Hilos sueltos

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Alfonso Zárate

¿Cuántos hechos perturbadores se necesitan para crear un clima de incertidumbre e inestabilidad? ¿Cuál es el umbral de lo tolerable y dónde están las fronteras de lo manejable?

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En los últimos meses se agolpan acontecimientos de gravedad incuestionable: el asesinato del suegro de Alfonso Durazo, secretario particular del primer mandatario; la agresión contra la presidenta del Instituto Electoral del Estado de México como punto climático de una campaña definida por la procacidad y la ofensa entre contendientes; la denuncia de Eduardo Fernández, ex presidente de la CNBV, sobre una “operación de Estado” para encubrir el presunto lavado de dinero de los Amigos de Fox en 2000; los intentos por influir en el procedimiento legislativo para desaforar a líderes del sindicato de Pemex; el tono beligerante de la protesta campesina en las mesas de diálogo con miembros del gabinete…

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No necesariamente existe relación de causalidad entre tales sucesos. Pero resulta claro que la acumulación de expedientes abiertos deriva en un clima enrarecido, potenciado por los múltiples rostros de la violencia que se extiende por el país. Un escenario explosivo donde la política ocupa los espacios de la nota roja mientras la delincuencia organizada  “democratiza” la incertidumbre al no discriminar a nadie.

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Son muchas las variables que afectan la capacidad de gobernar: contexto internacional, economía, comportamiento de los factores productivos y los poderes fácticos, fortaleza del tejido social y riqueza de la cultura cívica, disposición de los actores políticos en un sistema de división de poderes, etcétera.

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La bitácora del fracaso de la administración Fox no necesita contrastar promesas y realidades. Basta con registrar el desconcierto y el pasmo en el equipo presidencial, la incapacidad para la construcción de acuerdos, la confusión de tiempos y roles (el Ejecutivo como candidato ad perpetuam), así como la incapacidad para entender el peso de la palabra presidencial.

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Hoy siguen campeando la impunidad y las bajas pasiones de la política, y a ello se agregan el descontrol de un gobierno que abdica de sus responsabilidades y la actitud de un Presidente atrapado en la burbuja mediática de un país inexistente.

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No enfrentamos, como en 1994, la amenaza de los demonios liberados de los sótanos del antiguo régimen. Sin embargo, hay demasiados hilos sueltos en materia de gobernabilidad, y esa es una noticia preocupante.

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Comentarios a: editores@expansion.com.mx

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