Guía para matar elefantes

La odisea de un joven director que enfrentó a un ejército de zombies y lo puso a trabajar.
Javier Martínez Staines

Si ellos bostezan, la culpa es tuya. Eso me dijo un amigo, ex director de una empresa muy dinámica, quien cuando llegó ahí, hace un par de años, se encontró con un ejército de zombies que se dedicaban a ocultar ineficiencias, cuidarse las espaldas y reaccionar a las órdenes de arriba. Vaya problema.

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Él, joven, creativo, innovador, sentía una pelota de angustia en el pecho cada vez que entraba a la empresa, porque se había comprometido con los nuevos accionistas a emprender una revolución vertiginosa: en dos años, los números rojos serían bastante negros, y el valor de la compañía debía comenzar una marcha sostenida hacia el cielo. Cuando se reunía con el equipo de directivos, para hacer los diagnósticos iniciales antes de tomar decisiones, salía deprimido de la sala de juntas: la empresa era como un cementerio de elefantes. Imagínense: los vendedores se habían convertido en levanta-pedidos; los contadores, en maquilladores; los operarios, en robots (nada sofisticados) que actuaban según comandas; los gerentes y directores, en compadritos risueños dedicados a festejar las bromas escatológicas del anterior ceo, más cercano al payaso Brozo que al líder que una compañía en crecimiento requiere. Dadas esas circunstancias, las primeras peticiones de mi amigo (el nuevo director) murieron en el intento: con los mejores recursos del ingenio mexicano, los anquilosados ejecutivos boicotearon, una a una, las nuevas reglas.

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Aprendizaje # 1: no es fácil empujar o jalar elefantes. Mi amigo recurrió entonces a las enseñanzas de los grandes gurús corporativos y se acercó con outsiders que se hubieran enfrentado a situaciones similares. “No hay vuelta de hoja –le dijo uno de ellos-, el único remedio es que mates al menos a dos de esos paquidermos para que el resto capte tu mensaje.” La lógica dice que no matas a un animalote así a pedradas, por lo que este amigo recurrió al armamento más poderoso: un bazukazo público a los dos directores más incompetentes, de manera que toda la organización entendiera que no había llegado un nuevo pelele.

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Aprendizaje #2: una vez muerto el elefante, ofrece los marfiles. Antes de que se desatara un clima de terror en toda la empresa y el resto de la fauna corriera torpemente por los pasillos, destruyendo lo que encontrara a su paso, mi amigo se inspiró, reunió a todo el mundo y dejó muy claros los motivos de las bajas, al tiempo que trazó la ruta por la que esperaba que transitaran los demás. Resultado: la gente dejó de bostezar y se animó a aplaudir las nuevas reglas. Resulta obvio que nadie estaba contento con el clima anterior, pese a los muy celebrados chascarrillos antisolemnes del ex director.

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Aprendizaje #3: los elefantes conciben elefantitos. Evidentemente, la odisea no terminó ahí. En menos de seis meses, ya con el apoyo de un par de nuevos ejecutivos (más ad hoc con su visión), cortó cabezas por todas las áreas y sustituyó a todos los elefantes por tigres y rinocerontes: agresivos, proactivos, enfocados, imparables.

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Pero la vida dista de ser perfecta. Con el paso del tiempo, muchos de los habitantes de la empresa comenzaron a salirse de control, empeñados en conquistar cada vez más territorio. A tal grado que mi amigo ya no es director de esa empresa, sino de una diferente. Por eso, así como Bill Clinton tenía su letrero de “Es la economía, estúpido” en la Casa Blanca, en la nueva oficina de mi amigo hay un enorme cartel que dice: “Aprendizaje #4: los tigres y los rinocerontes son los animales más peligrosos de la Tierra.”

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* El autor es director editorial de Grupo Expansión y, como instinto de sobrevivencia, prefiere ser visto como un koala o algo por el estilo.
Comentarios: jstaines@expansion.com.mx

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