Haga una empresa con valores

Un poco de sensatez para el negocio y un bastante de preocupación para el recurso humano ayudan a g
Luis Hernández Martínez

Ahora que el mercado global exige a las empresas servicios y productos con valor agregado, los intelectuales de la administración desempolvan una ciencia milenaria: ética… pero aplicada en los negocios. ¿Ahí la novedad?

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Aunque no la despojan de su vestimenta erudita, sus restauradores dicen que –en los terrenos de un mundo ideal– todas las compañías deben trabajar bajo la sombra de esa disciplina. Pero, con los pies sobre la tierra, la mayoría de los empresarios y lectores sabe que no sucede así.

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Las empresas públicas y privadas, como ejemplos de sociedades productivas, tienen que ajustar su conducta a principios normativos que permitan la interacción armónica entre las personas que integran las organizaciones, los individuos que las rodean y sus competidores.

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En el caso mexicano, gran parte de los directivos piensan que aplican la ética en sus negocios cuando, en realidad, sólo pisan el suelo de las buenas intenciones: tienen la idea de impulsar los valores universales más altos en beneficio de su personal pero, con sus constantes promesas incumplidas (“tendrán un aumento salarial”, “los apoyaremos con capacitación”, “habrá bonos de productividad”, entre otras linduras, al fin y al cabo –reza el refrán– el prometer no empobrece), desbaratan la voluntad corporativa de sus empleados.

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Para aplicar la ética en los negocios de manera real y eficiente, los altos mandos deben sujetar todas las acciones de la empresa a los principios incluidos en su filosofía y planeación estratégica. Eso suena bien, el problema comienza cuando los dueños de las compañías caen en la cuenta de que no tienen un solo principio de valor normativo, por lo menos, de manera oficial.

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Un comportamiento ético no significa –nada más– prometer aumentos de sueldo y llevarlos a cabo. No. Exige una actitud apegada a valores universales (creencias inmutables a través del tiempo), pero reconocidos de manera libre por el individuo.

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“La ética en las organizaciones es una parte intangible de la actividad empresarial que permite que el negocio sea calificado como conveniente o inconveniente por la sociedad dentro de la cual se realiza”, dice Gustavo de la Torre, presidente del Comité Técnico Nacional de Ética del Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF).

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Bajo ese concepto, la dirección de la empresa y todas las áreas que la conforman (personal, recursos materiales, tecnológicos, informáticos y financieros) trabajan para un fin común: cumplir los objetivos estratégicos de la compañía con la certeza de que satisfacen las expectativas del factor humano y su entorno.

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Para subirse al tren de la ética en los negocios, los empresarios tienen que realizar cuatro pasos:

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1. Definir cuáles son los principios éticos que la empresa acepta como fundamentales. Cada compañía debe elegirlos de manera libre.
2. Difundir ampliamente esos principios entre los integrantes de la empresa: empleados, accionistas, proveedores, acreedores…
3. Vigilar que se cumplan de manera cabal (pero no Peniche). En este punto utilice los tres pasos de la administración (planeación, operación y control).
4. Denunciar al individuo que falte a los principios éticos de la compañía. No se convierta en cómplice del infractor.

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“Si instituimos estos cuatro pasos en las empresas, entonces, en lugar de corrupción y violencia, tendremos honestidad y confianza; crearemos una declaración de principios  éticos. De hecho, no descansaremos hasta establecer un Foro Nacional de Ética en los Negocios”, expresa De la Torre.

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Perfecto. El concepto ética en los negocios, como frase publicitaria, tiene la capacidad de arrancar aplausos y muestras emotivas de aceptación. Sin embargo, los empresarios –con la constante preocupación de lograr utilidades– necesitan más que una lista de palabras que adornen e inviten al “deber ser” de las organizaciones. Los dueños de las compañías quieren pesos, no pasos.

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¿Quién dice que no se puede?
Existen cuatro empresas en el país –como ejemplos– que pueden presumir de que sus políticas institucionales de ética, además de prestigio y calidad moral ante la sociedad, les generan beneficios importantes en términos financieros: Bimbo, Grupo Desc, Productos de Maíz y Amanco de México.

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Según De la Torre, la misión de Grupo Industrial Bimbo, que dirige Daniel Servitje Montull, consiste en elaborar, distribuir y comercializar productos alimenticios, desarrollando el valor de sus marcas y comprometiéndose a ser una empresa altamente productiva, plenamente humana, innovadora, competitiva y fuertemente orientada a la satisfacción de sus clientes y consumidores.

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El efecto concreto –de toda la lista anterior de palabras bonitas– ascendió a $1,271.3 millones de pesos, como resultado neto, en 1998.

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Por su parte, Grupo Desc, dirigido por Fernando Senderos Mestre, tiene como misión mantener un cumplimiento estricto de la protección del medio ambiente, promover la educación, los valores fundamentales y la calidad de vida. La frase, medida en pesos y centavos, arrojó una ganancia neta de $1,355.7 millones de pesos el año pasado.

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“El caso de Amanco (compañía de capital suizo) es muy interesante. La matriz establece, como obligación a todas sus filiales en Latinoamérica, que el director general de cada empresa tiene que ir a  Suiza cada año y firmar, frente a los miembros del consejo de administración, su compromiso de fidelidad con los principios de ética de la organización”, expresa De la Torre.

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La ética en las organizaciones –si existe el capital humano capacitado y comprometido para ejecutarla– genera una recompensa de doble vía: la empresa gana más clientes, mientras que su entorno arroja mayores oportunidades de negocio para las compañías. ¿Quiere intentarlo?

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