Haider y las dos Europas

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Stephan Sberro

La llegada del populista Haider al poder en Austria reveló dos caras de Europa occidental. La primera: la de una Europa que pese a su prosperidad y dinamismo económico aún tiene miedo a la globalización, a los cambios económicos, a la llegada de cientos de miles de trabajadores extranjeros que sostienen el crecimiento del Viejo continente. No es casual que esta cara sea desenmascarada en Austria. Es el país que más evadió responsabilidades y vivió en el descuido moral y la comodidad material durante medio siglo. Mientras Alemania y Europa del Este pagaron caro su actitud en la Segunda Guerra Mundial, Austria se salvó por los avatares de la Guerra Fría. Los austríacos fueron educados creyendo que habían sido víctimas y no socios de la empresa nazi. Pensaron que su neutralidad no fue impuesta por las superpotencias sino que fue su propio mérito. Esto les permitió ahorrar gastos militares, jugar un papel internacional y creer que un día su país sería puente entre Europa occidental y Europa central.

- Los mitos se derrumbaron a medida que la confrontación Este-Oeste retrocedía. En 1986, salió a la luz que Kurt Waldheim, ex secretario general de la ONU y candidato a la presidencia del país, fue un oficial nazi. Los austríacos denunciaron un complot internacional y votaron con más entusiasmo por Waldheim. Austria aceptó cierto desprecio internacional y conservó su buena conciencia. Pero las elecciones que hicieron de los “liberales” de Haider el segundo partido político y la alianza con los demócrata-cristianos que lo transformaron en canciller virtual, desencadenaron un rechazo que hace imposible retrasar el debate sobre la naturaleza de la Austria moderna. El país es una imagen deformada de una Europa que tardó décadas para aceptar su responsabilidad en las atrocidades de la guerra. Francia, España, Suecia y Portugal han admitido su culpabilidad, que es menor a la de Austria.

- La segunda revelación es la de una Europa política insospechada hace un año. Siendo coherentes con su cruzada por un mundo que respete los derechos humanos, Europa trata de resolver con Haider un problema interno: el de la extrema derecha populista e implícitamente racista y antisemita que prospera en el corazón del continente, pero también en todos los países. Las sanciones a la Austria de Haider participan de un ímpetu que se tradujo en la intervención en Yugoslavia o el encarcelamiento de Pinochet. Para ser congruentes, los europeos deberían castigar a Rusia y desaprobar la derecha italiana de Berlusconi que pacta con los populistas o los neofascistas. Paradójicamente, Haider propició un debate sobre la democracia y los derechos humanos y sobre la responsabilidad del nazismo de su país.

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El autor es profesor de Estudios Internacionales del ITAM.

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