en The Atlantic Monthly (ver el editorial de Expansión con fecha del 26 de febrero de 1997) que provocó fuertes reacciones por el cuestionamiento que hacía del orden económico y social prevaleciente. Señaló que la intensificación del modelo liberal capitalista y la extensión de los valores del mercado a todas las áreas de la vida, ponen en peligro la existencia de una sociedad abierta y democrática. Con ello pegaba en el centro a una de las principales propuestas ideológicas que sustentan lo que se ha dado en llamar la globalización. Ante los ataques que recibió su argumento, Soros sostuvo que no enfrentaba ningún problema moral debido a la naturaleza de sus actividades como especulador y que ellas no eran incompatibles con la crítica que emprendía contra la forma en que se organiza actualmente el capitalismo.

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Recientemente –en la edición de enero de The Atlantic Monthly– Soros amplió su posición con respecto a lo que considera una de las deficiencias del sistema e intentó replantear su argumento en favor de una sociedad global abierta. Destacó en primer lugar lo que de modo convencional se consideran los mayores beneficios de la globalización, a saber: la mayor división internacional del trabajo, las ventajas derivadas de las economías de escala, la difusión de las innovaciones y las mayores opciones generadas por el libre movimiento de bienes, capitales y personas. Esta visión global del modo de funcionamiento de la economía mundial, tiene sin duda diferentes perspectivas. Es cierto que, para un conjunto de grandes empresas que operan efectivamente a escala global, ha habido grandes beneficios competitivos derivados de la capacidad de fragmentar la producción en diversos espacios nacionales mientras se mantiene el control centralizado del proceso y de su financiamiento, y es igualmente cierto que los inversionistas tienen mejores posibilidades de aumentar el rendimiento financiero de sus recursos en los mercados internacionales y, también, que los que pueden consumir tienen mayores opciones de productos y servicios en el mercado. Pero como el mismo Soros apunta, estos beneficios tienden a diluirse por la manera en que se concentran los procesos generados por la propia globalización.

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Las deficiencias del sistema son presentadas por Soros en cinco grandes categorías. Una, la desigual distribución de los beneficios que se crean debido a que el capital está en una mucho mejor posición que el trabajo para aprovechar las condiciones favorables de la globalización y, además, el capital financiero está mejor posicionado que el capital industrial, precisamente por su mayor capacidad de movimiento. Dos, los mercados financieros son esencialmente inestables y sobre todo los mercados internacionales debido a la gran movilidad del capital que los caracteriza y a la reacción que provocan de las autoridades nacionales cuando afectan a las condiciones internas de las economías. Tres, la inestabilidad rebasa a las corrientes financieras y se agrava por la tendencia a la creación de condiciones monopólicas en la producción que están al margen de una reglamentación efectiva por parte de los gobiernos. Cuatro, el ambiguo papel que cumple el Estado, que es el responsable de evitar la concentración excesiva del poder en los mercados. Con la misma promoción de las condiciones del laissez faire en los mercados y la manera en que esto se ha expresado en términos políticos con la reducción de la presencia del Estado en la economía, éste ha visto reducida su influencia y su capacidad para promover la cooperación tanto dentro de su ámbito natural de acción que es la nación como en el ámbito internacional. Y cinco, la pérdida de cohesión y de creación de nuevos valores sociales. Los valores del mercado no pueden por sí mismos lograr esa cohesión puesto que tienden a reducirlo todo, incluyendo a los hombres y mujeres y a la naturaleza, a la categoría de mercancías. Por ello, sentencia Soros, se puede tener una economía de mercado pero no una sociedad de mercado. Además de mercados la sociedad requiere de instituciones que promuevan la justicia social y la libertad política y si en algunos países existen dichas instituciones, éstas no existen en la sociedad global.

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Soros está expresando, a su manera, y con la influencia intelectual de Karl Popper, promotor de la noción de la sociedad abierta, la creciente insatisfacción con las condiciones creadas por la globalización. En efecto, el entusiasmo que se generó hace apenas unos años con respecto a las casi ilimitadas ventajas que debían derivarse del funcionamiento global de los mercados está ya en recesión. Este discurso está cada vez más limitado a las posiciones de los políticos, de los empresarios muy grandes y de los ejecutivos de los organismos multilaterales. Las crisis económicas recurrentes, la creciente concentración del poder económico, la incapacidad de generar suficientes empleos para la población y el aumento de la pobreza en el mundo, son signos de las contradicciones y los conflictos que existen en la sociedad y que no son mitigados, sino que son incluso exacerbados, por las fuerzas de la  globalización. Hay una noción que usa Soros y que debe resonar fuerte y de manera clara para quien vive en un país como México y es que no se enfrentan las mismas condiciones cuando se está en el centro que en la periferia, es decir, cuando no se participa de la dinámica de los mercados. Del mismo modo que la globalización genera fuerzas que llevan la unificación, sobre todo en el ámbito de los mercados, provoca igualmente una tendencia a la fragmentación y es este fenómeno sobre el que Soros concentra su crítica. Pero su postura es ambigua porque cree que puede hacerse compatible la persistencia de las fuerzas de liberalización en los mercados, mientras que pueden fortalecerse aquellas que promuevan la cohesión social y la libertad política en un marco de democracia. Esta es la contradicción esencial en la que se basaron las críticas al capitalismo en el siglo XIX y que después de revoluciones y dos guerras mundiales culminaron en una fase de crecimiento económico inédito en la historia del sistema entre los años 1950 y 1970 y que parece ser irrepetible. Por ello es que el argumento de Soros irrita a los ideólogos y a los principales representantes del poder económico, pero por eso es también que se queda corto desde la perspectiva de los críticos de las políticas económicas que se aplican de modo global. El mercado es, ciertamente, una institución central para la organización de una sociedad compleja que debe satisfacer un conjunto diverso de necesidades, no es, sin embargo, infalible. De la misma manera que comúnmente se hace referencia a las fallas en que incurre el Estado cuando interviene en la economía, es cierto que existen muchas fallas del mercado que hay que subsanar. Soros recupera una idea de viejo cuño en la historia económica y en la práctica política, y es que el capitalismo no puede prescindir del mercado pero tampoco del Estado.

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